PARTE 2: EL HOMBRE DETRÁS DE LA MIRADA

Vincent se quedó frente a Mia durante varios segundos.

Luego, para sorpresa de todos, relajó el rostro.

—¿Por qué dices que parezco enojado?

Mia lo estudió con la seriedad de una mujer de cincuenta años.

—Porque haces esto.

Volvió a fruncir el ceño, apretó los labios y cruzó los brazos.

Renzo soltó una tos sospechosamente parecida a una risa.

Vincent ni siquiera lo miró.

—¿Y tú por qué haces eso?

Mia señaló su propia cara.

—Porque tú lo haces.

Por primera vez desde que había empezado a trabajar en aquella casa, vi algo que jamás había imaginado.

La comisura de los labios de Vincent Castalano se levantó.

No fue exactamente una sonrisa.

Fue apenas un movimiento.

Pero todos lo vimos.

Uno de los guardias bajó la cabeza.

Renzo se mordió el interior de la mejilla.

Yo estaba demasiado sorprendida para respirar.

Vincent miró a mi hija.

—¿Sabes quién soy?

Mia negó.

—Mami dice que eres el señor Vincent.

—¿Y qué más dice tu mamá?

Mia me miró.

Yo sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo.

—Mami dice que aquí tengo que portarme bien.

Vincent arqueó una ceja.

—Eso es todo.

—También dice que no debo entrar aquí.

Silencio.

—Y entraste.

—Sí.

—¿Por qué?

Mia levantó una galleta que todavía tenía en la mano.

—Porque tenía hambre.

Renzo finalmente perdió la batalla.

Se le escapó una carcajada.

El guardia de la izquierda también sonrió.

Vincent giró lentamente la cabeza hacia ellos.

La habitación volvió a quedar en silencio.

Entonces miró otra vez a Mia.

—¿Y no tienes miedo de mí?

Mia negó.

—No.

—¿Por qué?

Ella se encogió de hombros.

—Porque mami tampoco tiene miedo.

Sentí un nudo en la garganta.

Eso no era verdad.

Yo estaba aterrada.

Pero no iba a corregirla.

Vincent se incorporó lentamente.

—Renzo.

—Sí, jefe.

—Trae algo de comer.

Renzo parpadeó.

—¿Para ella?

Vincent lo miró como si acabara de hacer la pregunta más absurda del mundo.

—Para mí, obviamente.

Mia soltó una risita.

Y entonces ocurrió algo todavía más extraño.

Vincent también se rio.

Fue breve.

Bajo.

Casi irreconocible.

Pero fue una risa.

Y todos los hombres de aquella habitación parecieron olvidar cómo funcionaban sus pulmones.

Yo bajé la mirada.

—Señor Castalano, lo siento muchísimo. Yo voy a buscar mis cosas y—

—No.

Levanté la cabeza.

—¿Perdón?

—No vas a ir a ningún lado.

Mi corazón volvió a acelerarse.

—Pero rompí las reglas.

—Sí.

—Y traje a mi hija.

—También.

—Entonces entiendo si quiere despedirme.

Vincent me observó durante unos segundos.

—¿Quién te dijo que iba a despedirte?

No supe qué responder.

Él caminó hasta la ventana.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para mí?

—Dos años.

—¿Has faltado alguna vez?

—No.

—¿Has llegado tarde?

—No.

—¿Has cometido algún error grave?

—No que yo sepa.

Vincent asintió.

—Entonces hoy no es un día para despedirte.

Sentí que mis hombros se relajaban.

—Gracias, señor.

—Pero hay un problema.

Volví a tensarme.

—¿Cuál?

Señaló a Mia.

—Ella tiene mejor personalidad que la mitad de mi equipo.

Renzo volvió a reír.

—Jefe…

—¿Qué?

—Creo que eso es verdad.

Vincent lo ignoró.

Mia se acercó a él.

—¿Tienes hijos?

La pregunta cayó en la habitación como un vaso rompiéndose.

Vincent se quedó inmóvil.

Renzo dejó de sonreír.

Yo inmediatamente tomé la mano de mi hija.

—Mia, eso no se pregunta.

Pero Vincent levantó una mano.

—Está bien.

Se agachó otra vez.

—No. No tengo hijos.

Mia pensó durante un momento.

—Entonces puedes ser mi amigo.

Vincent parpadeó.

Nadie había hablado así con él.

Nadie.

—¿Amigo?

—Sí.

—¿Y qué hacen los amigos?

Mia levantó su galleta.

—Comparten.

Vincent miró la galleta.

—¿Quieres que comparta eso?

—Sí.

Ella partió la galleta en dos.

Le dio una mitad.

Vincent la tomó.

La observó como si fuera el objeto más extraño que había recibido en años.

Después se la comió.

Renzo miró hacia otro lado.

Yo tuve que contener una sonrisa.

Pero entonces sonó el teléfono de Vincent.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Sí?

Escuchó.

Sus ojos se endurecieron.

—¿Cuándo?

Pausa.

—No muevan nada.

Colgó.

La habitación volvió a llenarse de tensión.

—¿Qué ocurre? —preguntó Renzo.

Vincent caminó hacia su escritorio.

—Falta una carpeta.

Renzo frunció el ceño.

—¿Cuál?

—La azul.

Mi estómago se contrajo.

Yo conocía aquella carpeta.

La había visto varias veces sobre el escritorio.

Contenía documentos de una negociación inmobiliaria que llevaba semanas preparando.

Vincent miró a los guardias.

—Cierren la casa.

Uno de ellos salió inmediatamente.

Mia me agarró de la mano.

—Mami.

—¿Qué?

Señaló debajo del escritorio.

—Ahí.

Todos miramos.

Vincent se acercó.

Había una pequeña caja de crayones debajo del escritorio.

Mia la había dejado allí.

—Mi caja —dijo.

Vincent la recogió.

—¿La pusiste aquí?

Mia negó.

—No.

Entonces algo cayó de detrás del escritorio.

Un sobre.

Vincent lo levantó.

Su rostro cambió.

—Esto no es mío.

Renzo se acercó.

—¿Qué es?

Vincent abrió el sobre.

Dentro había fotografías.

Documentos.

Y una memoria USB.

Su mirada se volvió fría.

—¿Quién dejó esto aquí?

Nadie respondió.

Yo miré a Mia.

Ella estaba observando el escritorio.

—Mami.

—¿Sí?

—El señor del traje negro estuvo aquí.

Vincent levantó la cabeza.

—¿Qué señor?

—El que olía feo.

Renzo se quedó inmóvil.

—¿Cuándo lo viste?

Mia señaló la puerta.

—Cuando fui por mis crayones.

Vincent intercambió una mirada con Renzo.

Entonces comprendí que el problema era mucho más grande que una carpeta desaparecida.

Había alguien dentro de la casa.

Alguien que Vincent conocía.

Alguien que había tenido acceso a su estudio.

Y mi hija acababa de verlo.

Vincent se arrodilló frente a ella.

Su voz fue mucho más suave.

—Mia, necesito preguntarte algo.

—Sí.

—¿Ese hombre te dijo algo?

Ella pensó.

—Sí.

—¿Qué?

—Me dijo que no le dijera a mami que estaba aquí.

Vincent cerró los ojos durante un instante.

Después se levantó.

—Renzo, llama a seguridad.

—Ya están en camino.

—No. Llama a los hombres de confianza.

Renzo asintió.

Yo abracé a Mia.

Vincent me miró.

—Tú y tu hija van a quedarse conmigo.

—¿Qué?

—Hasta que sepamos quién entró aquí.

—Pero—

—No voy a ponerlas en peligro.

Aquellas palabras me sorprendieron.

No sonaron como una orden.

Sonaron como una promesa.


Dos horas después descubrimos quién había sido.

No era un extraño.

Era el director financiero de Vincent.

El hombre llevaba meses desviando dinero de la empresa y necesitaba aquella carpeta para destruir las pruebas.

Pero había un detalle que nadie esperaba.

La memoria USB contenía una grabación.

En ella aparecía el propio director hablando con alguien.

Y esa persona era alguien mucho más cercano a Vincent.

Su hermano.

Cuando Vincent vio la grabación, no dijo nada.

Solo permaneció mirando la pantalla.

—¿Quieres que lo encontremos? —preguntó Renzo.

—Ya sé dónde está.

—¿Dónde?

Vincent cerró la computadora.

—En mi casa.


Su hermano apareció veinte minutos después.

No hubo gritos.

No hubo violencia.

Vincent simplemente dejó la carpeta sobre la mesa.

—Pensaste que nunca descubriría lo que hacías.

Su hermano palideció.

—Vincent…

—No.

La palabra fue suficiente.

—Durante años pensé que tenía que proteger a mi familia.

Su hermano bajó la mirada.

—Yo solo quería—

—Dinero.

Silencio.

—Siempre fue dinero.

Vincent señaló la puerta.

—Sal.

—Somos hermanos.

—Precisamente por eso tardé demasiado en verlo.

El hombre se marchó.

Y cuando la puerta se cerró, Vincent se quedó solo.

O eso creyó.

Mia apareció desde el pasillo.

Llevaba un dibujo en las manos.

—Vincent.

Él la miró.

—¿Qué?

Ella le entregó el papel.

Era un dibujo de tres personas.

Mia.

Su madre.

Y Vincent.

Los tres estaban tomados de la mano.

Arriba había dibujado un sol enorme.

Vincent observó el dibujo durante varios segundos.

—¿Quiénes somos?

Mia señaló.

—Yo.

Luego me señaló.

—Mami.

Y finalmente a él.

—Tú.

Vincent tragó saliva.

—¿Y por qué estoy aquí?

Mia respondió como si fuera evidente.

—Porque ya eres nuestro amigo.

Vincent sonrió.

Esta vez sí.

Una sonrisa completa.

Sin miedo.

Sin dureza.

Sin aquella expresión que hacía retroceder a hombres adultos.

Solo una sonrisa.


Al día siguiente, Vincent tomó una decisión que nadie esperaba.

Me ofreció un ascenso.

No por haber llevado a Mia.

No por lo que había ocurrido en el estudio.

Sino porque, según él, llevaba dos años demostrando que podía confiar en mí.

Acepté.

Pero puse una condición.

—Quiero poder traer a mi hija cuando no tenga otra opción.

Vincent me miró.

—De acuerdo.

—¿De verdad?

—Sí.

Hizo una pausa.

—Pero hay una segunda condición.

—¿Cuál?

—Ella no puede entrar en mi estudio sin permiso.

Mia, que estaba sentada junto a mí, levantó la mano.

—¿Y si tengo galletas?

Vincent la miró.

—Entonces podemos negociar.

Renzo se echó a reír.


Pasaron los meses.

Mia comenzó a aparecer algunas veces en la finca.

Vincent siempre fingía molestarse.

—Otra vez tú.

Ella sonreía.

—Otra vez yo.

Y cada vez que lo hacía, aquel hombre temido por todos terminaba dejando una caja de galletas sobre su escritorio.

Nunca admitió que las compraba especialmente para ella.

Pero todos lo sabíamos.

Una tarde, mientras trabajaba, escuché la voz de Mia desde el pasillo.

—¡Vincent!

—¿Qué?

—¡Estás haciendo la cara!

Vincent apareció en la puerta.

—¿Qué cara?

Mia frunció el ceño.

—Esa.

Renzo comenzó a reír.

Yo también.

Vincent intentó mantenerse serio.

No pudo.

Y entonces entendí algo.

Aquel día había creído que entrar al estudio de Vincent Castalano significaba perder mi trabajo.

Pero Mia había hecho algo que ningún adulto se había atrevido a hacer.

Había entrado en la habitación más temida de la finca…

y había encontrado al hombre que existía detrás de aquella mirada.

No había destruido su reputación.

Había conseguido que recordara cómo sonreír.

Y para mi hija, Vincent ya no era el hombre más temido de la ciudad.

Era simplemente el amigo que compartía sus galletas.

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