—Puedo ayudarte a criar al bebé.
Lo miré durante varios segundos.
Sebastian Cole, el hombre que me había pagado una fortuna para desaparecer de su vida, acababa de ofrecerse a criar al hijo que ni siquiera recordaba haber concebido.
—¿Por qué?
Frunció el ceño.
—Porque no me gusta verte sola.
—Hace dos meses no te gustaba verme en absoluto.
Su mandíbula se tensó.
—No recuerdo esos dos años.
—Lo sé.
—Pero algo en mí siente que debería estar haciendo esto.
Bajé la mirada hacia mi vientre.
—¿Haciendo qué?
—Estar ahí.
Aquellas dos palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba.
Porque era exactamente lo que Sebastian había hecho durante dos años.
Estar ahí.
Incluso cuando discutíamos.
Incluso cuando era insoportable.
Incluso cuando fingía que no le importaba.
Él siempre estaba.
Pero ahora no lo recordaba.
—Sebastian, este bebé no necesita un hombre que se sienta obligado.
—No estoy obligado.
—Entonces, ¿qué quieres?
Me miró fijamente.
—Quiero conocerte.
Me quedé inmóvil.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que te veo siento que estoy olvidando algo importante.
No supe qué responder.
Así que me fui.
Pensé que aquella sería la última vez que lo vería.
Me equivoqué.
Dos días después, recibí un mensaje.
“¿Puedo acompañarte a tu próxima cita?”
Lo leí tres veces.
Después respondí:
“Puedes. Pero no significa que volvamos.”
Su respuesta llegó inmediatamente.
“Lo sé.”
Y por alguna razón, esa respuesta me hizo sonreír.
La primera cita fue extraña.
Sebastian llegó veinte minutos antes.
Llevaba un traje oscuro, el cabello perfectamente peinado y una expresión tan seria que la recepcionista pensó que era mi abogado.
—¿Usted es el padre?
Él se quedó quieto.
Miró mi vientre.
Luego a mí.
—Eso parece.
Tuve que contener la risa.
—Sebastian.
—¿Qué?
—No digas “eso parece”.
—Estoy aprendiendo.
La enfermera nos llamó.
Entramos.
Cuando apareció la imagen del bebé en la pantalla, Sebastian dejó de hablar.
Su expresión cambió completamente.
—¿Ese es…?
—Sí.
—¿Nuestro bebé?
Mi garganta se cerró.
—Sí.
Él se acercó un poco a la pantalla.
El médico explicó varias cosas, pero Sebastian parecía no escuchar.
Solo miraba aquella pequeña figura.
—¿Puedo…?
Se detuvo.
—¿Puedo tocar tu mano?
Lo miré sorprendida.
Antes, simplemente habría tomado mi mano.
Ahora pedía permiso.
Asentí.
Sus dedos envolvieron los míos.
Y entonces escuchamos el latido.
Rápido.
Pequeño.
Firme.
Sebastian tragó saliva.
—¿Siempre sonaba así?
—En cada revisión.
—Y yo no estaba.
No respondí.
Él bajó la mirada.
—Lo siento.
Aquella fue la primera vez que lo vi llorar.
Durante las semanas siguientes, Sebastian empezó a aparecer en mi vida de una manera completamente distinta.
No intentó comprarme.
No volvió a mencionar el dinero.
No me pidió que regresara a la villa.
Simplemente aparecía.
Un día llegó con una caja.
—¿Qué es eso?
—Cosas para el bebé.
Abrí la caja.
Había un pequeño oso de peluche, una manta y un par de zapatos diminutos.
Levanté una ceja.
—¿Compraste zapatos para alguien que todavía no camina?
—La dependienta dijo que eran importantes.
—La dependienta te estafó.
—Lo sospechaba.
Sonreí.
Él también.
Y por un instante sentí algo peligrosamente parecido a nuestra antigua vida.
Pero entonces recordé que él no la recordaba.
El verdadero problema llegó un mes después.
Estábamos cenando cuando Sebastian recibió una llamada.
Contestó.
Su rostro cambió.
—¿Quién?
Escuchó en silencio.
Después miró hacia mí.
—Voy para allá.
Colgó.
—¿Qué pasó?
—Mi médico quiere verme.
—¿Por qué?
—Dice que encontró algo en mis estudios neurológicos.
Mi corazón se aceleró.
Lo acompañé.
El neurólogo nos explicó que la pérdida de memoria podía ser más complicada de lo que habían pensado.
—Su memoria no desapareció de manera aleatoria —dijo—. Hay una zona específica relacionada con recuerdos autobiográficos recientes que todavía presenta alteraciones.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Eso significa que voy a recordar?
—Es posible.
—¿Cuándo?
—No podemos saberlo.
Yo apreté las manos sobre mi regazo.
Entonces el médico añadió algo que ninguno esperaba.
—Pero hay otra posibilidad.
Sebastian levantó la mirada.
—¿Cuál?
—Algunos recuerdos podrían regresar fragmentados. Emociones, lugares, sonidos, sensaciones. No necesariamente en orden.
Sebastian me miró.
Y por primera vez tuve miedo.
No de que recordara.
Sino de que recordara todo y volviera a ser el hombre que me había pagado para desaparecer.
Una semana después ocurrió.
Estábamos en mi cocina.
Yo cortaba fresas.
Sebastian estaba preparando café.
De pronto dejó la taza.
—No.
Lo miré.
—¿Qué pasa?
Se llevó una mano a la cabeza.
—Yo conozco esto.
—¿Qué?
Miró el balcón.
Las plantas de fresa.
—Tú las plantaste.
Me quedé helada.
—Sí.
Cerró los ojos.
—Dijiste que eran las únicas plantas que podías mantener vivas.
Una lágrima cayó por mi mejilla.
—Sebastian…
—Y yo dije que las fresas eran demasiado pequeñas para justificar tanto espacio.
Solté una risa entre lágrimas.
—Lo dijiste.
Él respiró con dificultad.
—Después te enojaste conmigo.
—Mucho.
—Y esa noche…
Se quedó callado.
—¿Qué?
Me miró.
—Te llevé helado a la cama.
Mi corazón dio un vuelco.
Era verdad.
Uno de nuestros recuerdos.
Pero entonces Sebastian retrocedió.
—No puedo.
—¿Qué?
—No puedo recordar más.
Se sentó.
Yo me acerqué.
—Está bien.
—No quiero perderte otra vez.
Me quedé inmóvil.
—Nunca me tuviste que perder.
Él levantó la mirada.
—Sí.
Pausa.
—Porque fui yo quien te echó.
Los recuerdos comenzaron a regresar.
No todos.
No de golpe.
Primero recordó nuestras discusiones.
Después nuestras cenas.
Una película que habíamos visto tres veces.
El día que me regaló una taza horrible.
El viaje a la playa.
La noche en que hablamos de tener hijos.
Y finalmente recordó aquella conversación.
—No quiero hijos —dijo su recuerdo.
Yo estaba sentada frente a él.

—¿Por qué?
—Porque mi padre desapareció cuando yo era niño.
La voz de Sebastian tembló.
—Nunca te lo dije.
—No.
—Pensaba que si tenía una familia terminaría haciendo lo mismo.
Me quedé callada.
—Por eso te dije que los niños hacen ruido.
—Yo pensé que simplemente eras un idiota.
Sonrió débilmente.
—También era eso.
Entonces recordó algo más.
La discusión.
Mi frase.
“Una relación conveniente.”
Su rostro se quebró.
—Yo te amaba.
—Lo sé.
—¿Por qué nunca te lo dije?
—Porque eras Sebastian Cole.
Él soltó una pequeña risa.
—Eso no explica nada.
—Para mí sí.
Pero todavía faltaba el recuerdo más importante.
El día del accidente.
Sebastian había salido de la villa después de nuestra discusión.
Yo no sabía que, antes de subir a su automóvil, había dejado un mensaje de voz.
El teléfono de Sebastian había sobrevivido al accidente.
Su asistente lo había guardado.
Cuando recuperaron el dispositivo, encontraron el mensaje.
Sebastian quiso escucharlo.
Yo estaba a su lado.
La grabación comenzó.
Mi voz.
—No quiero que tengas miedo de ser padre.
Después, mi propia respiración.
—Y tampoco quiero obligarte.
Pausa.
—Pero si algún día tenemos un bebé, quiero que sepas que no tienes que parecerte a tu padre.
La grabación terminó.
Sebastian cerró los ojos.
Y entonces recordó.
No solo la discusión.
Recordó que aquella misma noche había regresado a la habitación.
Recordó que me había abrazado.
Recordó haber apoyado una mano sobre mi vientre.
Y recordó haber dicho:
—Si es nuestro, voy a aprender.
Abrí la boca, pero no salió ningún sonido.
Sebastian comenzó a llorar.
—Yo sabía que estabas embarazada.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Lo recuerdo.
Me miró.
—Encontré la prueba esa noche.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Y?
—Iba a preguntarte.
—¿Por qué nunca lo hiciste?
—Porque quería prepararte una sorpresa.
Se rio entre lágrimas.
—Pensaba comprarte una casa con jardín.
Miré hacia otro lado.
—Me compraste un apartamento.
—Sí.
—Y una tarjeta negra.
—Lo sé.
—Y me pagaste para desaparecer.
—Lo sé.
—Qué romántico.
Sebastian se tapó el rostro.
—Lo siento.
Esta vez no sonó como una disculpa automática.
Sonó como un hombre que finalmente entendía el daño que había causado.
Un mes después nació nuestro hijo.
Sebastian estuvo conmigo durante todo el parto.
Cuando escuchó el primer llanto, se quedó completamente inmóvil.
Luego se acercó.
—Hola.
Su voz se quebró.
—Soy tu papá.
Yo lo miré.
Él tomó al bebé con cuidado.
Y sonrió de una manera que jamás había visto.
—Te conozco.
Me sorprendí.
—¿Cómo?
Miró al bebé.
—No sé.
Después me miró.
—Pero siento que te estaba esperando desde antes de recordarte.
No regresé inmediatamente a la villa.
Tampoco acepté volver con él.
Sebastian tuvo que entender que recuperar sus recuerdos no significaba recuperar automáticamente nuestra relación.
Durante meses tuvo que demostrarme que podía quedarse.
Que podía escuchar.
Que podía hablar.
Que podía ser padre incluso cuando nadie lo estaba mirando.
Y lo hizo.
Una mañana llegó a mi apartamento con una pequeña maceta.
Fresas.
La dejó en el balcón.
—¿Qué haces?
—Estoy empezando de nuevo.
Lo miré.
—Una planta no arregla dos años.
—Lo sé.
—Ni un bebé.
—También lo sé.
—Ni el dinero.
—Nunca debí usarlo contigo.
Silencio.
—Entonces, ¿qué quieres?
Sebastian respiró profundamente.
—No quiero que vuelvas porque me recuerdes.
—¿Entonces?
—Quiero que me conozcas otra vez.
Me quedé mirándolo.
—¿Desde cero?
—Desde cero.
Sonreí.
—Eres bastante insoportable.
—Eso sí lo recuerdo.
Me reí.
Y él también.
Un año después, volvimos juntos a la villa.
Nuestro hijo caminaba por el jardín mientras Sebastian intentaba evitar que arrancara las flores.
—No toques eso.
El niño lo ignoró.
—Te está desafiando —dije.
—Es tu hijo.
—También es tuyo.
—Eso explica muchas cosas.
Lo miré.
—¿Recuerdas todo ahora?
Sebastian negó.
—No.
—¿Cuánto recuerdas?
—Lo suficiente.
—¿Qué falta?
Sonrió.
—Algunos días.
—¿Te preocupa?
—No.
—¿Por qué?
Se acercó.
—Porque no necesito recordar cada día para saber que quiero vivir todos los que vienen contigo.
No respondí.
Él tomó mi mano.
Esta vez sin pedir permiso.
Y yo no la retiré.
Nunca volvimos a hablar de la cantidad de dinero que me había dado.
El apartamento siguió siendo mío.
La tarjeta terminó guardada en un cajón.
Y las fresas crecieron hasta llenar todo el balcón.
Sebastian incluso aprendió a cuidarlas.
Aunque todavía lograba matarlas de vez en cuando.
Una noche, mientras nuestro hijo dormía, nos sentamos juntos en el balcón.
—Clara.
—¿Sí?
—Hay algo que todavía recuerdo perfectamente.
—¿Qué?
Me miró.
—La primera vez que te vi.
—Eso ocurrió hace años.
—No.
Negó.
—La primera vez que te vi después del accidente.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y qué pensaste?
Sonrió.
—Que eras una desconocida.
—Qué romántico.
—Pero después sentí algo.
—¿Qué?
—Que perderte me dolía demasiado para que fueras una desconocida.
Bajó la mirada hacia nuestras manos.
—Creo que mi memoria olvidó tu nombre antes que mi corazón.
Me quedé en silencio.
Luego apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Entonces quizá tu corazón fue más inteligente que tú.
—Eso no era difícil.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
Él se rio.
Dentro de la casa, nuestro hijo comenzó a moverse.
Sebastian se levantó inmediatamente.
—Voy yo.
Lo observé entrar corriendo.
El mismo hombre que una vez dijo que los niños hacían demasiado ruido.
El mismo hombre que me pagó para desaparecer.
El mismo hombre que olvidó dos años de su vida.
Ahora corría hacia su hijo sin pensarlo.
Y entendí algo.
A veces la memoria puede borrar una historia, pero no siempre consigue borrar el amor que la construyó.
Sebastian no recuperó cada recuerdo.
No recuperó cada conversación.
No recuperó cada día.
Pero aprendió algo mucho más importante:
no necesitaba recordar quiénes habíamos sido para elegir quiénes queríamos ser.
Y esta vez, cuando me miró antes de dormir, no me preguntó quién era.
Me acercó hacia él y susurró:
—Mi familia.
Y por primera vez desde aquel accidente, sentí que realmente había vuelto a casa.