PARTE 2: EL NIÑO QUE NO CONFIABA EN NADIE LA ELIGIÓ, PERO LA DEUDA DE MARISOL REVELÓ QUIÉN QUERÍA DESTRUIR A LOS MONTENEGRO

Durante los primeros días, Marisol creyó que había conseguido el trabajo que necesitaba.

Al cuarto día comprendió que había entrado en algo mucho más peligroso.

Mateo no volvió a golpearla.

Tampoco volvió a arrojarle juguetes.

La seguía por toda la casa.

Si Marisol iba a la cocina, Mateo iba detrás.

Si doblaba ropa, él se sentaba junto a ella.

Y si desaparecía de su vista durante más de un minuto, comenzaba a buscarla.

Alejandro observaba todo desde lejos.

—Nunca había hecho eso —le dijo una noche.

Marisol levantó la mirada.

—¿Qué cosa?

—Confiar en alguien.

Ella continuó doblando una pequeña camiseta.

—No confía en mí.

—Te busca cuando no estás.

—Eso no significa confianza.

Alejandro se quedó pensativo.

—¿Entonces qué significa?

Marisol sonrió.

—Que probablemente soy la única persona que no intentó obligarlo a dejar de estar triste.

Aquella respuesta hizo que Alejandro guardara silencio.

Pero mientras la relación entre Marisol y Mateo se fortalecía, alguien más estaba observando.

Una tarde, Marisol encontró un sobre debajo de la puerta de su habitación.

No tenía nombre.

Dentro había una fotografía de su madre.

Y una nota.

“La deuda no desapareció porque te mudaste.”

Marisol sintió que se le helaba el cuerpo.

Conocía aquella letra.

Evaristo.

El Chueco.

El hombre al que debía dinero.

Había prometido pagarle en cuotas.

Pero las cuotas habían crecido.

Los intereses habían crecido.

Y ahora la deuda parecía no tener final.

Marisol guardó la fotografía en el bolsillo.

No quería que nadie lo supiera.

Especialmente Alejandro.

Porque aquel trabajo era su única oportunidad.

Si la despedían, perdería todo.

Esa misma noche, mientras acostaba a Mateo, el niño señaló hacia la ventana.

—Señor malo.

Marisol se quedó quieta.

—¿Qué señor?

Mateo señaló nuevamente.

—Afuera.

Marisol corrió la cortina.

No vio a nadie.

Pero sí encontró una pequeña marca hecha con pintura negra en el muro exterior.

La misma marca que había aparecido semanas antes cerca de su antigua vecindad.

Sintió un escalofrío.

Alguien había seguido a Mateo.

Y probablemente también a ella.

Al día siguiente, Alejandro recibió una llamada.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué ocurrió?

Escuchó durante varios segundos.

—¿Estás seguro?

Colgó.

Marisol estaba en el comedor con Mateo.

—¿Problemas?

Alejandro la miró.

—¿Alguien te ha contactado desde que llegaste?

Marisol dudó.

Ese pequeño silencio fue suficiente.

—Marisol.

—No es importante.

Alejandro se acercó.

—Te estoy preguntando porque mi hijo podría estar en peligro.

Ella bajó la mirada.

—Tengo una deuda.

Alejandro permaneció inmóvil.

—¿Con quién?

—Un prestamista de mi colonia.

—¿Cuánto?

Marisol respiró profundamente.

—Demasiado.

—Eso no responde mi pregunta.

—Doscientos mil pesos.

Alejandro no reaccionó.

—¿Y qué quiere?

—Que le pague.

—¿Te ha amenazado?

Marisol guardó silencio.

Mateo apareció detrás de ella y tomó su mano.

Alejandro entendió.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque necesitaba este trabajo.

—¿Creíste que iba a despedirte?

—Creí que iba a pensar que yo era un problema.

Alejandro miró a su hijo.

Luego volvió hacia ella.

—Marisol, desde el momento en que Mateo te eligió, dejaste de ser un problema.

Ella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Pero antes de poder responder, un hombre de seguridad entró en la habitación.

—Señor Montenegro.

Alejandro giró.

—¿Qué ocurre?

—Encontramos esto en el jardín.

Era un teléfono.

Uno que había sido escondido cerca de la ventana de Mateo.

Alejandro lo tomó.

Su rostro se endureció.

—Llama a todos.

En menos de diez minutos, la mansión quedó bajo vigilancia.

Marisol abrazó a Mateo.

—¿Qué está pasando?

Alejandro no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Alguien ha estado observando a mi hijo.

Mateo escondió la cara contra Marisol.

Entonces ocurrió algo inesperado.

El teléfono comenzó a sonar.

Alejandro contestó.

Una voz masculina habló.

—Sabes quién soy.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Habla.

—No quiero tu dinero.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero que saques a la nueva criada de la casa.

Marisol sintió que el corazón se le detenía.

Alejandro miró directamente hacia ella.

—¿Por qué?

La voz respondió:

—Porque ella tiene algo que pertenece a otra persona.

La llamada terminó.

Alejandro bajó lentamente el teléfono.

Marisol negó con la cabeza.

—Yo no tengo nada.

Pero entonces recordó la fotografía de su madre.

La sacó del bolsillo.

Detrás había una pequeña hoja doblada.

La había encontrado dentro de la vieja caja de documentos de su madre meses antes y nunca había entendido por qué estaba allí.

Alejandro la tomó.

La leyó.

Su expresión cambió por completo.

—¿Dónde encontraste esto?

—En las cosas de mi madre.

—¿Sabes lo que significa?

—No.

Alejandro miró el documento.

—Tu madre trabajó para mi familia.

Marisol abrió los ojos.

—¿Qué?

—Hace más de veinte años.

—Eso es imposible.

—No.

Alejandro respiró profundamente.

—Mi padre tenía una administradora de confianza. Una mujer llamada Elena Hernández.

Marisol sintió que las piernas le temblaban.

—Mi madre.

Alejandro asintió.

—Ella manejaba documentos importantes antes de desaparecer de nuestra vida.

Marisol recordó las pocas cosas que su madre había contado sobre aquellos años.

Nunca había querido hablar de ellos.

Siempre decía que algunas puertas era mejor dejarlas cerradas.

Pero ahora entendía por qué.

Alejandro volvió a leer el papel.

—Tu madre dejó una copia de un acuerdo que demuestra que alguien dentro de mi propia familia estuvo robando dinero durante años.

Marisol sintió un escalofrío.

—¿Y por eso me buscan?

—Probablemente.

—Pero yo no sabía nada.

—Lo sé.

Alejandro levantó la mirada.

—El problema es que alguien cree que tú sí.

Aquella noche, Alejandro tomó una decisión.

—Marisol, quiero que te vayas.

Ella sintió que el pecho se le hundía.

—Entiendo.

—No has entendido.

Alejandro se acercó.

—Quiero que te vayas de la casa durante unas horas mientras revisamos quién está detrás de esto.

Marisol miró a Mateo.

El niño se había quedado dormido sobre el sofá.

—No puedo dejarlo.

Alejandro observó a su hijo.

Después negó lentamente.

—Entonces no te vas.

Marisol lo miró sorprendida.

—¿Qué?

—Mateo no va a perder otra persona en la que confía.

Esa frase la desarmó.

Pero el peligro llegó antes de que pudieran hacer nada.

Una alarma sonó en toda la mansión.

Los guardias corrieron hacia el ala donde dormía Mateo.

Marisol llegó primero.

La puerta estaba abierta.

La cama vacía.

—¡Mateo!

Su voz se quebró.

Alejandro apareció detrás de ella.

Durante unos segundos nadie respiró.

Entonces escucharon un pequeño sollozo.

Venía del armario.

Marisol abrió la puerta.

Mateo estaba escondido dentro, abrazando su tren de madera.

—¡Marisol!

Ella lo tomó inmediatamente entre sus brazos.

—Estoy aquí.

Mateo señaló hacia la ventana.

—Señor malo.

Alejandro revisó el cuarto.

La ventana estaba abierta.

Sobre el alféizar había otro sobre.

Lo abrió.

Dentro había una sola fotografía.

Era de Elena, la madre de Marisol.

En el reverso aparecía una frase escrita a mano:

“La deuda de tu hija no es dinero. Es la verdad que tu madre se llevó a la tumba.”

Alejandro cerró los ojos.

Ahora todo tenía sentido.

Alguien había utilizado la deuda de Marisol para acercarla a la mansión.

No había sido casualidad que la agencia la hubiera enviado allí.

La habían elegido.

—Marisol —dijo lentamente—, tú nunca encontraste este trabajo.

Ella lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Alguien hizo que llegaras hasta mí.

Los dos quedaron en silencio.

Marisol abrazó más fuerte a Mateo.

Entonces Alejandro tomó su teléfono.

—Quiero saber quién contrató a la agencia.

Unos minutos después recibió una respuesta.

El nombre que apareció en la pantalla lo dejó completamente inmóvil.

Marisol lo notó.

—¿Quién fue?

Alejandro levantó lentamente la mirada.

—Mi hermano.

Marisol sintió un escalofrío.

—Pero pensé que estaba muerto.

Alejandro guardó silencio.

Y entonces comprendió que el verdadero enemigo no estaba fuera de la familia Montenegro.

Había estado esperando dentro de ella todo ese tiempo.

Mateo levantó la cabeza desde los brazos de Marisol.

—No te vayas.

Ella lo abrazó.

—No me voy.

Alejandro la observó.

Y por primera vez en muchos años, el hombre que todos temían entendió que proteger a su hijo ya no era lo único que importaba.

Ahora también tenía que proteger a la mujer que su enemigo había enviado para destruirlos.

Y cuando el teléfono volvió a sonar, Alejandro contestó.

La voz al otro lado dijo:

—Ahora que sabes la verdad, Montenegro, dime cuánto estás dispuesto a perder para salvar a esa mujer.

Alejandro miró a Marisol.

Ella sostuvo su mirada.

Ninguno de los dos respondió.

Porque ambos acababan de comprender que aquella historia apenas comenzaba a mostrar quién estaba realmente detrás de todo.

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