PARTE 2: LA NOCHE QUE TODOS SE BURLARON DE MÍ, CANCELÉ LA BODA Y DESCUBRÍ QUE MI PROMETIDO HABÍA PLANEADO DEVOLVERME A SU EX

—¿Está completamente segura, señorita Carter?

Miré la pantalla de mi teléfono.

La organizadora de la boda esperaba mi respuesta.

Escribí:

—Sí. Cancélela.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

—¿Toda la boda?

—Toda.

Dejé el teléfono sobre la mesa y miré el anillo que llevaba siete años esperando convertir en símbolo de una vida juntos.

Aquella noche no lloré.

Al menos no todavía.

Lo guardé en una pequeña caja y llamé a mi abogado.

—Necesito que revises algo.

—¿Qué sucede, Elena?

—Quiero saber exactamente qué cosas están a mi nombre antes de mañana.

Hubo un breve silencio.

—¿La boda?

—Ya no habrá boda.

A las siete de la mañana, mi abogado me envió los primeros documentos.

Y entonces descubrí algo que hizo que todo fuera todavía más absurdo.

Adrián había registrado como bienes comunes varias propiedades que yo había pagado parcialmente antes de nuestra boda.

También había utilizado mi cuenta para cubrir depósitos relacionados con la ceremonia.

Pero había algo más.

Un contrato con la organizadora.

La cláusula de cancelación establecía que, si la novia anulaba la boda, perdería una cantidad considerable.

Excepto que había una excepción.

Si la cancelación se producía debido a una modificación no autorizada que pusiera en riesgo a la novia, la penalización quedaba anulada.

Los lirios.

Mi alergia.

La organizadora me había enviado las modificaciones por correo.

Y había guardado la solicitud original de Clara.

Por primera vez aquella mañana, sonreí.

No necesitaba vengarme.

Solo necesitaba dejar que los hechos hablaran.

A las diez, Adrián me llamó.

—¿Por qué la organizadora dice que cancelaste la boda?

—Porque la cancelé.

—Elena, ¿estás loca?

—No.

—¡Mañana íbamos a anunciar nuestro compromiso oficialmente!

—Ya no.

Su voz cambió.

—¿Es por lo de anoche?

—Es por los últimos siete años.

Silencio.

—Estás exagerando.

—¿También exagero al saber que besaste a Clara en aquel concierto?

No respondió.

—¿Quién te lo contó?

—No importa.

—Elena…

—Lo que importa es que todos lo sabían.

—Fue un beso.

Cerré los ojos.

—Gracias.

—¿Gracias por qué?

—Por decirlo tan fácilmente.

Colgué.

Dos horas después apareció en mi apartamento.

Traía flores.

Las mismas rosas que había comprado para mí durante años cuando quería evitar una conversación difícil.

Las dejó sobre la mesa.

—Podemos arreglar esto.

—No.

—Siete años no pueden terminar por una noche.

—No terminaron por una noche.

Lo miré.

—Terminaron porque descubrí que durante siete años todos estaban colaborando para que yo no supiera quién eras.

Adrián se pasó una mano por el cabello.

—Clara no significa nada.

—Entonces ¿por qué todos la preferían?

No contestó.

—¿Por qué mi familia sabía que seguías viéndola?

Su rostro cambió.

—¿Tu familia?

—Emma dijo que les pidió que colaboraran.

Adrián se quedó completamente quieto.

Ese silencio fue suficiente.

Pero entonces cometió un error.

—Ellos solo querían evitar que sufrieras.

—¿Y tú?

—Yo también.

Me reí.

—No. Tú querías evitar las consecuencias.

Adrián bajó la mirada.

—Clara y yo tuvimos algo que nunca desapareció.

Aquella fue la primera vez que lo admitió.

—¿Querías casarte conmigo mientras seguías pensando en ella?

—Pensé que podía superarlo.

—¿Y la boda?

—Quería intentarlo.

—¿Conmigo o con ella?

No respondió.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Daniel.

Necesitamos hablar.

Acepté.

Nos encontramos esa tarde.

Daniel parecía avergonzado.

—No esperaba que descubrieras todo.

—¿Todo qué?

Respiró profundamente.

—Adrián planeaba cancelar el matrimonio después de la boda.

Lo miré sin entender.

—¿Qué?

—No quería hacerlo antes porque tu familia ya había pagado parte de la celebración y porque su padre estaba presionándolo para cerrar una operación empresarial relacionada con tu familia.

Sentí un frío repentino.

—Explícate.

Daniel sacó su teléfono.

—Adrián necesitaba que siguieras siendo su prometida hasta que se firmara el acuerdo.

Abrió varios mensajes.

Allí estaba la conversación.

Cuando esté firmado, terminaré con Elena.

Otro mensaje de Adrián:

Clara tendrá paciencia.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No solo había sido una sustituta emocional. También había sido una pieza conveniente en un acuerdo familiar.

—¿Por qué me estás mostrando esto?

Daniel bajó la cabeza.

—Porque fui cobarde.

—Eso no responde mi pregunta.

—Porque pensé que si Clara y Adrián terminaban juntos, todos estaríamos mejor.

Lo miré.

—¿Y yo?

Daniel no respondió.

Me levanté.

—Ahora ya no importa.

Esa misma noche reuní a mis padres.

No quería una escena.

Solo respuestas.

Mi madre lloró antes de que terminara de hablar.

—Emma nos pidió que no dijéramos nada.

Mi padre permaneció callado.

—¿Sabían que Adrián seguía viendo a Clara?

Finalmente asintió.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hacía casi dos años.

Sentí que mis manos temblaban.

—¿Y nadie pensó que yo tenía derecho a saberlo?

Mi madre lloró.

—Tenías derecho.

—Entonces ¿por qué?

Mi padre respondió con una sinceridad que me dolió todavía más.

—Porque pensábamos que si lo descubrías, perderías al hombre que amabas.

Lo miré.

—No.

Respiré profundamente.

—Perdí siete años fingiendo que él me amaba de la manera que yo necesitaba.

Mi madre se acercó.

—Elena…

—No quiero que me protejan de la verdad nunca más.

Al día siguiente debía celebrarse nuestra boda.

En lugar de eso, envié un mensaje a todos los invitados.

No expliqué detalles.

Solo escribí:

La boda ha sido cancelada. Gracias por comprender.

Pero a las seis de la tarde recibí un mensaje inesperado.

Era Clara.

Necesito decirte algo antes de que tomes una decisión definitiva sobre mí.

Acepté reunirme con ella.

Llegó sola.

Sin maquillaje llamativo.

Sin excusas.

—No sabía todo —dijo.

—¿Qué sabías?

—Sabía que Adrián seguía enamorado de mí.

—¿Y aun así aceptaste verlo?

Bajó la mirada.

—Sí.

No intentó justificarse.

—Eso te convierte en parte del problema.

—Lo sé.

Luego sacó una carpeta.

—Pero hay algo que nunca te contó.

La abrió.

Dentro había correos entre Adrián y su hermana.

Los revisé uno por uno.

Y encontré algo inesperado.

Emma había sido quien organizó el primer encuentro entre Adrián y Clara.

Pero no por amor.

Había una disputa sobre la empresa familiar.

Emma quería que Adrián rompiera conmigo porque creía que mi matrimonio con él le daría a mi familia demasiada influencia sobre la compañía.

Clara había sido utilizada por ella.

Adrián lo había permitido.

Y yo había estado en medio.

Clara respiró profundamente.

—No quiero a un hombre que necesite destruir a otra persona para volver conmigo.

La miré.

—Entonces ¿por qué viniste?

—Para entregarte esto.

Señaló la carpeta.

—Y para pedirte perdón.

Guardé silencio.

No éramos amigas.

Probablemente nunca lo seríamos.

Pero por primera vez, no sentí que necesitara convertirla en enemiga.

—Gracias por decirme la verdad.

Ella asintió.

—Espero que algún día puedas perdonarme.

—Quizá.

Me levanté.

—Pero primero tengo que perdonarme a mí misma por haber ignorado tantas señales.

El lunes siguiente, cancelé oficialmente todos los contratos de la boda.

Mi abogado comenzó el proceso para recuperar el dinero que correspondía.

También revisamos cada cuenta compartida.

Y descubrimos más gastos que Adrián había ocultado.

Viajes.

Regalos.

Reservas de hotel.

Todo relacionado con Clara.

Cuando Adrián recibió la documentación, finalmente entendió que yo ya no estaba esperando una explicación.

Estaba cerrando una etapa.

Me llamó una última vez.

—Elena.

—¿Sí?

—Te quiero.

Miré por la ventana.

—Puede que incluso sea verdad.

Hubo silencio.

—Pero querer a alguien no sirve de nada cuando no sabes respetarlo.

—¿No hay ninguna posibilidad?

—No.

Su respiración tembló.

—¿Y nosotros?

—Nosotros terminamos la noche en que descubrí que todos podían reírse de mí porque estaban seguros de que yo siempre volvería.

Colgué.

Tres meses después, mi vida era completamente diferente.

Había cambiado de apartamento.

Había retomado amistades que había abandonado por estar siempre disponible para Adrián.

Volví a pintar.

Empecé a viajar sola.

Y descubrí que el silencio de una casa vacía podía ser mucho más agradable que las risas de personas que nunca habían respetado tu lugar.

Una tarde recibí una invitación.

Era de la hermana de Adrián.

No era una boda.

Era una reunión familiar.

La rechacé.

No por rencor.

Porque ya no pertenecía allí.

Semanas después, me encontré con Sofía en la calle.

Me abrazó.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por haber elegido su lado.

La miré.

—No quiero que vuelvas porque ahora sabes la verdad.

Ella bajó la mirada.

—Entonces ¿qué quieres?

Sonreí.

—Quiero que, si algún día vuelves a ser mi amiga, sea porque realmente me ves.

Nos despedimos.

Y continué caminando.

Aquella noche, siete años atrás, todos habían reído porque creían que yo era demasiado sensible para entender la broma.

Se equivocaron.

**No era demasiado sensible.

Simplemente estaba rodeada de personas que habían confundido mi paciencia con debilidad.**

La noche anterior a mi compromiso descubrí que todos se burlaban de mí.

Al día siguiente descubrí algo mucho más importante:

Yo no había perdido al hombre de mi vida.

Había recuperado la mía.

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