PARTE 2: LA RESPUESTA QUE NINGUNO DE LOS DOS ESPERABA

Cuando salí del cine, caminé hasta la cafetería del edificio sin mirar atrás.

Necesitaba aire.

Necesitaba café.

Y, sobre todo, necesitaba recuperar la poca dignidad que me quedaba después de haber invitado a mi profesor al cine delante de cincuenta personas.

Me senté junto a la ventana y enterré la cara entre las manos.

—Qué desastre, Lily.

—Eso depende.

Levanté la cabeza.

Adrian estaba de pie frente a mi mesa.

Dejé caer las manos.

—¿Me seguiste?

—No. La cafetería está en el mismo edificio.

—Ah.

Se sentó frente a mí, pero mantuvo una distancia prudente.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente dejó mi vaso de refresco sobre la mesa.

—Olvidaste esto.

Miré el vaso.

—Pensé que te lo habías terminado.

—No.

—¿Por qué?

Adrian levantó una ceja.

—Porque no era mío.

Me quedé callada.

Entonces entendí algo.

Su comportamiento durante la película no había sido una insinuación.

Había sido una provocación infantil.

Exactamente como cuando éramos pequeños.

—Sobre lo de esta noche —dijo— tenemos que hablar seriamente.

Mi estómago se contrajo.

—Sabía que llegaría este momento.

—Acepté ir al cine porque pensé que estabas bromeando.

—Lo estaba.

—Lo sé.

Bajé la mirada.

—Entonces, ¿por qué compraste las entradas?

Adrian suspiró.

—Porque quería comprobar si seguías siendo la misma niña que discutía conmigo por cualquier cosa.

Abrí la boca.

—¡No soy una niña!

—Lo sé.

Su expresión se volvió más seria.

—Y precisamente por eso quiero dejar algo claro.

Me quedé quieta.

—Soy tu profesor. Mientras estés en mi clase, existe una responsabilidad profesional que ninguno de los dos debería cruzar.

Sentí que la vergüenza me subía hasta las orejas.

—Entiendo.

—No quiero que vuelvas a sentirte incómoda por lo ocurrido.

—Yo fui quien te invitó.

—Y yo fui quien aceptó delante de toda la clase. Fue una mala decisión.

Lo miré sorprendida.

Adrian Wells nunca admitía errores.

Nunca.

Ni siquiera cuando tenía ocho años y yo demostraba que había resuelto un problema matemático antes que él.

—¿Acabas de admitir que te equivocaste?

—No te acostumbres.

Me reí.

Por primera vez aquella noche.

Entonces él también sonrió.

Pero aquella sonrisa no tenía nada de misteriosa.

Era simplemente la sonrisa del chico que había conocido durante mi infancia.

—Hay algo más —dijo.

—¿Qué?

Sacó un sobre de su bolsillo y lo dejó sobre la mesa.

Lo abrí.

Dentro había una hoja.

Era un formulario de inscripción para una competencia académica nacional.

Mi competencia favorita.

La misma que llevaba años intentando ganar.

—¿Qué es esto?

—Tu profesora anterior me habló de tus resultados.

—¿Y?

—Creo que puedes ganar.

Parpadeé.

—¿Tú?

—Yo.

—¿El mismo Adrian Wells que ganó cinco años consecutivos?

—Ese mismo.

—¿Y me estás ayudando?

—No confundas ayuda con favoritismo.

Se inclinó ligeramente hacia delante.

—Voy a prepararte porque tienes talento. Pero si quieres vencerme algún día, tendrás que hacerlo por tus propios méritos.

Sonreí.

—¿Y si gano?

—Entonces tendrás derecho a presumir durante el resto de tu vida.

—¿Y si pierdo?

Adrian se encogió de hombros.

—Entonces volverás a intentarlo.

Me quedé mirando el formulario.

Algo dentro de mí se acomodó.

Había pasado años pensando que Adrian era mi rival.

Tal vez nunca había sido mi enemigo.

Tal vez simplemente había sido la persona que me obligaba a exigirme más.


Durante las semanas siguientes, nuestra relación cambió.

En clase seguía siendo estricto.

Yo seguía discutiendo.

Él seguía corrigiéndome.

Pero ahora había una diferencia.

Ya no necesitaba demostrarle que podía vencerlo.

Quería demostrarme a mí misma que podía llegar más lejos.

Cada tarde estudiaba.

Cada noche resolvía problemas.

Y cada vez que me equivocaba, Adrian me hacía empezar de nuevo.

—No memorices —decía—. Comprende.

—Eso es más difícil.

—Precisamente.

Una tarde, después de tres horas de práctica, dejé caer el lápiz.

—Estoy cansada.

—Entonces descansa diez minutos.

—¿No vas a decirme que continúe?

—No.

Lo miré sorprendida.

—¿Qué te pasó?

—Maduré.

—Imposible.

Él soltó una risa.

Y aquella fue la primera vez que comprendí que nuestra rivalidad podía existir sin convertirse en una guerra.


El día de la competencia llegó seis meses después.

Había estudiantes de todo el país.

Cuando entré al auditorio, mis manos temblaban.

Miré hacia las primeras filas.

Adrian estaba allí.

No como mi cita.

No como alguien con quien tuviera una historia romántica.

Sino como mi profesor.

Como la persona que había creído en mí cuando yo todavía necesitaba demostrarle algo a todo el mundo.

La competencia duró casi cuatro horas.

Cuando entregué mi examen, pensé que había cometido al menos diez errores.

Salí del salón.

Adrian estaba esperando en el pasillo.

—¿Cómo fue?

—Terrible.

—Entonces probablemente te fue bien.

—¿Por qué?

—Porque siempre dices que fue terrible cuando sabes que hiciste un buen trabajo.

Lo miré.

—¿Y si no gano?

—No pasa nada.

—¿De verdad?

—De verdad.

Sonreí.

—Creo que finalmente aprendí algo de ti.

—¿Solo algo?

—No exageres.


Dos semanas después publicaron los resultados.

Abrí la página con las manos temblando.

Busqué mi nombre.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Y entonces lo vi.

Primer lugar.

Me quedé completamente inmóvil.

—¡NO!

Mi madre apareció corriendo desde la cocina.

—¿Qué pasó?

Le enseñé la pantalla.

Gritó.

Yo también.

Cinco minutos después tenía decenas de mensajes.

Pero había uno que esperaba especialmente.

Adrian.

Solo decía:

“Bien hecho, Bennett.”

Lo miré durante unos segundos.

Después respondí:

“Por fin te gané.”

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“Por fin.”

Sonreí.

Pero antes de guardar el teléfono llegó otro mensaje.

“Ahora intenta no volver a invitar a tus profesores al cine.”

Solté una carcajada.

“Prometo que aprenderé.”


Al final del semestre, Adrian dejó de impartir nuestra clase.

Había aceptado un puesto de investigación en otra universidad.

El último día, todos los estudiantes le prepararon una despedida.

Cuando terminó la ceremonia, se acercó a mí.

—Lily.

—¿Sí?

—No cambies.

Fruncí el ceño.

—Eso suena peligroso.

—Lo es.

Sonrió.

—Sigue haciendo preguntas. Incluso cuando sean incómodas.

Miré alrededor del aula.

El mismo lugar donde meses antes había provocado un escándalo por una invitación absurda.

—Creo que aprendí que no todas las preguntas necesitan la respuesta que uno espera.

Adrian asintió.

—Esa es una buena lección.

Extendió la mano.

Yo se la estreché.

Sin vergüenza.

Sin confusión.

Sin expectativas.

Solo con gratitud.


Años después, cuando alguien me preguntaba por qué había elegido mi carrera, siempre contaba una versión distinta de aquella historia.

Nunca mencionaba el cine.

Nunca hablaba de las palomitas.

Nunca contaba que una vez pensé que Adrian Wells era el hombre más insoportable del planeta.

Porque al final entendí algo mucho más importante.

No había entrado en aquella clase para enamorarme.

Había entrado para aprender.

Y salí de ella habiendo aprendido mucho más de lo que esperaba.

Aprendí a preguntar.

Aprendí a equivocarme.

Aprendí a aceptar límites.

Y, sobre todo, aprendí que una persona puede ser importante en tu vida sin tener que convertirse en tu pareja.

Adrian siguió siendo mi profesor durante una etapa.

Después fue mi mentor.

Y con los años, simplemente se convirtió en una de esas personas que recuerdas cuando necesitas recordar de dónde vino una parte de tu confianza.

La rivalidad terminó.

La vergüenza también.

Pero aquella tarde en el cine quedó como una anécdota que ambos preferimos recordar con una sonrisa.

Porque, aunque aquella invitación fue una de las cosas más impulsivas que hice en mi vida, terminó enseñándome algo que nunca habría aprendido de un libro:

Crecer también significa saber cuándo una emoción es solo una emoción, cuándo una relación necesita límites y cuándo una persona puede ayudarte a descubrir quién quieres llegar a ser.

Y, por primera vez, no necesitaba quedar en segundo lugar para aprenderlo.

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