PARTE 2: REGRESÓ CUATRO AÑOS DESPUÉS PARA PEDIRME MATRIMONIO, PERO DESCUBRIÓ DELANTE DE TODOS QUE YO YA ERA LA ESPOSA DE SU PROPIO HERMANO

Lucas se quedó inmóvil.

Su mirada pasó de Nathan a mí.

Después volvió a Nathan.

—¿Tu esposa?

Nathan no respondió inmediatamente.

Simplemente apretó un poco más mi mano.

—Sí.

Lucas soltó una risa corta.

—Eso no tiene gracia.

—No estoy bromeando.

El rostro de Lucas perdió todo el color.

—Isabella…

Lo miré tranquilamente.

—Hola, Lucas.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace dos años.

Retrocedió un paso.

—¿Dos años?

Nathan asintió.

—Dos años, tres meses y ocho días.

Lucas parecía incapaz de procesarlo.

—¿Cómo…?

Nathan me miró.

—Nos conocimos después de que tú te fueras.

—Pero ella…

Lucas se interrumpió.

Por primera vez comprendió que había estado hablando de mí como si todavía fuera la misma mujer que había dejado cuatro años atrás.

—Pensé que me estabas esperando.

Solté una pequeña sonrisa.

—Eso era lo que tú me pediste.

—Entonces…

—Esperé.

Su expresión cambió.

—¿Cuánto?

—Catorce meses.

Lucas bajó la mirada.

—¿Y después conociste a Nathan?

—No exactamente.

Nathan respondió:

—Yo la conocí cuando dejó de esperar.

Lucas levantó la cabeza.

—¿Y te casaste con ella?

—Sí.

—¿Sabiendo que era mi ex?

Nathan lo observó con calma.

—Sabiendo que era la mujer que tú abandonaste.

El silencio fue incómodo.

Lucas dio un paso hacia mí.

—Isabella, tenemos que hablar a solas.

Nathan se interpuso.

—No.

—Esto no es asunto tuyo.

Nathan levantó ligeramente una ceja.

—Es bastante asunto mío. Es mi esposa.

Lucas cerró los puños.

—¡Tú sabías que yo iba a regresar!

Nathan no respondió.

Y ese silencio hizo que Lucas entendiera algo todavía peor.

—¿Lo sabías?

Nathan finalmente habló.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de nuestra boda.

Lucas lo miró con incredulidad.

—¿Y nunca me dijiste?

—¿Por qué habría tenido que hacerlo?

Lucas se quedó sin respuesta.

Yo respiré profundamente.

—Porque tú no regresaste por mí, Lucas.

—Sí regresé por ti.

—No.

Lo miré directamente.

—Regresaste por la versión de mí que recordabas.

Lucas negó.

—Te amaba.

—Tal vez.

Hice una pausa.

—Pero la noche que te fuiste, dijiste algo que nunca olvidé.

—¿Qué?

—Preguntaste quién querría casarse conmigo después de lo que había ocurrido.

Lucas bajó la mirada.

—Yo era un idiota.

—Sí.

—Lo siento.

—Lo sé.

Su rostro se tensó.

—Entonces ¿por qué estás siendo tan fría?

Miré a Nathan.

Él no dijo nada.

No necesitaba hacerlo.

—Porque ya no soy la mujer que dejaste.

Lucas tragó saliva.

—¿Lo amas?

Miré a Nathan.

—Sí.

La respuesta salió sin esfuerzo.

Eso fue lo que más sorprendió a Lucas.

No hubo duda.

No hubo nostalgia.

No hubo comparación.

Solo una verdad.

Lucas retrocedió lentamente.

—Nunca pensé que…

—Ese fue siempre tu problema —respondí—. Nunca pensaste en las consecuencias de tus decisiones.

Aquella noche Lucas abandonó la residencia sin despedirse.

Pero el problema no terminó allí.

Al día siguiente, la noticia llegó a toda la familia.

La madre de Nathan convocó una reunión.

Lucas apareció.

Yo también.

Nathan permaneció a mi lado.

Margaret miró a sus dos hijos.

—Hay algo que todos deben entender.

Sacó una carpeta.

—Cuando Lucas se fue a Nueva York, dejó a Isabella con una reputación destruida y una familia dividida.

Lucas bajó la cabeza.

—Mamá…

—No he terminado.

Margaret abrió la carpeta.

—Durante esos cuatro años, Nathan fue quien se encargó de reparar parte del daño que Lucas había causado.

Lucas levantó la mirada.

—¿Qué significa eso?

Nathan respondió:

—Nada que tengas derecho a reclamar.

Margaret continuó.

—Isabella no entró en esta familia por dinero.

Miró a Lucas.

—Entró porque tu hermano la respetó cuando tú no lo hiciste.

Lucas permaneció en silencio.

Entonces ocurrió el último giro.

Nathan colocó otro documento sobre la mesa.

—Hay algo que Isabella todavía no sabe.

Lo miré.

—¿Qué?

—Tu padre me pidió ayuda hace tres años.

Me quedé inmóvil.

—¿Mi padre?

Nathan asintió.

—Tu familia estaba atravesando dificultades financieras.

Mi corazón se aceleró.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque tu padre me pidió que no interviniera directamente.

Lucas frunció el ceño.

—¿Y tú pagaste sus deudas?

Nathan negó.

—No.

Me miró.

—Compré la empresa.

Abrí los ojos.

—¿Qué?

—La empresa de tu padre estaba a punto de desaparecer. La compré a través de una sociedad independiente y dejé que él conservara el control operativo.

Lucas parecía desconcertado.

—¿Por qué harías eso?

Nathan respondió sin apartar los ojos de mí.

—Porque quería que Isabella pudiera construir su vida sin tener que volver con nadie por necesidad.

Sentí que las lágrimas comenzaban a aparecer.

—Nunca me dijiste.

—Porque no quería que sintieras que me debías algo.

Aquellas palabras me golpearon más profundamente que cualquier declaración romántica.

Durante años había pensado que el amor significaba que alguien te necesitaba.

Nathan me enseñó lo contrario.

El verdadero amor podía significar ayudarte sin convertir esa ayuda en una deuda.

Lucas permaneció sentado.

—Entonces ella nunca necesitó que yo regresara.

Nathan lo miró.

—No.

Yo respondí:

—Nunca.

Lucas se levantó lentamente.

Antes de salir, se detuvo frente a mí.

—Isabella.

Esperé.

—Espero que algún día puedas perdonarme.

Lo observé durante unos segundos.

—Ya te perdoné.

Su expresión cambió.

—¿De verdad?

—Sí.

Sonreí ligeramente.

—Pero perdonarte no significa que quiera volver a tenerte en mi vida.

Lucas asintió.

Esta vez no discutió.

Se fue.

Meses después, Nathan y yo viajamos a Boston para visitar a mi familia.

Caminamos por la misma calle donde cuatro años antes había regresado sola después de descubrir la traición de Lucas.

Me detuve frente al edificio.

Nathan tomó mi mano.

—¿Quieres irte?

Negué.

—No.

Miré hacia las ventanas.

—Quiero recordar quién era.

—¿Para qué?

Sonreí.

—Para saber cuánto he cambiado.

Nathan besó suavemente mi frente.

—Has cambiado mucho.

—¿Para bien?

—Para ti.

Eso era todo lo que necesitaba escuchar.

Porque cuatro años antes, Lucas me había dejado convencida de que haberme entregado a él había destruido mi valor.

Después regresó creyendo que todavía tenía algún derecho sobre mi futuro.

Pero se equivocó dos veces.

**La primera vez me perdió cuando decidió marcharse.

La segunda vez me perdió para siempre cuando descubrió que yo había aprendido a elegirme a mí misma.**

Y cuando Nathan entrelazó sus dedos con los míos mientras caminábamos hacia nuestro coche, comprendí que mi historia nunca había sido sobre el hombre que me abandonó.

Había sido sobre la mujer que, después de aquella noche, aprendió que no necesitaba que nadie volviera para sentirse elegida.

Porque finalmente había encontrado algo mucho mejor.

Había encontrado una vida que había elegido por sí misma.

Y un hombre que, desde el principio, nunca me pidió que esperara.

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