Mi mano seguía alrededor del cordón de las persianas cuando Liam volvió a hablar.
—No lo hagas.
No sonaba furioso.
Sonaba asustado.
Eso me hizo detenerme.
Durante cuatro días había tratado con un hombre que respondía a casi todo con amenazas, silencio o desprecio. Pero aquella voz era diferente.
—¿Por qué?
Liam apartó la mirada.
—Porque te lo estoy diciendo.
—Eso no es una razón.
—Aquí no necesitas razones. Solo necesitas obedecer.
Solté el cordón.
—Entonces dime qué estás escondiendo.
Sus ojos volvieron hacia mí.
—Nada.
—Mentira.
Se hizo un silencio pesado.
Después Liam cerró los ojos.
—Abre las persianas.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Hazlo.
Tiré lentamente del cordón.
La luz entró de golpe.
Liam se cubrió los ojos.
Esperé unos segundos hasta que sus pupilas se adaptaron.
Entonces vi algo que nunca había notado.
En la pared frente a la cama había una enorme fotografía familiar cubierta de polvo.
Una mujer joven.
Un niño de unos diez años.
Y un hombre con una expresión seria.
Liam miró la fotografía.
—Mi madre.
Me acerqué.
—¿Qué ocurrió?
—Murió aquí.
Mi respiración se detuvo.
—¿En esta habitación?
Asintió.
—Tenía una enfermedad pulmonar. Mi padre creía que la luz empeoraba su dolor, así que mantuvo las persianas cerradas durante semanas.
Miró hacia la ventana.
—Cuando murió, mi padre ordenó que nadie volviera a abrirlas.
—Y tú mantuviste la orden.
—No.
Su voz se quebró ligeramente.
—Yo la mantuve porque cada vez que entraba la luz recordaba que ella ya no estaba.
Comprendí entonces que las anteriores enfermeras no habían visto una simple habitación oscura.
Habían visto un hombre herido y habían intentado controlarlo.
Yo había encontrado otra cosa.
Un hombre aterrorizado de perder el último vínculo con su pasado.
Pero todavía había algo que no encajaba.
La lesión de Liam era demasiado seria para ser un simple accidente.
—¿Qué te pasó?
—No hagas preguntas.
—Ese era el trato.
—Exactamente.
—Entonces tengo una pregunta diferente.
Lo miré directamente.
—¿Quién quiere matarte?
Su expresión cambió.
—¿Por qué piensas que alguien quiere hacerlo?
—Porque llevo cuatro días cuidando tus heridas y ninguna coincide con la historia que me dio Leo.
Liam guardó silencio.
—Y porque ayer encontré sangre en una venda que no correspondía a ninguna de tus lesiones.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Dónde la encontraste?
—En el pasillo.
Por primera vez, pareció verdaderamente preocupado.
—¿Leo te vio?
—No.
Liam intentó incorporarse.
—Escúchame.
—No deberías moverte.
—Escúchame.
Me acerqué.
—¿Qué?
—No confíes en nadie de esta casa.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta.
Tres golpes.
Leo entró.
—¿Todo bien?
Liam volvió a adoptar su expresión fría.
—Perfectamente.
Leo me miró.
—¿La herida?
—Mejor.
—Entonces sal un momento. Necesito hablar con Liam.
No me moví.
—El paciente necesita descansar.
Leo sonrió.
—Es una orden.
—No eres médico.
Liam soltó una pequeña risa.
Fue la primera vez que lo escuché hacerlo.
Leo frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada —respondió Liam.
Leo se marchó.
Cuando la puerta se cerró, Liam me miró.
—Ahora entiendes por qué duraste más que las otras.
—No.
—Porque no obedeces.
—Y tú necesitas que alguien no lo haga.
Durante los dos días siguientes, la situación cambió.
Liam empezó a cooperar.
Tomaba sus medicamentos sin discutir.
Permitía que revisara sus heridas.
Incluso aceptó fisioterapia.
Pero mientras su cuerpo mejoraba, algo extraño ocurría en la casa.
Los hombres armados comenzaron a vigilarme.
Una noche encontré mi bolsa médica abierta.
No faltaba nada.
Solo había un pequeño papel dentro.
VETE ANTES DEL VIERNES.
Lo llevé directamente a Liam.
Su rostro se endureció.
—¿Quién lo encontró?
—Yo.
—No. Pregunto quién lo puso ahí.
—No lo sé.
Liam arrancó el papel de mi mano.
—A partir de ahora no sales de esta habitación sola.
—Eso no me tranquiliza.
—No intento tranquilizarte.
—Entonces dime la verdad.
Liam permaneció callado durante varios segundos.
—El viernes llegará un hombre llamado Victor Hale.

—¿Y?
—Es el socio de mi padre.
—¿Por qué importa?
—Porque cree que voy a morir.
Lo miré.
—¿Y tú?
—Creo que está intentando asegurarse de que ocurra.
Aquella noche llamé al hospital donde estaba Tommy.
Una enfermera me informó que el estado de mi hermano seguía estable.
No era una buena noticia.
Pero tampoco era mala.
Me aferré a eso.
El viernes se acercaba.
Y necesitaba el dinero.
A la mañana siguiente, Leo entró con un sobre.
—Tu pago.
Lo abrí.
Diez mil dólares.
Mi primera reacción fue de alivio.
La segunda, de sospecha.
—¿Por qué me pagan antes de terminar la semana?
Leo sonrió.
—Una bonificación.
Liam, desde la cama, habló inmediatamente.
—Sal de aquí, Leo.
El hombre se quedó quieto.
—Señor Mercer…
—Ahora.
Leo dejó el sobre y salió.
Esperé hasta que la puerta se cerró.
—¿Qué pasa?
Liam miró el dinero.
—Nunca doy bonificaciones.
—No entiendo.
—Porque ese dinero no es para ti.
—Entonces, ¿para quién?
Liam señaló el sobre.
—Para que desaparezcas antes de que llegue Victor.
Me quedé inmóvil.
—¿Quieres que me vaya?
—Quiero que sobrevivas.
—Pero necesito el dinero para mi hermano.
—Te pagaré el doble.
—No.
Liam frunció el ceño.
—¿No?
—No me iré mientras seas mi paciente.
—Podrían matarte.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que no puedan.
Aquello pareció sorprenderlo.
—¿Qué estás proponiendo?
—Que dejemos de fingir que esto es una relación normal entre paciente y enfermera.
Saqué mi libreta.
—Voy a revisar cada persona que entra aquí. Cada medicamento. Cada bandeja de comida. Cada cambio de vendaje.
—¿Y después?
—Después descubriremos quién está intentando matarte.
Liam sonrió débilmente.
—Ahora entiendo por qué te eligieron.
—¿Quién me eligió?
Su sonrisa desapareció.
—Eso es lo que todavía no sé.
La respuesta llegó esa misma tarde.
Encontré una carpeta escondida debajo de una tabla del armario.
Dentro había fotografías de las seis enfermeras anteriores.
Cada una tenía una nota.
Se fue.
No preguntó.
Se asustó.
Pero debajo de mi fotografía había una frase diferente.
Ella no se irá.
Miré a Liam.
—¿Quién escribió esto?
Él tomó la carpeta.
Su rostro se volvió completamente inexpresivo.
—Mi padre.
—Pero tu padre murió hace tres años.
—Exactamente.
Sentí un escalofrío.
—Entonces alguien está usando sus archivos.
Liam pasó las páginas.
—No.
—¿Qué?
Señaló una fotografía.
—Mi padre no escribió esto.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque esta firma no es suya.
Levantó la mirada.
—Es de Victor.
Todo encajó.
Victor no quería esperar a que Liam muriera.
Quería controlar la sucesión antes.
Y alguien dentro de la mansión estaba ayudándolo.
Entonces escuchamos un ruido afuera.
Pasos.
Muchos.
Liam tomó mi brazo.
—Apaga la luz.
—¿Otra vez?
—Ahora.
Apagué la lámpara.
Los pasos se detuvieron frente a la puerta.
Una voz dijo:
—Señor Mercer, necesitamos hablar.
Liam permaneció inmóvil.
La puerta se abrió.
Pero no era Leo.
Era Victor Hale.
Un hombre elegante, de cabello plateado y sonrisa tranquila.
—Liam —dijo—. Me alegra verte despierto.
Liam no respondió.
Victor miró hacia mí.
—Y tú debes ser la nueva enfermera.
—Así es.
Victor sonrió.
—Las otras no duraron.
—Yo soy difícil de despedir.
Su sonrisa se hizo más fría.
—Eso veremos.
Se acercó a la cama.
—Liam, vengo a ofrecerte un acuerdo.
—No quiero nada de ti.
—Entonces será una lástima.
Victor dejó un documento sobre la mesa.
—Si firmas esto, conservarás la vida y yo dirigiré la organización hasta que estés recuperado.
Liam soltó una risa seca.
—¿Y si no firmo?
Victor miró hacia mí.
—Entonces quizá tu enfermera tenga que buscar otro paciente.
Sentí que el miedo recorría mi espalda.
Pero no retrocedí.
—¿Eso fue una amenaza?
Victor me miró.
—Fue un consejo.
Liam tomó el documento.
Lo leyó.
Después lo rompió lentamente.
Victor dejó de sonreír.
—Te arrepentirás.
—Probablemente.
Victor salió.
Esperamos hasta que sus pasos desaparecieron.
Entonces Liam me miró.
—Ahora sabes por qué nadie toca las persianas.
—No.
Señalé la ventana.
—Sé por qué nadie se atrevía a mirar.
Abrí completamente las persianas.
La luz del atardecer inundó la habitación.
Y entonces vimos algo escrito en el cristal exterior.
Tres palabras.
NO ESTÁS SOLO.
Liam se levantó como pudo.
—Eso no estaba ahí.
Me acerqué a la ventana.
Había una cámara diminuta colocada entre las ramas de un árbol.
Alguien nos estaba observando.
Pero había algo todavía más extraño.
La cámara no apuntaba hacia Liam.
Apuntaba hacia mí.
Mi teléfono estaba prohibido dentro de la mansión.
Pero yo había memorizado un número antes de llegar.
El del hospital de Tommy.
Y ahora necesitaba usarlo.
Miré a Liam.
—¿Puedes confiar en mí?
—No.
Asentí.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque yo tampoco confío en ti.
Por primera vez, sonrió.
—Entonces quizá tengamos una oportunidad.
Esa noche descubrimos que el mensaje no había sido una amenaza.
Había sido una advertencia.
Y quienquiera que hubiera colocado la cámara quería que yo encontrara algo.
A las tres de la madrugada, escondida en el pasillo, encontré una segunda puerta detrás de una estantería.
Dentro había docenas de documentos.
Transferencias.
Fotografías.
Grabaciones.
Y una carpeta con el nombre de Tommy.
Mi sangre se heló.
La abrí.
En la primera página aparecía el diagnóstico de mi hermano.
En la segunda, una autorización para financiar su tratamiento experimental.
Y en la tercera, una firma.
La de Liam Mercer.
Debajo había una nota:
“Págale diez mil dólares a la semana. Ella aceptará cualquier condición para salvar a su hermano.”
Me quedé inmóvil.
No había sido una llamada anónima.
Liam me había contratado.
Pero cuando volví a su habitación, encontré su cama vacía.
Sobre la almohada había una sola nota.
“Ahora sabes por qué te elegí. Pero todavía no sabes quién me pidió que lo hiciera.”
Y entonces escuché un disparo en algún lugar de la mansión.
Corrí hacia el sonido.
No para escapar.
Sino porque, por primera vez desde que llegué, sabía exactamente a quién estaba intentando salvar.