PARTE 2: CANCELÉ LA BODA LA NOCHE ANTERIOR, DESAPARECÍ DURANTE TRES DÍAS Y CUANDO GABRIEL DESCUBRIÓ LA VERDAD YA ERA DEMASIADO TARDE

A las ocho de la mañana, Gabriel entró en la sala con una expresión tranquila.

—Sofía, ¿a qué hora salimos al registro civil?

Levanté la mirada de mi café.

—No vamos.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Cancelé la cita anoche.

Su rostro cambió lentamente.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Gabriel soltó una risa breve.

—No empieces con dramas por una tontería.

—No es por el nombre de un contacto.

Dejé la taza sobre la mesa.

—Es por todo lo que ese nombre representa.

—Sofía…

—Durante cinco años me pediste que entendiera. Que esperara. Que no exagerara. Que no hiciera escenas.

Lo miré directamente.

—Esta vez entendí.

Gabriel permaneció en silencio.

Entonces Camila apareció en el pasillo.

Llevaba una de mis batas.

—Gabi, ¿qué pasa?

Él giró hacia ella.

—Sofía canceló nuestra boda.

Camila abrió los ojos.

—¿Por mí?

—No —respondí—. Por mí.

Tomé mi teléfono.

—La plaza de restauración en Santa Lucía sigue disponible. Me voy en tres días.

Gabriel palideció.

—¿Qué plaza?

—Una oportunidad que rechacé hace cinco años porque tú querías que me quedara.

—Pensé que era un proyecto temporal.

—Yo también.

Guardé mis cosas.

—Hasta que entendí que no estaba sacrificando unos meses. Estaba sacrificando mi vida.

Gabriel me siguió hasta el dormitorio.

—No puedes simplemente abandonar cinco años juntos.

Me detuve.

—Tú llevas cinco años abandonándome poco a poco.

No tuvo respuesta.

A las diez, apareció su madre.

Había preparado una celebración para después del registro civil.

Cuando Gabriel le explicó que no habría boda, ella me miró como si hubiera cometido un crimen.

—¿Por una discusión?

—No.

—¿Por Camila?

—Tampoco.

—Entonces, ¿por qué?

Respiré profundamente.

—Porque descubrí que el hombre con quien iba a casarme me considera una molestia.

Su rostro cambió.

Gabriel intervino.

—Fue una tontería.

—Puede ser una tontería para ti.

Lo miré.

—Pero fue suficiente para mostrarme cómo me ves cuando crees que no estoy mirando.

Me fui antes de que pudieran responder.

Durante los tres días siguientes no hubo reconciliación.

Hubo llamadas.

Decenas.

No contesté.

Gabriel apareció dos veces en mi apartamento.

La segunda vez llevaba flores.

—Podemos empezar de nuevo.

—No.

—Te amo.

—Quizá.

Tomé las flores y las dejé sobre la mesa.

—Pero yo ya no quiero una vida donde tenga que competir por la atención de mi propio prometido.

Entonces llegó el primer giro.

La noche antes de mi vuelo, recibí un mensaje de Camila.

Necesito hablar contigo. No es lo que crees.

Acepté.

Nos encontramos en el mismo café donde Gabriel y yo habíamos celebrado nuestro quinto aniversario.

Camila llegó sola.

Dejó un sobre sobre la mesa.

—No quiero estar con él.

La miré sorprendida.

—¿Entonces qué quieres?

—Que sepas la verdad.

Dentro había capturas de pantalla.

Gabriel llevaba meses prometiéndole cosas.

Un apartamento.

Viajes.

Incluso una vida juntos.

Pero había algo que no sabía.

—Me dijo que ustedes estaban prácticamente separados —explicó Camila—. Que solo esperaba el momento adecuado para terminar.

Sentí una tristeza extraña.

No por él.

Por la cantidad de mentiras que había construido alrededor de nuestras vidas.

—¿Por qué me muestras esto?

Camila bajó la mirada.

—Porque anoche descubrí que también me tenía guardada con otro nombre.

Levantó su teléfono.

En la pantalla aparecía su contacto.

No decía “Mi pequeña reina”.

Decía:

“Problema”.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

—Parece que tiene una lista bastante amplia.

Camila soltó una risa amarga.

—Eso pensé.

Pero todavía había algo más.

—Hay otra cosa.

Me mostró un correo.

Gabriel había estado utilizando dinero reservado para nuestra futura boda para pagarle el alquiler y varios gastos personales.

No era una fortuna.

Pero demostraba algo importante.

No solo me había mentido emocionalmente.

También había utilizado dinero que habíamos separado juntos.

—Gracias por decírmelo.

Camila negó con la cabeza.

—No me des las gracias. Solo no quería que te fueras pensando que él era la víctima.

Al día siguiente tomé el vuelo.

No me despedí de Gabriel.

No porque quisiera castigarlo.

Porque sabía que si lo veía una última vez intentaría convencerme.

Y yo ya había decidido.

Santa Lucía era diferente a todo lo que había imaginado.

El proyecto de restauración ocupaba una antigua propiedad colonial que necesitaba años de trabajo.

Por primera vez en mucho tiempo, nadie esperaba que yo cuidara de otra persona.

Mis días comenzaron temprano.

Pintura.

Restauración.

Planos.

Clases.

Y noches tranquilas.

A las pocas semanas, recibí una llamada.

Era Gabriel.

Contesté.

—Sofía.

—Hola.

Su voz sonaba distinta.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Tu apartamento sigue vacío.

—Ya no es mío emocionalmente.

Hubo silencio.

—Camila se fue.

No respondí.

—Terminó conmigo.

—Lo siento.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

Respiró profundamente.

—Que volvieras.

Cerré los ojos.

—Gabriel, durante cinco años esperé que me eligieras sin tener que pedírtelo.

Pausa.

—Ahora me elegí a mí.

Él guardó silencio.

Entonces dijo:

—Te puse “Molestia” porque estaba enojado contigo aquella noche.

—No.

Miré por la ventana.

—Me pusiste así porque era más fácil reducirme a una palabra que reconocer todo lo que yo hacía por ti.

No volvió a discutir.

Meses después, recibí una carta.

No pedía que regresara.

No contenía promesas.

Solo decía:

Por primera vez entiendo cuánto dependía de ti para que mi vida pareciera funcionar.

La guardé.

No porque quisiera volver.

Sino porque quizá aquella era la primera verdad que Gabriel había dicho en años.

Pasó un año.

El proyecto en Santa Lucía terminó convirtiéndose en un programa permanente.

Me ofrecieron dirigir un nuevo equipo.

Acepté.

Una tarde, mientras caminaba por un edificio restaurado, recibí una notificación.

Un número desconocido.

Era Gabriel.

Solo decía:

Espero que seas feliz.

Miré el mensaje durante unos segundos.

Luego respondí:

Lo soy.

Y borré la conversación.

No sentí rabia.

No sentí triunfo.

Solo paz.

Porque aquella noche, cuando descubrí que mi prometido me había guardado como “Molestia”, pensé que esas dos palabras definían lo que yo significaba para él.

Ahora sabía algo mucho más importante.

**Nunca fui una molestia.

Solo estaba intentando construir una vida junto a alguien que nunca entendió mi valor.**

Y cuando cancelé aquella boda, no perdí cinco años.

Recuperé todos los años que todavía me quedaban.

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