—Yo te compro uno.
Lo miré durante varios segundos.
—¿Eso es una orden médica?
—No.
—¿Entonces?
Ethan apartó la mirada.
—Una preferencia personal.
Sonreí.
—Qué curioso. Pensé que no tenía preferencias personales.
Sus ojos se estrecharon.
—Nora.
—Está bien, profesor Cole.
Salí de su despacho antes de que pudiera responder.
Pero cuando llegué al pasillo, descubrí algo inesperado.
Ethan salió detrás de mí.
Caminó directamente hacia la cafetería.
—¿Qué haces?
—Comprar el té.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo dije.
Cinco minutos después regresó con dos vasos.
Me entregó uno.
—Sin azúcar. Té negro con leche de avena.
Lo miré sorprendida.
—¿Cómo sabes exactamente cuál me gusta?
—Lo mencionaste.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
Recordé aquella conversación.
Había sido durante una cena.
Yo había hablado mientras él parecía concentrado en su teléfono.
—¿Estabas escuchando?
—Siempre escucho.
Aquella frase cambió algo dentro de mí.
Durante las siguientes semanas empecé a observarlo con más atención.
Ethan seguía siendo distante frente a sus colegas.
En casa, sin embargo, empezaron a aparecer pequeños detalles.
Una mañana encontré un paraguas junto a la puerta.
—Va a llover —dijo.
—¿Y?
—Lo necesitarás.
—¿Y tú?
—Tengo uno en el coche.
Era mentira.
Lo descubrí esa misma tarde cuando lo vi llegar completamente empapado.
—Ethan.
—¿Qué?
—Me diste tu paraguas.
—No.
—Estás mojado.
—Soy médico. No me afecta el agua.
Me reí.
Por primera vez, él también sonrió.
Solo un segundo.
Pero lo vi.
Entonces llegó el problema.
Una semana después, el hospital anunció una conferencia internacional de neurocirugía.
Lucas Bennett fue elegido para acompañarme en la presentación de mi investigación.
Cuando Ethan escuchó la noticia, no dijo nada.
Pero esa noche cocinó una cena demasiado picante.
—Esto está incomible —dije después del primer bocado.
—Lo siento.
—¿Estás molesto?
—No.
—¿Por Lucas?
Silencio.
—Ethan.
Dejó los palillos.
—No me gusta cómo te mira.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Y cómo me mira?
—Como si estuviera esperando una oportunidad.
Sonreí.
—¿Y tú qué estás esperando?
Ethan levantó los ojos.
—Que dejes de llamarme profesor cuando estamos solos.
Aquella respuesta me dejó sin palabras.
Me acerqué.
—Entonces dime cómo quieres que te llame.
Él tardó varios segundos en responder.
—Ethan.
—Está bien, Ethan.
Su expresión se suavizó.
—Otra vez.
—Ethan.
Esta vez sonrió.
Pero la felicidad duró poco.
Al día siguiente, comenzaron los rumores.
Alguien había visto mi anillo.
Alguien más había notado que Ethan siempre aparecía cuando Lucas estaba cerca.
En pocas horas, todo el departamento hablaba de nosotros.
Finalmente, el decano llamó a Ethan.
—Profesor Cole, necesito saber si está casado.
Ethan guardó silencio.
Después respondió:
—Sí.
El rumor explotó.
Esa misma tarde me llamaron a la oficina administrativa.
—Nora, ¿por qué nunca informó que está casada con el jefe del departamento?
—Porque nuestro matrimonio es personal.
El decano suspiró.
—No existe ningún problema mientras no haya conflicto de intereses. Pero necesitamos transparencia.
Cuando salí, Ethan estaba esperando en el pasillo.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Estás enojada conmigo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque por primera vez no fingiste no conocerme.
Sus ojos se suavizaron.
—Nunca quise fingir contigo.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Ethan respiró profundamente.
—Porque tenía miedo.
Aquella palabra me sorprendió.

—¿Tú?
Asintió.
—Antes de conocerte, estaba acostumbrado a perder personas.
—¿Qué pasó?
—Mi madre murió cuando yo era joven. Después mi padre. Aprendí a mantener distancia de todo lo que pudiera dolerme.
Me tomó la mano.
—Cuando apareciste tú, no supe qué hacer.
—Podrías haberlo dicho.
—Lo sé.
Sonreí.
—Eres un neurocirujano brillante y pésimo esposo.
—Estoy mejorando.
—Un poco.
Entonces escuchamos una voz detrás.
—Nora.
Era Lucas.
Nos miró y comprendió inmediatamente.
—Así que era cierto.
Yo asentí.
—Sí.
Lucas sonrió.
—Me alegro por ti.
Ethan extendió una mano.
—Gracias.
Lucas la estrechó.
—Cuídala.
Ethan respondió sin dudar:
—Eso intento.
Un mes después llegó el día de mi defensa doctoral.
El auditorio estaba lleno.
Yo estaba nerviosa.
Ethan permanecía sentado al fondo.
No quería robarme protagonismo.
Cuando terminé la presentación, el jurado anunció que había aprobado mi investigación.
Todos aplaudieron.
Busqué a Ethan.
Él estaba de pie.
Aplaudiendo más fuerte que nadie.
Después se acercó.
—Doctora Evans.
—Profesor Cole.
—¿Puedo invitarte a tomar un té?
—¿Otro?
—Esta vez no es por celos.
—¿Seguro?
—No.
Me reí.
—Entonces sí.
Salimos juntos del edificio.
Por primera vez caminamos por el hospital sin fingir que éramos desconocidos.
Ethan tomó mi mano.
—Nora.
—¿Sí?
—Quiero cambiar una cosa.
—¿Cuál?
—Nuestro matrimonio empezó como un acuerdo entre familias.
Hizo una pausa.
—Quiero que ahora sea una elección.
Me miró directamente.
—¿Te casarías conmigo otra vez?
Sonreí.
—Ya estamos casados.
—Entonces déjame hacerlo bien.
Tres meses después, celebramos una pequeña ceremonia.
Sin secretos.
Sin apellidos escondidos.
Sin fingir indiferencia.
Después de los votos, Ethan me entregó un vaso de té con leche.
—¿En serio?
—Es tradición.
Lo tomé.
—Sin azúcar.
—Exactamente como te gusta.
Lo miré.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi?
—¿Qué?
—Que eras el hombre más frío del hospital.
—Y ahora?
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Ahora sé que solo eras frío con el resto del mundo.
Ethan sonrió.
—Contigo nunca supe cómo hacerlo.
Y aquella fue la verdad más dulce de nuestro matrimonio.
El hospital entero pensaba que el doctor Cole no se acercaba a ninguna mujer.
Lo que nadie sabía era que, cada noche, aquel hombre aparentemente incapaz de sentir emociones esperaba en casa a la única mujer a la que había elegido amar.