PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS TEMÍAN DECIDIÓ PROTEGERNOS

—¿Ella y el bebé vendrán conmigo?

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—No —respondí inmediatamente—. No necesito su protección.

Ethan me observó unos segundos.

—No estaba preguntando.

Su tono no fue amenazante.

Eso fue precisamente lo que me asustó más.

—¿Por qué quiere llevarnos con usted?

Ethan miró a Sophie, que dormía tranquilamente contra mi pecho.

—Porque alguien está esperando que llegues a Chicago.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Uno de sus hombres se acercó y le susurró algo al oído.

Ethan levantó la mirada.

—Significa que tu hermana no fue la única razón por la que compraste ese boleto.

Sentí un escalofrío.

—No entiendo.

—Lo sé.

Tomó su teléfono y me mostró una fotografía.

Era una captura del sistema de reservas del aeropuerto.

Mi nombre aparecía en la pantalla.

Rachel Morales.

Vuelo nocturno a Chicago.

Asiento 24B.

Y debajo había una segunda línea que me hizo palidecer.

“Confirmar llegada.”

—¿Quién hizo eso? —pregunté.

—Todavía no lo sé.

—Entonces, ¿cómo sabe que estoy en peligro?

Ethan guardó el teléfono.

—Porque alguien lleva tres días preguntando por ti.

Sentí que Sophie se movía entre mis brazos.

—¿Por qué?

Ethan me miró directamente.

—Eso es exactamente lo que voy a averiguar.


Cuando aterrizamos, no salimos por la terminal principal.

Un vehículo negro nos esperaba junto a la pista.

Yo apreté a Sophie contra mi pecho.

—No quiero entrar en ese coche.

Ethan abrió la puerta.

—Entonces puedes caminar hasta el aeropuerto.

Miré alrededor.

Había hombres de traje por todas partes.

No parecían policías.

Tampoco parecían simples guardaespaldas.

Parecían personas acostumbradas a controlar situaciones antes de que se convirtieran en problemas.

Entré.

Ethan se sentó frente a mí.

Durante varios minutos nadie habló.

Finalmente pregunté:

—¿De verdad es usted Ethan Callahan?

Él arqueó una ceja.

—Depende de quién pregunte.

—La gente dice que usted controla medio Chicago.

—La gente habla demasiado.

—También dicen cosas peores.

—La mayoría no son ciertas.

—¿Y cuáles sí?

Ethan sonrió ligeramente.

—Las que hacen que la gente baje la voz cuando digo mi nombre.

No supe qué responder.

Entonces mi teléfono vibró.

Era mi hermana.

“Rachel, ¿dónde estás? Te estamos esperando.”

Contesté.

—Estoy llegando.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Llegando con quién?

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. Olvídalo.

La llamada terminó.

Miré a Ethan.

Él ya me estaba observando.

—¿Qué?

—Tu hermana sabe que vienes acompañada.

Sentí un nudo en el estómago.

—Ella sabía que viajaba sola.

Ethan asintió lentamente.

—Exactamente.


No fuimos al hotel.

Ethan nos llevó a una casa enorme situada lejos del centro.

Cuando entramos, una mujer mayor tomó a Sophie con cuidado mientras yo cambiaba su pañal.

Por primera vez en casi dos días pude sentarme sin sentir que tenía que correr.

Ethan apareció con una taza de café.

—Bebe.

—Gracias.

Me quedé mirando la taza.

—¿Por qué está haciendo todo esto?

—Porque alguien te está buscando.

—¿Y por qué le importa?

Ethan se quedó en silencio.

Después dijo:

—Porque hace seis meses alguien intentó utilizar a una mujer y a su bebé para llegar hasta mí.

Levanté la mirada.

—¿Qué pasó?

—La mujer desapareció.

—¿Y el bebé?

Su expresión cambió.

—Nunca lo encontraron.

Sentí un frío profundo.

—Lo siento.

—Yo también.

Ethan dejó la taza sobre la mesa.

—Desde entonces no permito que nadie utilice a una madre o a un niño como herramienta.

Lo observé.

El hombre al que todos llamaban monstruo acababa de hablarme de un bebé con una tristeza que no parecía fingida.


A la mañana siguiente, Ethan recibió una llamada.

Su expresión cambió.

—Encontramos al hombre.

—¿Quién?

—El que compró la información de tu vuelo.

Me levanté.

—¿Quién es?

Ethan tardó unos segundos en responder.

—Tu cuñado.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Eso es imposible.

—Se llama Daniel Morales.

—Es el esposo de mi hermana.

—Lo sé.

Me enseñó una fotografía.

Daniel entrando en un estacionamiento.

Detrás de él había otro hombre.

—¿Quién es?

—Un investigador privado.

—¿Por qué mi cuñado me estaría buscando?

Ethan colocó otra fotografía sobre la mesa.

Era una copia de un documento.

Mi nombre estaba escrito arriba.

Debajo aparecía una cifra.

480.000 dólares.

—¿Qué es eso?

—Un seguro de vida.

Mi corazón se detuvo.

—¿Mío?

Ethan asintió.

—Y el beneficiario es tu hermana.

No podía respirar.

—Yo nunca firmé eso.

—Lo sé.

—Entonces alguien falsificó mi firma.

—Sí.

Me quedé mirando el documento.

Todo comenzó a encajar.

El viaje.

La boda.

La insistencia de mi hermana en que asistiera.

El mensaje extraño.

Y ahora aquello.

No querían que yo llegara a Chicago.

Querían que pareciera que había desaparecido.


—Tenemos que ir a la policía —dije.

Ethan asintió.

—Sí.

Me sorprendió.

—¿Sí?

—No voy a resolver esto de la manera que imaginas.

Me miró seriamente.

—Hay cosas que puedo hacer y cosas que no debo hacer.

—¿Y qué va a hacer?

—Voy a asegurarme de que nadie vuelva a acercarse a ti ni a Sophie.


Horas después llegamos a la iglesia donde se celebraría la boda.

Mi hermana salió corriendo hacia mí.

—¡Rachel!

Intentó abrazarme.

Yo retrocedí.

Ella miró a Ethan.

Su rostro perdió el color.

—¿Quién es él?

Ethan respondió antes que yo.

—Alguien que sabe lo que hicieron.

Mi hermana miró a Daniel.

Él estaba completamente pálido.

—Rachel, tienes que escucharme.

—No.

Levanté el documento.

—Ahora tú vas a escucharme.

La música de la boda se había detenido.

Todos miraban.

—¿Por qué existe un seguro de vida a mi nombre que yo nunca firmé?

Daniel no respondió.

Mi hermana comenzó a llorar.

—Rachel, no queríamos hacerte daño.

Sentí que el corazón se me rompía.

—Entonces, ¿qué querían hacer?

Ella bajó la cabeza.

—Solo necesitábamos el dinero.

Ethan dio un paso adelante.

—Y para conseguirlo necesitaban que ella desapareciera.

Daniel finalmente habló.

—No era así.

—Entonces explícalo —dije.

Silencio.

No pudo.


La policía llegó minutos después.

El investigador privado confesó que había recibido dinero para falsificar documentos y seguir mis movimientos.

También confirmó algo más.

Daniel había comprado la información del vuelo.

Mi hermana había proporcionado mis datos personales.

El plan era hacer parecer que yo había abandonado voluntariamente todo contacto después de llegar a Chicago.

Pero había un problema.

Ethan había intervenido.

Y ahora existían pruebas.

Daniel y mi hermana fueron detenidos para responder por fraude y conspiración.

Yo me quedé frente a la iglesia con Sophie en brazos.

No lloré.

Había llorado demasiado durante los últimos meses.

Ethan se acercó.

—¿Estás bien?

Miré a mi hija.

—No sé.

Él asintió.

—Es una respuesta honesta.

—Pensé que venía a Chicago para arreglar mi relación con mi hermana.

—Y terminaste descubriendo quién era realmente.

Lo miré.

—¿Por qué me ayudaste desde el avión?

Ethan tardó en contestar.

—Porque cuando todos estaban molestos con tu hija por llorar, tú seguías intentando consolarla.

—¿Eso fue suficiente?

—Para mí sí.

Sonreí débilmente.

—Todo Chicago le tiene miedo.

Ethan miró a Sophie.

—Ella no.

Sophie abrió los ojos y estiró una pequeña mano hacia él.

Ethan sonrió.

Fue la primera vez que lo vi hacerlo.

De verdad.


Dos meses después, regresé a Los Ángeles.

Encontré un trabajo mejor.

Conseguí un pequeño apartamento.

Y, por primera vez, pude pagar el alquiler sin preguntarme si tendría suficiente para comprar fórmula.

Una tarde recibí una caja.

Dentro había un sobre.

Lo abrí.

Había una fotografía.

Ethan sosteniendo a Sophie en el avión.

En la parte posterior solo había una frase:

“Algunas personas entran en tu vida para salvarte. Otras para recordarte que todavía puedes confiar.”

Sonreí.

No sabía qué sería Ethan Callahan para mí en el futuro.

Pero sí sabía una cosa.

Aquella noche, en un avión lleno de desconocidos, cuando todos me hicieron sentir como una mala madre, el hombre más temido de Chicago fue el único que vio la verdad.

Yo no necesitaba que alguien me salvara.

Solo necesitaba que alguien recordara que estaba haciendo todo lo posible.

Y Ethan Callahan lo hizo.

Mientras Sophie dormía sobre mi pecho, la besé en la frente.

—Mami está aquí, cariño.

Y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de lo que vendría después.

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