PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS TEMÍAN Y QUE MI HIJA NO TEMIÓ

Me quedé mirándolo.

—¿Con usted?

Ethan no apartó los ojos de los míos.

—Sí.

—No puedo ir con un desconocido.

Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.

—Hace cuatro horas me entregaste a tu hija porque estabas demasiado cansada para sostenerla.

Me quedé callada.

Tenía razón.

—No voy a hacerte daño, Rachel.

¿Cómo sabía mi nombre?

Antes de que pudiera preguntar, uno de sus hombres se acercó.

—Señor, tenemos un problema.

Ethan cambió inmediatamente.

—Habla.

—Dos hombres están esperando en la terminal privada. No pertenecen al equipo del aeropuerto.

Ethan miró hacia la ventana.

—¿Los identificaron?

—No.

Su expresión se volvió fría.

—Entonces nadie baja del avión.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Qué está pasando?

Ethan me miró.

—Alguien sabía que estaría en este vuelo.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

—Todavía no lo sé.

Entonces Sophie comenzó a llorar.

Ethan extendió los brazos.

—Dámela.

Dudé.

Después se la entregué.

En cuanto la tomó, mi hija dejó de llorar.

Los dos guardaespaldas intercambiaron una mirada.

Yo también.

—¿Cómo hiciste eso?

Ethan miró a Sophie.

—No lo sé.

Por primera vez parecía sinceramente confundido.


Quince minutos después, el avión aterrizó en una zona privada.

Pero no bajamos.

Ethan recibió una llamada.

—¿Sí?

Escuchó durante unos segundos.

—¿Estás seguro?

Su mandíbula se tensó.

—Quiero el nombre.

Silencio.

—Ahora.

Colgó.

Lo miré.

—¿Quién era?

—Mi hermano.

—¿Y qué dijo?

Ethan guardó el teléfono.

—Que alguien pagó a esos hombres para interceptarme.

—¿Por qué?

—Porque mañana tengo una reunión importante.

—Entonces yo no debería estar aquí.

Intenté levantarme.

Ethan me detuvo con una mirada.

—Precisamente por eso debes quedarte.

—No entiendo.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—Alguien sabía que yo viajaría solo.

Miró a Sophie.

—Pero ahora saben que no estoy solo.


En una habitación privada del aeropuerto, una mujer esperaba.

Cuando Ethan entró, ella se puso de pie.

—Ethan.

—Mara.

Era su hermana menor.

Me miró.

Después miró a Sophie.

—¿Quién es ella?

—Rachel.

Mara sonrió.

—¿Tu nueva pareja?

—No.

—Entonces, ¿por qué la trajiste?

Ethan respondió:

—Porque alguien intentó utilizar mi vuelo para acercarse a mí.

Mara frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Entonces uno de los guardias entró con un teléfono.

—Señor, encontramos esto.

Era una fotografía.

Mi fotografía.

Yo aparecía entrando en LAX con Sophie.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Quién tomó eso?

—Todavía no sabemos.

Ethan miró la imagen.

Después me miró.

—Rachel, ¿alguien te ha seguido recientemente?

Negué.

—No.

—¿Alguien te ha preguntado por Sophie?

—No.

Entonces recordé algo.

—Un hombre.

Todos se quedaron quietos.

—¿Qué hombre?

—En el restaurante donde trabajo.

Ethan se acercó.

—¿Qué hizo?

—Me preguntó si viajaba a Chicago.

Ethan intercambió una mirada con su hermano.

—¿Cuándo?

—Hace una semana.

El silencio cambió de inmediato.


Dos horas después, descubrieron quién era.

El hombre trabajaba para una empresa de seguridad privada.

Pero no estaba allí por Ethan.

Estaba allí por mí.

Habían investigado mis movimientos porque alguien buscaba información sobre el padre de Sophie.

Ethan me miró.

—¿Quién es el padre?

Bajé la mirada.

—No lo sé.

Él frunció el ceño.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Desapareció antes de que Sophie naciera.

Ethan permaneció callado.

Entonces su hermano entró.

—Tenemos resultados.

Dejó un expediente sobre la mesa.

—El hombre que buscaban estaba relacionado con una organización que desapareció hace seis años.

Ethan abrió el archivo.

Su expresión cambió.

—No puede ser.

—¿Qué?

Me mostró una fotografía.

Era un hombre que yo había visto una sola vez.

El padre de Sophie.

Sentí que las piernas me temblaban.

—Está vivo.

Ethan asintió.

—Y acaba de regresar a Chicago.


Aquella noche, Ethan me llevó a una residencia protegida.

No a una mansión.

No a un lugar lujoso.

A una casa tranquila donde nadie pudiera encontrarnos fácilmente.

—Puedes quedarte aquí con Sophie —dijo.

—¿Y tú?

—Voy a solucionar esto.

—No.

Lo miré.

—Ya estoy involucrada.

Ethan permaneció en silencio.

—Quiero saber por qué.

Él respiró profundamente.

—Porque alguien está intentando llegar hasta ti para llegar hasta él.

—¿Y por qué me ayudas?

Ethan miró a Sophie, que dormía en mis brazos.

—Porque cuando todos estaban molestos por su llanto, tú seguías intentando protegerla.

Bajó la voz.

—Y porque hace mucho tiempo alguien hizo lo mismo por mí.


A la mañana siguiente, Ethan regresó.

No estaba herido.

Pero llevaba una expresión diferente.

—Lo encontré.

—¿Al padre de Sophie?

Asintió.

—Está en Chicago.

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué quiere?

Ethan me miró.

—No quiere a Sophie.

Sentí alivio.

Hasta que añadió:

—Quiere protegerla.

—¿De quién?

Ethan dejó una carpeta sobre la mesa.

Dentro había documentos.

Fotografías.

Nombres.

Y una partida de nacimiento.

Me quedé inmóvil.

El nombre del padre aparecía claramente.

Pero debajo había otra información.

Sophie no era solamente su hija.

Su nacimiento estaba relacionado con una disputa familiar que había comenzado años atrás.

Ethan cerró la carpeta.

—Rachel, necesito que confíes en mí.

Lo miré.

—No confío fácilmente.

Sonrió.

—Eso es bueno.

Se acercó a Sophie y le acomodó suavemente la manta.

—Pero mientras estés conmigo, nadie volverá a hacerte sentir que tú y tu hija son una molestia.

Lo miré.

El hombre que Chicago temía acababa de prometerme seguridad.

Pero yo todavía no sabía que, antes de terminar aquella semana, Ethan Callahan tendría que elegir entre proteger su imperio…

o proteger a la pequeña niña que había conseguido dormir en sus brazos durante un vuelo nocturno.

Y por primera vez, su elección no tendría nada que ver con dinero ni poder.

Tendría que ver con familia.

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