Samuel llegó veinte minutos después.
No vino solo.
Dos abogados lo acompañaban y detrás de ellos apareció un equipo de mudanza.
Jason abrió la puerta con una expresión de fastidio.
—¿Quiénes son ustedes?
Samuel entró tranquilamente.
—Personas que vienen a recoger las pertenencias de Sofia.
Jason soltó una carcajada.
—¿Y tú quién eres?
Samuel lo miró.
—Samuel Grant.
La sonrisa desapareció del rostro de Jason.
—¿El vicepresidente del Grupo Suárez?
—El mismo.
Jason miró hacia mí.
—¿Lo conoces?
—Desde hace mucho tiempo.
Samuel se volvió hacia él.
—Y hay algo que deberías saber. Esta casa no es tuya.
Jason frunció el ceño.
—El contrato está a mi nombre.
Uno de los abogados abrió una carpeta.
—El contrato de arrendamiento fue pagado mediante una sociedad perteneciente a Sofia.
Jason se quedó inmóvil.
—Eso no puede ser.
—Puede comprobarlo.
Samuel continuó:
—El automóvil que utilizas también está registrado a nombre de esa sociedad. Los muebles principales fueron comprados con fondos de Sofia. Incluso los depósitos que utilizaste para cubrir tus gastos durante los últimos tres años procedían de una cuenta que ella controlaba.
Jason me miró.
—¿Qué significa esto?
Lo miré con calma.
—Que tenías razón en una cosa.
—¿Cuál?
—Nunca te traté mal.
Hice una pausa.
—Porque todo lo que llamabas tuyo era algo que yo decidía mantener mientras estuviéramos juntos.
Su rostro perdió el color.
Jason comenzó a negar todo.
—¡Eso no demuestra que ella sea rica!
Samuel respondió:
—Nunca dije que fuera rica.
Lo miró directamente.
—Dije que es accionista mayoritaria de Grant Holdings.
Jason dejó de respirar.
—¿Grant Holdings?
Asentí.
—La empresa familiar.
—Pero tú me dijiste que trabajabas en una oficina.
—Trabajo allí.
—¡Me dijiste que ganabas cinco mil al mes!
—Era mi salario.
Jason retrocedió.
—Entonces… ¿por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería saber si me amabas a mí o a lo que podía darte.
El silencio fue absoluto.
Jason se acercó.
—Sofia, escucha.
—Ya escuché suficiente esta noche.
—Lo de Bianca fue un error.
—No.
Negué.
—Bianca no fue el problema.
—¿Entonces qué fue?
—Tu forma de mirarme cuando pensaste que no tenía dinero.
Sus ojos se llenaron de desesperación.
—Puedo explicarlo.
—No necesitas hacerlo.
—¡Te amo!
Samuel permaneció en silencio.
Yo respiré profundamente.
—Si me hubieras amado, no habrías esperado hasta conseguir un ascenso para decidir que yo ya no era suficiente.
Jason cayó de rodillas.
—Por favor.
Lo miré.
La misma persona que una hora antes me había arrojado una maleta al pasillo ahora estaba suplicando que no me fuera.
Pero ya no sentía nada.
Entonces apareció Bianca.
Llegó furiosa.
—Jason, ¿por qué no contestas?
Al entrar vio a Samuel.
Se quedó congelada.
—Tío…
Samuel la miró.
—Bianca.
Ella observó a Jason.
—¿Qué está pasando?
Jason no respondió.
Yo sí.
—Tu conversación con él fue muy clara.
Bianca palideció.
—Sofia…
—No te preocupes.
Tomé mi abrigo.

—Puedes quedártelo.
—¿Qué?
—El hombre que creí conocer.
Bianca miró a Jason.
Por primera vez pareció comprender que había apostado por alguien que no tenía la vida que ella imaginaba.
Antes de marcharme, Samuel me entregó una carpeta.
—Tu padre quiere que regreses a la empresa.
La abrí.
Era una propuesta formal para asumir la dirección de una nueva división.
Lo miré.
—¿Y el compromiso?
Samuel sonrió ligeramente.
—Tu padre sigue pensando que sería una buena idea.
Cerré la carpeta.
—Eso lo decidiré yo.
—Eso esperaba escuchar.
Tres meses después, Jason perdió su puesto.
La empresa descubrió que había utilizado información interna para acercarse a clientes relacionados con la familia White.
Bianca rompió cualquier relación con él.
Yo regresé a Grant Holdings y acepté dirigir la nueva división internacional.
No necesitaba demostrarle nada a Jason.
Ni a Bianca.
Ni siquiera a mi familia.
Había pasado años ocultando mi apellido para descubrir quién me quería sin él.
Y obtuve mi respuesta.
Una tarde, Samuel apareció en mi oficina.
—¿Cena?
Lo miré.
—¿Como prometido elegido por nuestros padres?
Se rio.
—Como Samuel.
Sonreí.
—Entonces sí.
No sabía qué ocurriría después.
Tal vez aquella antigua promesa familiar se convertiría en algo verdadero.
Tal vez no.
Pero esta vez sería mi decisión.
Porque aquella madrugada Jason me había echado de una casa que creía suya.
No sabía que, al hacerlo, estaba cerrando la última puerta que todavía me unía a él.
Y cuando descubrió quién era realmente la mujer que había llamado “pobre”, ya era demasiado tarde.
No perdió una novia aquella noche.
Perdió la vida que nunca supo valorar.