La puerta se abrió con un chirrido.
Esperé encontrar una casa desordenada, quizá alguna situación familiar complicada.
Pero lo primero que vi fue silencio.
Un silencio demasiado profundo para una casa donde vivía un niño de siete años.
Silas entró delante de mí.
—¿Dónde están todos?
—Mi abuela está arriba.
—¿Y tu papá?
Silas no respondió.
Caminó hasta la cocina y señaló una puerta pequeña junto a la despensa.
—Ahí.
Me acerqué.
—¿Qué hay ahí?
Silas tragó saliva.
—Por eso nadie me cree.
Abrió la puerta.
Dentro había una habitación estrecha.
Había cajas, fotografías, carpetas y varios objetos cuidadosamente colocados sobre una mesa.
Me quedé inmóvil.
No era un escondite infantil.
Era un archivo.
En la pared había fotografías de diferentes personas.
Y debajo de cada fotografía había una fecha.
—¿Qué es todo esto?
Silas señaló una de las imágenes.
—Es mi mamá.
Me acerqué.
La fotografía mostraba a una mujer joven sonriendo frente a la misma casa.
—¿Dónde está ella?
Silas bajó la cabeza.
—Papá dice que murió.
—¿Cuándo?
—Hace dos años.
Miré nuevamente la fotografía.
Había algo extraño.
La fecha escrita debajo era posterior a la supuesta muerte de su madre.
—Silas, ¿quién tomó esta foto?
—No lo sé.
—¿Quién te enseñó esta habitación?
—La encontré yo.
Entonces escuchamos pasos en el piso de arriba.
Silas se puso pálido.
—Es mi abuela.
—¿Ella sabe que estás aquí conmigo?
Negó.
—No.
Me agaché frente a él.
—Quiero que me cuentes exactamente qué ocurre. No voy a castigarte por decirme la verdad.
Silas respiró profundamente.
—Mi mamá no murió.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué dices eso?
—Porque la escuché.
—¿Cuándo?
—Por la noche.
Hizo una pausa.
—Está dentro de la casa.
Miré hacia el pasillo.
—¿Dónde?
Silas señaló una pared.
—Ahí.
En ese momento escuchamos una voz.
—Silas.
El niño se quedó completamente quieto.
Una mujer bajó lentamente las escaleras.
Era su abuela, Margaret Granger.
Me miró y después miró a Silas.
—¿Quién es usted?
—Oficial de seguridad comunitaria. Silas me pidió que lo acompañara.
Ella sonrió.
Pero la sonrisa parecía forzada.
—Mi nieto tiene demasiada imaginación.
Silas dio un paso hacia mí.
—No estoy imaginando nada.
Margaret endureció el rostro.
—Silas, ve a tu habitación.
—No.
La palabra salió tan baja que casi no la escuché.
Pero era la primera vez que el niño la desafiaba.
Margaret me miró.
—Como puede comprobar, necesita disciplina.
Yo mantuve la calma.
—Antes de irme, necesito hacerle algunas preguntas.

—Por supuesto.
—¿La madre de Silas falleció hace dos años?
—Sí.
—¿Cómo?
Hubo un silencio.
—Un accidente.
—¿Dónde ocurrió?
—En una carretera fuera de la ciudad.
—¿Hay certificado de defunción?
Margaret no respondió inmediatamente.
Y ese pequeño retraso fue suficiente.
—¿Por qué no lo tiene usted? —pregunté.
—Su padre se encargó de todo.
Entonces escuchamos un ruido detrás de la pared.
Silas me agarró la mano.
—Es ella.
Margaret palideció.
—No hay nadie ahí.
Yo miré la pared.
Volvió a escucharse.
Tres golpes.
Pausa.
Dos golpes.
Silas susurró:
—Lo hace todas las noch