—Estoy haciendo las maletas.
Xie Wenzhou se quedó inmóvil junto a la puerta.
—¿Para qué?
Cerré la cremallera.
—Para irme al extranjero.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Quién te dijo que puedes irte?

Levanté la mirada.
—Tu madre.
Por primera vez desde que había entrado en la habitación, pareció verdaderamente sorprendido.
—¿Qué te dijo?
—Que me daba cincuenta millones de yuanes si desaparecía de tu vida en siete días.
Silencio.
Esperé que se enfadara con ella.
Que preguntara por qué había aceptado.
Que al menos intentara detenerme.
En cambio, solo dijo:
—¿Aceptaste?
—Sí.
Su mandíbula se tensó.
—¿Por qué?
Sonreí.
—Porque ya no necesito que me quieras para saber cuánto valgo.
Me acerqué a la ventana.
—Y porque tú ya elegiste.
—Yo nunca dije que quisiera que te fueras.
Me giré.
—No tuviste que decirlo.
Señalé mi mano vendada.
—Hoy viste cómo Lin Wantang me quemó la mano y decidiste creerle a ella sin escucharme.
—Zhaozhao…
—Hace tres años, habrías recorrido toda la ciudad para encontrar una medicina para mí. Hoy ni siquiera miraste atrás.
Xie Wenzhou guardó silencio.
—Ese hombre que conocí en aquel callejón habría corrido hacia mí.
—Sigo siendo ese hombre.
Negué lentamente.
—No. Ese hombre murió cuando recuperaste tus recuerdos.
La frase pareció golpearlo.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Finalmente preguntó:
—¿Cuándo te vas?
—En cinco días.
—¿Y después?
—No lo sé.
—¿No piensas regresar?
—No.
Salió de la habitación sin decir una palabra.
Pensé que aquello sería todo.
Pero aquella misma noche, recibí un mensaje de la señora Xie.
“Mañana quiero que vengas a firmar el acuerdo.”
Respondí simplemente:
“De acuerdo.”
Al día siguiente fui a la residencia principal de la familia Xie.
La señora Xie puso el contrato delante de mí.
—Los cincuenta millones serán transferidos cuando abandones el país.
Tomé la pluma.
—Perfecto.
Firmé.
Ella me observó durante unos segundos.
—¿No quieres preguntarme por qué quiero que te vayas?
—No.
—¿Ni siquiera quieres defender tu relación con Wenzhou?
—Ya no existe nada que defender.
Su expresión cambió.
—¿De verdad lo amas tan poco?
La miré.
—Precisamente porque lo amé demasiado, sé cuándo debo dejarlo ir.
Me levanté.
Antes de salir, ella preguntó:
—¿No vas a decirle nada?
—No.
—¿Por qué?
Sonreí débilmente.
—Porque durante tres años él tuvo mi amor sin tener que pedirlo. Ahora quiero darle la oportunidad de descubrir cómo es su vida sin él.
Salí de aquella casa con una sensación extraña.
No era felicidad.
Todavía dolía.
Pero por primera vez, el dolor ya no me obligaba a quedarme.
Mientras tanto, en la oficina de Xie Wenzhou, algo estaba cambiando.
Su asistente entró con varios documentos.
—Presidente Xie, necesitamos su firma para la adquisición de la empresa Lin.
—Déjalos ahí.
El asistente dudó.
—También hay un asunto relacionado con la señorita Dong.
Xie Wenzhou levantó la cabeza.
—¿Qué asunto?
—Su solicitud de visado fue aprobada esta mañana.
El bolígrafo cayó de su mano.
—¿Visado?
—Sí. Viajará dentro de cuatro días.
Xie Wenzhou permaneció inmóvil.
—¿A dónde?
—Canadá.
—¿Por cuánto tiempo?
—Solicitó residencia temporal. Según los documentos, planea quedarse varios años.
Varios años.
Por primera vez, Xie Wenzhou sintió que aquella separación podía ser definitiva.
—Cancela todos sus vuelos.
El asistente lo miró sorprendido.
—Señor, no podemos hacer eso.
—Entonces averigua dónde se hospedará.
—Presidente Xie…
El asistente respiró profundamente.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Habla.
—¿Por qué no se lo pregunta directamente?
Xie Wenzhou no respondió.
Porque no sabía qué decirle.
Había pasado meses evitando hablar de futuro con ella.
Había permitido que su madre la humillara.
Había permitido que Lin Wantang apareciera cada vez más en su vida.
Y ahora que ella realmente se marchaba, no sabía cómo detenerla.
Aquella noche regresó a la mansión temprano.
Era la primera vez en meses.
Las luces estaban apagadas.
La casa estaba silenciosa.
Entró en la habitación y vio que la mitad de su ropa había desaparecido.
Entonces vio algo sobre la mesa.
Una caja pequeña.
La abrió.
Dentro estaba el collar que él le había comprado años atrás después de trabajar en cinco empleos.
Había una nota.
“Te lo devuelvo. No quiero llevar conmigo algo que pertenecía al hombre que eras.”
Xie Wenzhou apretó el collar en la mano.
Por primera vez, recordó aquella pequeña habitación de treinta metros cuadrados.
Recordó el invierno.
Las tres mantas.
La sopa instantánea.
Las noches en que ella se quedaba dormida sobre su hombro.
Recordó cómo ella siempre decía que no necesitaba regalos.
Y recordó su propia voz:
—Algún día te daré una vida mejor.
Había cumplido esa promesa.
Pero también había destruido aquello que realmente importaba.
Le había dado una mansión.
Un coche.
Joyas.
Ropa.
Dinero.
Y había olvidado darle lo único que ella había querido desde el principio.
A él.
Al día siguiente, Xie Wenzhou fue a buscar a Lin Wantang.
La encontró en un restaurante.
—Tenemos que hablar.
Ella sonrió.
—¿Sobre nuestra boda?
—No habrá boda.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Nunca prometí casarme contigo.
—Tu madre ya habló con mi familia.
—Entonces que hable con ellos.
Lin Wantang se levantó.
—¿Todo esto es por Dong Zhao?
—Sí.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Después de todo lo que has hecho por mí?
—Nunca hice nada que no pudiera haber hecho por cualquier socia comercial.
—¿Y lo que pasó en el restaurante?
Xie Wenzhou la miró fijamente.
—Sé que derramaste deliberadamente la sopa.
Lin Wantang palideció.
—Yo…
—Las cámaras del restaurante lo grabaron.
Silencio.
—¿Por qué me trataste así? —preguntó él.
Ella apretó los labios.
—Porque sabía que me mirabas como la mujer que pertenecía a tu mundo.
—Y ella no.
—Exactamente.
Xie Wenzhou cerró los ojos.
Aquella respuesta le dolió.
No porque Lin Wantang lo hubiera engañado.
Sino porque había comprendido demasiado tarde que él mismo había creado aquel espacio.
Había permitido que todos trataran a Dong Zhao como una mujer inferior.
Y él había permanecido en silencio.
—Terminamos —dijo.
Lin Wantang lo miró irse.
Pero antes de llegar a la puerta, ella preguntó:
—¿Crees que ella te perdonará?
Xie Wenzhou se detuvo.
—No lo sé.
—Entonces llegaste demasiado tarde.
Él no respondió.
Porque sabía que probablemente tenía razón.
Tres días después, hice mi última maleta.
La mansión estaba completamente en silencio.
Me detuve frente al piano.
Pasé los dedos por la superficie cubierta de polvo.
Recordé aquella promesa.
—Te enseñaré a tocar.
Nunca lo hizo.
Sonreí con tristeza.
—Quizá sea mejor así.
Tomé mi equipaje y salí.
Pero al abrir la puerta principal, encontré a Xie Wenzhou esperándome.
Llevaba el mismo abrigo oscuro que había usado la primera vez que me llevó a casa después de conocernos.
—No te vayas.
Me quedé inmóvil.
—Llegas tarde.
—Lo sé.
—Muy tarde.
—También lo sé.
Se acercó un paso.
—No voy a pedirte que olvides lo que hice.
—Bien.
—Tampoco voy a decirte que Lin Wantang no significaba nada.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque significó algo.
Sentí un pequeño dolor en el pecho.
—Gracias por decir la verdad.
—Pero nunca significó lo que tú significaste.
Negué con la cabeza.
—No quiero competir con nadie.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces déjame ir.
Xie Wenzhou respiró profundamente.
—Si te vas, no voy a detenerte.
Aquello me sorprendió.
—Solo quiero darte una cosa.
Sacó un sobre.
Dentro había un documento.
Era la escritura de una pequeña casa frente al mar.
—¿Qué es esto?
—La casa donde siempre dijiste que querías vivir algún día.
—No puedo aceptarla.
—No es una condición.
Me miró directamente.
—No es para comprarte. Ya aprendí que el dinero no puede comprar lo que destruí.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Entonces, ¿por qué me la das?
—Porque durante tres años intentaste construir una vida conmigo. Yo fui quien la abandonó.
Se acercó, pero no me tocó.
—No te pido que vuelvas.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Que tengas un lugar donde puedas ser feliz, aunque yo no esté en él.
Aquella frase fue más dolorosa que cualquier súplica.
Me quedé callada durante mucho tiempo.
Después guardé el documento.
—Adiós, Wenzhou.
Él cerró los ojos.
—Adiós, Zhaozhao.
Subí al automóvil.
No miré atrás.
El avión despegó esa noche.
Durante las primeras horas lloré en silencio.
Después dormí.
Y cuando desperté, vi el amanecer sobre las nubes.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba esperando que alguien regresara.
Tres años después, vivía en una pequeña ciudad costera.
Había abierto una cafetería y una escuela de arte para niños.
No era rica.
No tenía una mansión.
No tenía guardaespaldas.
Pero cada mañana abría las ventanas y podía respirar sin sentir que debía demostrarle a nadie que merecía estar allí.
Una tarde llegó una carta.
No tenía remitente.
La abrí.
Solo había una fotografía.
Xie Wenzhou estaba de pie frente al viejo apartamento de treinta metros cuadrados.
Debajo había una frase escrita a mano:
“Volví al lugar donde empezó todo. Ahora entiendo lo que perdí.”
No había ninguna petición.
Ninguna promesa.
Ningún intento de obligarme a regresar.
Solo una verdad.
Guardé la fotografía en un cajón.
No lloré.
Porque finalmente comprendí algo.
El hombre que amé había sido real.
El amor que vivimos también.
Pero algunas historias no terminan porque el amor desaparezca.
Terminan porque dos personas dejan de ser quienes eran cuando se conocieron.
Y aunque Xie Wenzhou había tardado demasiado en comprenderlo, yo ya había aprendido a seguir adelante.
Los cincuenta millones de yuanes me habían comprado una salida.
Pero no fueron el dinero ni el extranjero los que me liberaron.
Fui yo quien finalmente decidió soltar la mano de un hombre al que todavía amaba, porque entendí que amarlo no significaba seguir aceptando que me hiciera daño.
Y esa fue la primera vez que elegí mi propia vida.