PARTE 2: DESCUBRÍ POR QUÉ ADRIAN OCULTÓ A LA ESTUDIANTE DURANTE CINCO AÑOS Y LA VERDAD CAMBIÓ TODO LO QUE CREÍA SABER

Las puertas del ascensor permanecieron cerradas.

Miré a Sophie.

—¿Su hija?

Ella asintió.

—Sí.

—Adrian nunca tuvo una hija.

—Eso es lo que él creía.

Sentí que el aire se volvía pesado.

Sophie sacó un sobre de su bolso.

—Su madre murió cuando yo tenía quince años. Antes de morir me dijo quién era mi padre.

Me entregó una fotografía.

Adrian aparecía mucho más joven, junto a una mujer que no reconocía.

—Él no sabía que yo existía hasta que llegué a la universidad.

—¿Y por qué vivías con él?

Sophie bajó la mirada.

—Porque mi madre murió y no tenía dónde ir. Adrian descubrió que yo era su hija después de una prueba de ADN.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Ninguna de las dos salió.

—Entonces, ¿por qué nunca me lo dijo?

Sophie cerró los ojos.

—Porque mi madre le pidió que no lo hiciera.

—¿Y él obedeció durante nuestra relación?

—Al principio sí. Después intentó decírselo.

La miré fijamente.

—¿Cuándo?

—La noche que usted lo descubrió.

Mi corazón dio un vuelco.

Aquella noche.

La noche en que había encontrado ropa de una joven en su residencia.

La noche en que Adrian me había pedido que no hiciera preguntas.

—¿Qué ocurrió realmente?

Sophie respiró profundamente.

—Adrian recibió una llamada de un abogado. Mi madre había dejado documentos que demostraban que yo era su hija. También había dejado una carta.

—¿Y?

—La carta decía que mi madre había ocultado mi existencia porque temía que el padre de Adrian intentara quitarle la custodia.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿El padre de Adrian?

Sophie asintió.

—Era un hombre poderoso. Mi madre creía que utilizaría su dinero para controlar mi vida.

Entonces comprendí algo.

Adrian no había estado escondiendo a una amante.

Había estado escondiendo un secreto familiar.

Pero todavía quedaba una pregunta.

—¿Por qué me trató como si estuviera imaginando cosas?

Sophie bajó la mirada.

—Porque tenía miedo.

—Eso no es una respuesta.

—No sabía cómo decírselo sin destruirlo todo.

Las puertas del ascensor volvieron a abrirse.

Esta vez salimos.

Encontramos a Adrian esperándonos en el vestíbulo.

Su rostro cambió al vernos juntas.

—Sophie.

Ella asintió.

—Ya se lo dije.

Adrian cerró los ojos.

—Gracias.

Lo miré.

—Cinco años, Adrian.

—Lo sé.

—Cinco años pensando que me habías reemplazado.

—Nunca.

—Cinco años preguntándome qué había hecho mal.

Su expresión se quebró.

—Nada.

—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?

Se quedó en silencio.

—Porque esa noche recibí la carta de tu abogado.

Fruncí el ceño.

—¿Mi abogado?

—Tu padre había enviado una carta a mi familia.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué decía?

Adrian me miró directamente.

—Que si reconocía públicamente a Sophie como hija, tu familia terminaría nuestro compromiso y retiraría la inversión que mantenía vivo mi laboratorio.

Me quedé inmóvil.

—Eso es absurdo.

—No lo era.

Sacó su teléfono.

—Tu padre había hablado con mi director financiero.

Me mostró los documentos.

Reconocí la firma de mi padre.

Mi estómago se revolvió.

—Él sabía de Sophie.

—Sí.

—¿Y te amenazó?

Adrian asintió.

—Me dijo que si la reconocía, tu familia haría que me despidieran y que tú perderías todo lo que habías invertido en mi investigación.

Mi voz se volvió apenas un susurro.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque pensé que podría protegerte.

—Y terminaste perdiéndome.

Adrian bajó la cabeza.

—Sí.

Aquella fue la primera vez que lo escuché admitirlo sin intentar justificarse.

Sophie dio un paso atrás.

—Los dejaré hablar.

Cuando se marchó, permanecimos solos.

—¿La amabas? —pregunté.

Adrian negó.

—La amo como hija.

Respiré lentamente.

—Nunca me engañaste.

—No.

—Pero me mentiste.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí.

—Y eso también destruyó nuestra relación.

Adrian asintió.

—Lo sé.

No hubo reconciliación inmediata.

Cinco años no podían desaparecer en una conversación.

Pero tampoco podía seguir odiándolo por una historia que nunca había conocido.

Dos semanas después, Adrian me invitó a su laboratorio.

No había cámaras ni periodistas.

Solo investigadores trabajando en silencio.

Sophie estaba allí.

Me mostró un pequeño despacho.

—Este era mi cuarto cuando llegué —dijo.

Miré alrededor.

—¿Viviste aquí mucho tiempo?

—Casi un año.

—¿Y él nunca tuvo una relación contigo?

Sophie sonrió.

—Me enseñaba a cocinar. Me ayudaba con mis clases. Se quedaba despierto cuando tenía exámenes.

Me reí suavemente.

—Eso sí suena a Adrian.

Sophie me miró.

—Él nunca dejó de hablar de ti.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué decía?

—Que eras la persona más inteligente que había conocido.

Sentí que aquella vieja herida volvía a abrirse.

Pero esta vez no dolía igual.

Meses después, Adrian presentó públicamente a Sophie como su hija.

Ya no había secretos.

Su laboratorio recibió nuevos fondos.

Y yo, desde mi posición en el fondo de inversión, participé en la financiación.

No por él.

Por el proyecto.

Por la investigación.

Y porque después de cinco años había aprendido a separar una cosa de la otra.

Una tarde, Adrian me encontró frente a la ventana.

—¿Puedo sentarme?

—Sí.

Se sentó a mi lado.

—Nunca dejé de quererte.

Miré el horizonte.

—No sé si todavía puedo quererte de la misma manera.

—No te pediré que lo hagas.

Lo miré.

—¿Entonces qué quieres?

Sonrió tristemente.

—Una oportunidad para conocerte otra vez.

Aquella respuesta me sorprendió.

No pidió matrimonio.

No pidió perdón una última vez.

No exigió recuperar lo que habíamos perdido.

Solo pidió empezar desde cero.

—Podemos tomar un café —respondí.

Sonrió.

—¿Eso es un sí?

—Es un café, Adrian.

Se rio.

—Lo aceptaré.

Y mientras caminábamos hacia la salida, comprendí que desaparecer cinco años atrás había sido la única manera que encontré de protegerme.

Pero regresar cinco años después no significaba volver a ser la mujer que había dejado atrás.

No regresé para recuperar al hombre que había perdido.

Regresé para descubrir la verdad.

Y cuando finalmente la encontré, entendí que algunas historias no terminan cuando las personas se separan.

A veces simplemente necesitan que la verdad deje de estar escondida para que cada uno pueda decidir, por fin, qué hacer con lo que queda.

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