PARTE 2: LA BODA QUE SE CONVIRTIÓ EN SU PEOR PESADILLA

—Cancela la boda.

Mi padre guardó silencio al otro lado de la llamada.

—Isabella, dime qué pasó.

Miré nuevamente hacia la puerta.

—No puedo explicártelo por teléfono.

—Entonces vuelve a Francia.

—Eso haré.

Colgué.

Y por primera vez en meses, sonreí de verdad.

Adrian pensaba que tenía cinco días para convertir a Camille en mi sustituta.

No sabía que yo acababa de quitarle el escenario.


A la mañana siguiente, fingí no recordar nada.

Adrian entró en mi habitación con un ramo de rosas.

—Buenos días, amor.

Lo miré con una sonrisa.

—Buenos días.

Dejó las flores junto a mi cama.

—¿Cómo te sientes?

—Mucho mejor.

Se inclinó para besarme la frente.

—La boda sigue adelante.

Lo miré.

—Claro.

Sus ojos brillaron de alivio.

—Sabía que lo entenderías.

—¿Podemos revisar algunos detalles?

—Por supuesto.

Le sonreí.

—Quiero que todo sea perfecto.

No tenía idea de que aquella frase sería la más peligrosa que había escuchado en meses.


En cuanto Adrian salió, llamé a mi madre.

—Mamá, necesito que hagas algo.

—Lo que quieras.

—No canceles la boda todavía.

Ella guardó silencio.

—Pero tu padre…

—Déjenla preparada.

—¿Por qué?

Miré la pantalla de mi teléfono.

—Porque quiero que Adrian crea que todavía tiene el control.

Mi madre entendió.

—¿Qué estás planeando?

—Una boda.

Hice una pausa.

—Solo que no será la boda que él imagina.


Los siguientes días fueron extraños.

Adrian se comportó como el esposo perfecto.

Me llevaba regalos.

Me preguntaba cómo dormía.

Me hablaba de nuestro futuro.

Y por las noches desaparecía durante horas.

Yo sabía dónde estaba.

Con Camille.

También sabía algo más.

Había contratado a un equipo de investigadores privados.

Cada hotel.

Cada vuelo.

Cada transferencia.

Cada llamada.

Todo quedó registrado.

El quinto día recibí un informe.

Lo abrí.

Había fotografías de Adrian y Camille entrando juntos a un hotel.

Después aparecieron documentos financieros.

Adrian había utilizado fondos de mi familia para pagar varios de sus viajes.

Pero la última página era diferente.

Una transferencia enorme.

A nombre de una empresa registrada en las Islas Caimán.

Mi padre había sido engañado.

Mi familia no solo estaba financiando mi boda.

También estaba financiando, sin saberlo, la doble vida de Adrian.


La noche antes de viajar a Francia, Adrian entró en mi habitación.

—Mañana iremos al ensayo.

—Sí.

Se sentó junto a mí.

—Isabella.

—¿Sí?

—Quiero que sepas que, pase lo que pase, nunca dejaré que vuelvas a sufrir.

Lo miré.

Casi me reí.

—Qué considerado.

—Te amo.

Aquella frase ya no me dolió.

Porque ahora sabía que podía decirla sin sentir absolutamente nada.

—Yo también te amo.

Él sonrió.

Pensó que había ganado.


El día de la boda llegó.

La propiedad de mi familia estaba cubierta de flores blancas.

Cientos de invitados llegaron.

Periodistas.

Empresarios.

Amigos de la familia.

Todo estaba exactamente como había soñado de niña.

Adrian esperaba frente al altar.

Pero había un detalle que desconocía.

Mi padre había cambiado el programa.

La ceremonia comenzó.

Las puertas se abrieron.

Adrian levantó la mirada.

Y me vio.

Vestida de blanco.

Caminando hacia él.

Sonrió.

Pero su sonrisa desapareció cuando escuchó mi primera frase.

—Antes de continuar, tengo algo que decir.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Adrian se acercó.

—¿Qué ocurre?

Le entregué un sobre.

—Esto es tuyo.

Lo abrió.

Dentro había fotografías.

Hoteles.

Vuelos.

Transferencias.

Y una copia del informe médico.

La sonrisa desapareció completamente.

—¿Dónde conseguiste esto?

—Recuerdo perfectamente.

Sus ojos se abrieron.

—No…

—Nunca perdí la memoria.

El salón quedó en silencio.


Camille apareció en las puertas.

Llevaba un vestido blanco.

El mismo diseño que Adrian había elegido para ella.

Los invitados se giraron.

Adrian palideció.

—Camille…

Ella se acercó lentamente.

—Me dijiste que la boda era para mí.

Lo miré.

—Eso fue lo que dijo, ¿verdad?

Camille comenzó a llorar.

—No sabía que ella recordaba.

Adrian cerró los ojos.

Entonces mi padre tomó el micrófono.

—La boda queda cancelada.

Un murmullo recorrió el salón.

Pero yo levanté una mano.

—No.

Todos me miraron.

—La boda no está cancelada.

Adrian me observó confundido.

—¿Qué estás haciendo?

Sonreí.

—La ceremonia seguirá.

Hice una pausa.

—Pero no para nosotros.


Las puertas se abrieron nuevamente.

Entró un notario acompañado de varios abogados.

Colocaron documentos sobre la mesa.

—Adrian Blackwell —dijo uno de ellos—, estos documentos certifican la revocación de todos los poderes financieros que usted recibió de la familia Monroe.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Mi padre habló.

—La empresa que utilizaste para desviar dinero acaba de quedar congelada.

Adrian miró a su alrededor.

—Isabella…

—No.

Lo detuve.

—Durante meses intentaste convencerme de que era una mujer rota.

Me acerqué.

—Pero mientras tú estabas fabricando recuerdos para mí, yo estaba recuperando los verdaderos.

Saqué mi teléfono.

Reproduje una grabación.

La voz de Adrian llenó el salón.

“Ella es tan tonta que ya no sé si alegrarme o preocuparme.”

Después otra.

“Le debo demasiado a Camille.”

Y finalmente:

“La boda, legalmente, será de Isabella.”

El silencio fue absoluto.

Camille miró a Adrian.

—¿Me dijiste que me amabas?

Adrian no respondió.

Ella se quitó el anillo que él le había regalado.

—Entonces eras tan falso conmigo como con ella.

Dejó el anillo en el suelo.

Y se marchó.


Adrian intentó acercarse.

—Isabella, puedo explicarlo.

Negué.

—Ya lo hiciste.

—Te amo.

—No.

Lo miré por última vez.

—Amabas la versión de mí que podías controlar.

Él comenzó a llorar.

—¿Y ahora qué?

Sonreí.

—Ahora recupero mi vida.


Meses después, la investigación confirmó el fraude financiero y la manipulación médica.

El médico que había participado en las sesiones de hipnosis perdió su licencia.

Adrian enfrentó consecuencias legales por el uso indebido de medicamentos y el fraude.

Camille se marchó de San Francisco.

Y yo regresé a Francia.

Mi padre reconstruyó la propiedad.

Pero esta vez no hubo altar.

No hubo vestido.

No hubo novio.

Solo una gran celebración por mi nueva vida.

Mi madre levantó una copa.

—¿Y si algún día vuelves a enamorarte?

Sonreí.

—Entonces será de alguien que no necesite destruir mi memoria para mantenerme a su lado.

Miré hacia el jardín.

El viento movía las flores que habían sido preparadas para una boda que nunca ocurrió.

Durante mucho tiempo pensé que aquella ceremonia había sido mi mayor humillación.

Ahora sabía la verdad.

La boda que Adrian preparó para otra mujer terminó siendo el día en que recuperé mi nombre, mi memoria y mi libertad.

Él quería convertir mi vida en una mentira perfecta.

Pero cometió un error.

Me dejó recordar.

Y una mujer que recuerda quién es ya no puede ser manipulada por alguien que necesita que olvide.

La boda terminó sin un esposo.

Pero comenzó algo mucho más importante.

Mi vida.

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