Parte 2: CANCELÉ NUESTRO VIAJE ROMÁNTICO AL DESCUBRIR QUE HABÍA METIDO A SOFÍA EN NUESTRA SUITE… PERO EL MENSAJE DEL HOTEL REVELÓ UNA MENTIRA AÚN MAYOR

Volví a leer el mensaje.

«Hemos recibido una solicitud del señor Adrián Vega para añadir a la señorita Sofía Miller a su suite romántica».

Sentí algo extraño.

No dolor.

No rabia.

Calma.

La clase de calma que aparece cuando finalmente dejas de buscar excusas para alguien.

Guardé el teléfono.

—¿Todo bien? —preguntó Adrián.

—Perfectamente.

Sonrió, aliviado.

Seguramente creyó que volvería a hacer lo de siempre.

Ceder.

Pero al salir del aeropuerto, Adrián señaló un vehículo que esperaba frente a la terminal.

—El transporte del hotel está aquí.

Sofía colocó su maleta junto a la suya.

Yo seguí caminando.

—Elena.

Me detuve.

—¿Qué?

—El coche está aquí.

—Lo sé.

—Entonces ven.

—Tengo otro.

Su sonrisa desapareció.

—¿Otro qué?

Un automóvil se detuvo frente a mí.

—Otro hotel.

Sofía abrió mucho los ojos.

Adrián soltó una risa incómoda.

—Muy gracioso.

—No estoy bromeando.

El conductor guardó mi equipaje.

Adrián me sujetó suavemente del brazo.

—Espera. ¿Qué está pasando?

Saqué el teléfono y le mostré el mensaje.

Vi exactamente cuándo comprendió.

Su rostro perdió el color.

—Elena, puedo explicarlo.

—Por supuesto.

Miré a Sofía.

—Siempre puedes.

Ella cruzó los brazos.

—Yo no hice nada.

—No estaba hablando contigo.

Adrián bajó la voz.

—Solo pedí que la añadieran porque el hotel dijo que necesitaban registrar a todos los huéspedes.

—¿Todos los huéspedes?

Lo miré.

—Entonces pensabas que dormiría con nosotros.

—¡No!

—¿Dónde dormiría?

Silencio.

Sofía intervino:

—Hay un sofá.

Solté una pequeña carcajada.

—Gracias por aclararlo.

Adrián se pasó una mano por el cabello.

—Elena, no conviertas esto en algo que no es.

Aquella frase.

Otra vez.

Cuatro años escuchándola.

—No necesito convertirlo en nada.

Subí al coche.

—Ya lo convertiste tú.

—¡Elena!

Antes de cerrar la puerta, lo miré.

—Disfruten la suite romántica.

Y me marché.

Mi nuevo hotel estaba al otro lado de la isla.

No era tan lujoso.

Pero cuando cerré la puerta de mi habitación, ocurrió algo que no esperaba.

Sentí alivio.

Por primera vez en años no tenía que preguntarme cuándo aparecería Sofía.

No tenía que competir por la atención de nadie.

No tenía que demostrar que mis sentimientos eran razonables.

Mi teléfono vibró.

Doce llamadas de Adrián.

Después diecisiete.

Luego comenzaron los mensajes.

«Tenemos que hablar».

«Estás exagerando».

«Sofía está llorando».

Ese último me hizo reír.

Hasta cuando yo abandonaba la relación, la preocupación seguía siendo Sofía.

Apagué el teléfono.

A la mañana siguiente desayuné sola frente al mar.

Después recorrí el pueblo.

Compré un libro.

Nadé.

Y descubrí algo vergonzosamente sencillo.

Me estaba divirtiendo.

Al tercer día encendí nuevamente el teléfono.

Había ochenta y cuatro mensajes.

Pero uno no era de Adrián.

Era de Lucía, una amiga de la universidad.

«Elena, necesito enseñarte algo».

Debajo había una captura de pantalla.

Era una publicación antigua de Sofía.

De ocho meses atrás.

Ella y Adrián aparecían en una fiesta familiar.

El texto decía:

«Algunas personas siempre encuentran el camino de regreso».

Mi estómago se tensó.

Llamé inmediatamente a Lucía.

—¿Qué significa esto?

—Pensé que lo sabías.

—¿Saber qué?

Hubo silencio.

—Elena… Adrián y Sofía salieron juntos antes de que él empezara contigo.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Qué?

—Fue durante el último año de preparatoria. Duraron casi un año.

Me puse de pie.

Adrián siempre había dicho que Sofía era como una hermana.

Nunca mencionó que había sido su novia.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

—Él nos pidió que no habláramos del tema. Dijo que tú eras celosa y que podía causarte inseguridad.

Cerré los ojos.

De pronto, cuatro años adquirieron un significado completamente diferente.

Las cenas.

Las películas.

Los viajes cancelados.

Las llamadas nocturnas.

La manera en que Sofía lo miraba.

No había estado imaginando demasiado.

Me habían ocultado deliberadamente una parte de la historia.

Aquella tarde Adrián apareció en mi hotel.

No sé cómo consiguió encontrarme.

Cuando abrí la puerta, parecía no haber dormido.

—Tenemos que hablar.

—¿Sofía fue tu novia?

Se quedó congelado.

Eso bastó.

—Elena…

—Sí o no.

—Sí.

Cerré los ojos.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Once meses.

—¿Y durante cuatro años me dijiste que era como tu hermana?

—Porque aquello terminó.

—Entonces ¿por qué ocultarlo?

—Porque sabía que reaccionarías exactamente así.

Lo miré incrédula.

—No estoy enfadada porque tuvieras una novia antes que yo.

Mi voz permaneció tranquila.

—Estoy enfadada porque esa exnovia lleva cuatro años metiéndose en nuestra relación mientras tú me convencías de que estaba loca por sentirme incómoda.

Adrián bajó la mirada.

—Nunca pasó nada entre nosotros mientras estaba contigo.

—Ese ya no es el problema.

—Entonces dime cuál es.

—Que siempre la elegiste.

—Eso no es cierto.

—¿Mi cumpleaños número veintiuno?

Calló.

—Sofía tuvo una crisis.

—Nuestra cena de aniversario.

—Su padre estaba enfermo.

—El viaje a Monterrey.

—Ella…

—Exactamente.

Lo miré.

—Siempre había una razón.

Adrián se acercó.

—Te amo.

Retrocedí.

—Quizá.

Aquello pareció herirlo más que un grito.

—Pero amar a alguien no sirve de mucho si constantemente le enseñas que ocupa el segundo lugar.

Entonces apareció Sofía al final del pasillo.

Adrián giró sorprendido.

—¿Qué haces aquí?

Ella se acercó.

—Sabía que vendrías.

La miré.

—Perfecto. Así terminamos esto de una vez.

Sofía sonrió ligeramente.

—No necesitas hacer un drama. Adrián y yo tenemos una historia. Eso no significa…

—¿Todavía lo amas?

Su sonrisa desapareció.

Adrián intervino.

—Elena.

—Déjala responder.

Sofía sostuvo mi mirada.

Finalmente dijo:

—Sí.

Adrián quedó inmóvil.

Ella continuó:

—Nunca dejé de hacerlo.

—Sofía…

—Tú tampoco me dejaste ir realmente.

Adrián negó.

—Eso no es verdad.

Ella soltó una carcajada amarga.

—¿No?

Sacó su teléfono.

—¿Quieres que le enseñe los mensajes?

Él palideció.

Mi corazón dio un vuelco.

—Enséñamelos.

—Sofía, basta.

Ella ignoró a Adrián.

Me mostró la pantalla.

No había declaraciones de amor.

Pero había algo peor.

Meses de mensajes.

Adrián contándole nuestras discusiones.

Adrián preguntándole qué debía regalarme.

Adrián diciéndole cuándo viajaríamos.

Adrián escribiendo:

«Elena vuelve a molestarse porque pasamos demasiado tiempo juntos».

Y Sofía respondiendo:

«Algún día entenderá que yo estaba primero».

Él había reaccionado con un corazón.

Le devolví el teléfono.

—Gracias.

Adrián dio un paso hacia mí.

—Ese corazón no significaba nada.

Sonreí tristemente.

—Ese es precisamente tu problema.

—¿Qué?

—Nada significa nada cuando te conviene.

Las llamadas no significaban nada.

Los viajes no significaban nada.

Ocultarme que habían sido pareja no significaba nada.

Añadirla a nuestra suite romántica tampoco significaba nada.

Pero todos esos “nada” juntos habían destruido nuestra relación.

Me quité la pequeña pulsera que Adrián me había regalado en nuestra graduación.

La puse en su mano.

—Terminamos.

—Elena, por favor.

—No.

Por primera vez en cuatro años, no negocié mis propios límites.

Sofía pareció contener una sonrisa.

La vi.

Y entonces ocurrió algo que probablemente ella llevaba años esperando.

Adrián se volvió hacia ella.

Pero no para abrazarla.

—Tú también sal de mi vida.

Sofía quedó petrificada.

—¿Qué?

—Sabías perfectamente lo que estabas haciendo.

—¡Lo hice porque te amo!

—No.

Adrián negó lentamente.

—Lo hiciste porque querías ganar.

Ella comenzó a llorar.

—Siempre dijiste que podía contar contigo.

—Y utilicé eso como excusa para no poner límites.

Me miró.

—Y terminé perdiendo a la persona que realmente amaba.

No respondí.

Porque reconocer el error no borraba cuatro años.

Adrián y Sofía abandonaron el hotel por separado.

Yo terminé el viaje sola.

Fui incluso al acantilado de los deseos.

Durante años había imaginado estar allí con Adrián, prometiéndonos permanecer juntos para siempre.

Pero cuando llegué, no pedí que regresara.

Pedí algo diferente.

No volver a quedarme en un lugar donde tuviera que competir para sentirme elegida.

Seis meses después me mudé a otra ciudad por una oportunidad laboral.

Adrián me escribió algunas veces.

Nunca respondió con excusas.

Solo se disculpó.

Supe por amigos comunes que finalmente había cortado el contacto con Sofía.

También comenzó terapia para comprender por qué había evitado establecer límites durante tantos años.

Me alegré por él.

Pero no regresé.

Porque algunas personas cambian después de perderte.

Eso no significa que tengas que volver para comprobarlo.

Un año después regresé a aquella isla por trabajo.

El último día caminé nuevamente hasta el acantilado.

Había parejas dejando cintas y pequeñas notas.

Me acerqué al borde.

Saqué de mi bolso algo que había conservado sin saber por qué.

La confirmación impresa de aquella antigua suite romántica.

La miré una última vez.

Después la rompí y la tiré en un contenedor cercano.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi nueva empresa.

Habían aprobado mi ascenso.

Sonreí.

Aquella vez no había nadie detrás de mí prometiéndome un futuro perfecto.

No lo necesitaba.

Mientras regresaba hacia el pueblo, recordé a la Elena que había subido a aquel avión convencida de que perder a Adrián significaría perder cuatro años de su vida.

Ahora entendía lo contrario.

No había desperdiciado cuatro años por dejarlo.

Habría desperdiciado muchos más si hubiera seguido quedándome.

Y todo había comenzado con una desconocida sentada junto a nosotros que se quitó una mascarilla.

Yo había pensado que Sofía había arruinado nuestro viaje.

Me equivocaba.

Aquel viaje terminó salvándome de una relación en la que llevaba demasiado tiempo siendo la tercera pasajera.

Esta vez, cuando abandoné la isla, reservé un solo asiento.

Y nunca me había sentido menos sola.

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