Parte 2: EL LIBRO QUE SU PADRE MURIÓ PROTEGIENDO

La cerca parecía no terminar nunca.

Emily apoyó ambas manos sobre el poste más cercano y respiró.

En la madera había una marca quemada.

Una T dentro de un círculo.

Turner.

Había llegado.

O al menos había llegado a sus tierras.

—Papá —susurró—. Lo encontré.

Entonces sus piernas dejaron de sostenerla.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en una cama que no conocía.

Había una lámpara encendida.

Una jarra de agua.

Y un hombre enorme sentado junto a la puerta.

Jack Turner debía rondar los cuarenta años.

Tenía el rostro curtido por el sol, barba oscura y hombros tan anchos que la silla parecía demasiado pequeña para él.

Emily intentó incorporarse.

Jack levantó una mano.

—Despacio.

—¿Quién es usted?

—Jack Turner.

Emily se quedó inmóvil.

Jack señaló la mesa.

—Te encontramos junto a mi cerca.

—¿Quién?

—Yo y dos de mis hombres.

Emily llevó inmediatamente una mano hacia su vestido.

El cuaderno seguía allí.

Jack lo notó.

Pero no intentó tocarlo.

—¿Cómo te llamas?

Emily lo estudió.

Recordó exactamente las palabras de Samuel.

Nadie más.

Solo Jack.

—Emily Carter.

La expresión del hombre cambió.

—¿Samuel Carter?

—Era mi padre.

Jack se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo.

—¿Era?

Emily sostuvo su mirada.

—Murió hace tres meses.

Jack cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había algo distinto en ellos.

Dolor.

—¿Cómo?

—Dijeron que su caballo lo tiró.

Jack no respondió.

Emily sacó lentamente el pequeño libro de cuero.

—Mi padre dijo que le diera esto.

Jack no lo tomó inmediatamente.

—¿Qué más dijo?

—Que usted tenía una deuda con él que nunca podría pagar.

Jack miró el libro.

—Tenía razón.

Finalmente lo recibió.

Abrió la primera página.

Su rostro perdió el color.

—¿Quién sabe que tienes esto?

—Eleanor.

—¿Tu madrastra?

Emily asintió.

—Me dejó en el camino.

Jack levantó la mirada.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Sin caballo?

—Sí.

—¿Sin agua?

Emily volvió a asentir.

Jack cerró el cuaderno.

Muy despacio.

—Entonces Eleanor cometió un error.

—¿Cuál?

—Pensó que no llegarías.

Emily tomó la jarra.

—Ella también envió a un hombre.

Jack se quedó inmóvil.

—Descríbelo.

Emily mencionó la cicatriz.

El caballo bayo.

El rifle.

Y finalmente el anillo plateado.

Jack dejó de respirar por un instante.

—¿Qué?

—Lo conoce.

—Sí.

—¿Quién es?

Jack caminó hasta la ventana.

—Silas Holston.

Emily recordó el nombre.

El señor Holston.

El hombre del banco.

Una de las personas en las que su padre le había ordenado no confiar.

—Él dijo que Eleanor lo había enviado.

—Entonces ya sabemos que trabajan juntos.

Jack abrió nuevamente el libro.

Las páginas estaban llenas de nombres, fechas y cantidades.

Samuel había descubierto que varios rancheros estaban perdiendo sus propiedades después de solicitar préstamos al banco de Holston.

Siempre ocurría de la misma manera.

Una deuda aparecía repentinamente.

Un documento cambiaba.

Un rancho era embargado.

Después, la propiedad terminaba comprada por una compañía llamada Red Mesa Holdings.

—¿Quién es dueño de Red Mesa? —preguntó Emily.

Jack pasó varias páginas.

—Eso es precisamente lo que tu padre estaba intentando demostrar.

Encontró una lista.

Eleanor Carter.

Silas Holston.

Sheriff Amos Bell.

Emily sintió frío a pesar del calor de la habitación.

—¿El sheriff también?

—Por eso Samuel te dijo que no fueras con él.

Entonces Jack llegó a la última página.

Y dejó de leer.

—¿Qué dice?

Jack no respondió.

Emily se incorporó.

—Señor Turner.

Él giró el libro.

Había una frase escrita por Samuel:

“Si muero antes de terminar esto, busca debajo del piso del granero Carter. Emmy sabe dónde.”

Jack miró a la niña.

—¿Sabes de qué habla?

Emily pensó.

Entonces recordó.

Una tabla cerca del antiguo banco de herramientas de su padre.

Cuando tenía seis años había derramado aceite allí.

Samuel había levantado una tabla para limpiarlo.

Debajo había un pequeño espacio.

—Sí.

Jack cerró el libro.

—Entonces mañana iremos a buscarlo.

—Esta noche.

—No.

—Eleanor sabe que escapé.

—Precisamente.

Emily apartó la manta.

—Mi padre murió por esos papeles.

—Y no voy a permitir que tú también corras peligro por ellos.

—Entonces vaya usted.

Jack la miró.

—No sé cuál tabla es.

—Yo sí.

Por primera vez, Jack Turner comprendió por qué Samuel hablaba de su hija con tanto orgullo.

—Eres igual de terca que él.

—Él decía que eso era una virtud.

Jack casi sonrió.

—Samuel decía muchas tonterías.

Pero no fueron esa noche.

Jack envió primero a uno de sus hombres de confianza, Mateo Ruiz, hacia Prescott.

No al sheriff.

A un juez territorial que Samuel había mencionado en el cuaderno.

Después esperaron.

Al amanecer siguiente llegó un telegrama.

El juez viajaría acompañado por un alguacil federal.

Jack dobló el papel.

—Ahora podemos movernos.

Emily insistió en acompañarlo.

Regresaron al rancho Carter por un camino secundario.

Cuando Emily vio la casa, algo dentro de ella se encogió.

Eleanor había cambiado las cortinas.

Había retirado la silla de Samuel del porche.

Como si pudiera borrar a un hombre simplemente reorganizando sus pertenencias.

Jack y Emily entraron al granero por atrás.

—Ahí.

Emily señaló la tabla.

Jack la levantó.

Debajo encontraron una caja.

Pero no contenía dinero.

Había escrituras.

Documentos bancarios.

Cartas.

Y una declaración firmada por Samuel.

Jack comenzó a leer.

Entonces miró a Emily.

—Tu padre sabía que su vida corría peligro.

La declaración explicaba que Samuel había descubierto el fraude de Red Mesa.

También revelaba algo más.

Eleanor no había llegado a la familia Carter por casualidad.

Dos años antes de casarse con Samuel había trabajado para Holston.

Su misión había sido acercarse a Samuel porque el rancho Carter tenía algo que Red Mesa necesitaba desesperadamente.

Agua.

Bajo la propiedad había un manantial que podía abastecer miles de acres.

Quien controlara aquel terreno podría controlar buena parte del desarrollo ganadero de la región.

Emily recordó todas las veces que Eleanor había insistido en que Samuel vendiera.

—Ella se casó con papá por el rancho.

—Eso parece.

Jack encontró otro documento.

Era el testamento verdadero de Samuel.

Emily era la única heredera del rancho.

Eleanor podía vivir allí mientras cuidara legalmente de Emily.

Pero si abandonaba a la niña o intentaba disponer de la propiedad en beneficio propio, perdía inmediatamente cualquier derecho de residencia o administración.

Jack levantó la vista.

—Emily…

—¿Qué?

—Al dejarte en aquella carretera, Eleanor probablemente perdió exactamente aquello por lo que hizo todo esto.

Antes de que pudiera decir más, escucharon una voz.

—Qué escena tan conmovedora.

Eleanor estaba en la puerta del granero.

Silas Holston permanecía detrás de ella.

Emily dio un paso hacia Jack.

Eleanor sonrió.

—Ven conmigo, cariño.

Emily no respondió.

—Todo esto ha sido un terrible malentendido.

—Me quitaste los zapatos.

La sonrisa desapareció.

—Estabas comportándote de manera imposible.

—Me dejaste sola.

—Pensaba regresar.

—Entonces ¿por qué enviaste al señor Holston a buscar el libro?

Silas miró a Eleanor.

—Te dije que la niña era demasiado observadora.

Jack se interpuso.

—Se terminó.

Holston soltó una carcajada.

—¿Y quién va a detenernos? ¿Bell?

—No.

Otra voz respondió desde afuera.

—Yo.

El alguacil federal Nathan Cole entró acompañado por Mateo y dos hombres más.

Detrás venía el juez territorial.

Holston retrocedió.

Eleanor palideció.

Jack levantó la caja.

—Samuel Carter guardó registros.

El juez tomó los documentos.

Holston intentó hablar.

—Todo eso puede haber sido falsificado.

Emily lo señaló.

—Usted llevaba un anillo plateado.

El hombre se quedó callado.

—Me buscó ayer —continuó ella—. Dijo que Eleanor lo había enviado. Dijo que tenía mis zapatos.

Cole miró a Holston.

—¿Encontraremos esos zapatos entre sus pertenencias?

Holston no contestó.

Aquello fue suficiente para que el alguacil empezara a hacer preguntas mucho más serias.

Pero todavía faltaba la mayor sorpresa.

Mateo apareció con un hombre anciano.

Emily lo reconoció.

Thomas Avery.

Había trabajado con los caballos de Samuel durante quince años.

—Señorita Emily —dijo quitándose el sombrero.

—¿Señor Avery?

El anciano miró a Eleanor.

—Ya no voy a guardar silencio.

Tres meses antes, explicó, había visto a Holston cerca del establo la mañana en que Samuel murió.

No había entendido qué hacía allí.

Después encontró señales de que alguien había manipulado parte del equipo de montar.

Tuvo miedo de hablar porque el sheriff Bell le advirtió que podría perder su casa si difundía “historias”.

Jack miró al juez.

—Ahora tenemos testimonio, documentos y registros financieros.

El juez asintió.

—Y tendremos una investigación formal.

Eleanor miró a Emily.

Por primera vez no parecía poderosa.

Parecía pequeña.

—Emily, soy tu familia.

La niña la observó.

—No.

Eleanor parpadeó.

—Te cuidé durante años.

—Mi padre me cuidó.

Emily tomó la mano de Jack.

—Usted esperaba que yo no sobreviviera al camino.

Eleanor abrió la boca.

Emily negó con la cabeza.

—No quiero escuchar otra mentira.

Durante las semanas siguientes, el caso se extendió mucho más allá del rancho Carter.

Los registros de Samuel permitieron revisar numerosos embargos realizados por el banco de Holston.

Varias familias descubrieron que habían perdido tierras mediante documentos alterados y deudas manipuladas.

El sheriff Bell fue apartado mientras se investigaban sus vínculos con Red Mesa.

Holston perdió el control del banco.

Y Eleanor dejó de administrar cualquier propiedad perteneciente a Emily.

Pero hubo una pregunta que seguía persiguiendo a la niña.

Una noche, sentada en el porche de Jack Turner, finalmente la hizo.

—¿Usted mató a alguien?

Jack dejó su taza.

—¿Quién te dijo eso?

—Eleanor decía que usted era peligroso.

Jack permaneció en silencio.

—Durante la guerra hice cosas que todavía recuerdo —respondió finalmente—. Pero nunca asesiné a nadie como ella quería que creyeras.

Emily estudió su rostro.

—¿Entonces por qué papá confiaba en usted?

Jack miró hacia las montañas.

—Porque una vez él me salvó la vida.

Años atrás, Jack había regresado de la guerra sin dinero ni familia.

Una noche había quedado atrapado durante una inundación repentina.

Samuel arriesgó su propia vida para sacarlo.

Jack quiso pagarle.

Samuel nunca aceptó.

—Me dijo que algún día quizá podría ayudar a alguien más.

Jack miró a Emily.

—Supongo que finalmente entendí qué quería decir.

Emily permaneció callada.

—¿Tengo que volver al rancho?

—Legalmente es tuyo.

—No pregunté eso.

Jack comprendió.

—No tienes que vivir allí hasta que quieras.

—¿Puedo quedarme aquí?

La pregunta tomó al enorme ranchero completamente desprevenido.

—Emily…

—Solo hasta que sea mayor.

—Eso puede tardar bastante.

—Tengo diez años.

—Exactamente.

Ella cruzó los brazos.

—Mi padre dijo que usted honra sus deudas.

Jack soltó una carcajada.

—Tu padre sabía exactamente cómo meterme en problemas incluso después de muerto.

Meses después, el juez aprobó que Emily permaneciera bajo la tutela de una familia designada con Jack como uno de sus principales responsables, bajo supervisión legal adecuada.

Y por primera vez desde la muerte de Samuel, Emily volvió a dormir sin esconder el cuaderno bajo la almohada.

El rancho Carter quedó protegido en un fideicomiso para ella.

Jack se negó a tocar un centavo de sus ingresos.

—Es tuyo —le repetía—. Cuando tengas edad suficiente, decidirás qué hacer con él.

Emily sí tomó una decisión.

Con ayuda de Jack y de varios rancheros perjudicados por Red Mesa, parte del agua de las tierras Carter se puso a disposición de pequeñas propiedades vecinas mediante acuerdos justos.

—Tu padre estaría orgulloso —dijo Jack.

Emily miró las colinas.

—¿De verdad?

—Muchísimo.

Pasaron cinco años.

Emily creció.

Aprendió contabilidad.

Aprendió ganado.

Aprendió a disparar una mirada tan severa que los comerciantes dejaron de intentar engañarla.

Y siempre llevaba consigo el pequeño libro de cuero.

No porque siguiera teniendo miedo.

Sino porque representaba algo que Samuel había entendido antes que todos los demás:

la verdad solo sirve si alguien consigue llevarla hasta la persona correcta.

Una tarde, Emily y Jack cabalgaron hasta la antigua carretera donde Eleanor la había abandonado.

Emily desmontó.

El lugar parecía más pequeño.

—Pensé que iba a morir aquí —dijo.

Jack permaneció a su lado.

—Pero caminaste.

Emily sonrió.

—Papá me dijo que rendirse también era una elección.

—Samuel tenía una frase para todo.

—Sí.

Miró hacia el oeste.

A lo lejos estaban las tierras de Turner.

El mismo lugar que una niña descalza había intentado alcanzar creyendo que solo llevaba un cuaderno.

En realidad llevaba mucho más.

Llevaba la última oportunidad de Samuel para protegerla.

Llevaba la prueba capaz de derrumbar una red de mentiras.

Y llevaba una promesa que un hombre llamado Jack Turner había esperado años para cumplir.

Emily volvió a montar.

—Vamos a casa.

Jack levantó una ceja.

—¿Cuál casa?

Emily miró primero hacia el rancho Carter.

Después hacia Holloway Place.

—Las dos.

Jack sonrió.

Y cabalgaron juntos mientras el sol descendía sobre Arizona.

Aquel camino había comenzado con una niña abandonada en el polvo.

Terminó con una heredera que sabía exactamente quién era, qué le pertenecía y quién había elegido permanecer a su lado cuando ya no quedaba nadie más.

Eleanor había intentado dejar a Emily sin hogar.

Sin saberlo, la había enviado directamente hacia el hombre que su padre había elegido para ayudarla a recuperarlo todo.

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