Me quedé inmóvil frente a la puerta.
El niño levantó la cabeza.
Sus ojos eran exactamente como los de Nathaniel.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, las líneas flotantes aparecieron nuevamente.
[¡La villana por fin descubre el secreto!]
[¡Ahora llorará y suplicará quedarse!]
[¡Lydia y el protagonista serán una familia feliz!]
Fruncí el ceño.
Algo no encajaba.
Porque Lydia no parecía una mujer triunfante.
Parecía incómoda.
Y el niño no miraba a Nathaniel.
Miraba al suelo.
Entonces escuché la voz de Lydia.
—Valeria.
Me giré.
—¿Nos conocemos?
Ella negó.
—No personalmente.
—Entonces supongo que debo felicitarte.
Lydia palideció.
—¿Por qué?
—Por convertirte en la nueva señora Shaw.
Ella abrió los ojos.
—¿Quién te dijo eso?
Señalé la puerta.
—Todo el mundo parece saberlo menos yo.
Lydia se levantó rápidamente.
—Nathaniel no me pidió que viniera para hablar de matrimonio.
Me quedé quieta.
—¿Entonces?
Miró al niño.
—Él es Noah.
—¿Su hijo?
Lydia negó.
—Mi sobrino.
Las líneas flotantes desaparecieron.
Por primera vez desde que habían aparecido, no mostraron ninguna explicación.
Me quedé mirando al niño.
—Entonces, ¿por qué todos dicen que es hijo de Nathaniel?
Lydia respiró profundamente.
—Porque la familia Shaw quiere que lo sea.
Cinco minutos después estábamos en la oficina de Nathaniel.
Él cerró la puerta.
—Valeria, esto no es lo que parece.
—Eso ya lo he escuchado demasiadas veces.
Lydia colocó una carpeta sobre el escritorio.
—Noah es hijo de mi hermana.
—¿Y qué tiene que ver Nathaniel?
—Su padre murió hace seis meses. Nathaniel prometió ayudarlo económicamente.
Miré a Nathaniel.
—¿Y por qué me borraste?
Esta vez su expresión cambió.
—Porque necesitaba que te alejaras.
—¿De qué?
—De mi familia.
Me quedé en silencio.
Nathaniel abrió otra carpeta.
Dentro había fotografías.
Yo entrando en mi apartamento.
Yo saliendo de una boutique.
Yo caminando por la calle.
Sentí un escalofrío.
—¿Me estaban vigilando?
—Sí.
—¿Quién?
—Mi tía.
Nathaniel señaló varios documentos.
—Después del divorcio, ella comenzó a investigar tus movimientos. Descubrió que seguía manteniéndote y quiso utilizar eso para presionarme.
—¿Presionarte para qué?
—Para casarme con la hija de uno de sus socios.
Me quedé inmóvil.
—Entonces Lydia…
—No es mi prometida.
Lydia negó rápidamente.
—Nunca lo fui.
Nathaniel me miró.
—Te eliminé porque sabía que estaban siguiendo tu teléfono. Quería que pareciera que había terminado completamente contigo.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque te conozco.
—¿Ah, sí?
—Habrías venido corriendo a enfrentarlos.
Lo miré con indignación.
—¡Por supuesto que habría venido!
—Exactamente.
Entonces apareció otra línea flotante.
[¡La villana todavía no sabe que el protagonista la protegió todo este tiempo!]
La miré fijamente.
Nathaniel frunció el ceño.
—¿Qué estás mirando?
—Nada.
Las letras comenzaron a temblar.
Después cambiaron.
[ERROR: LA HISTORIA NO ESTÁ SIGUIENDO EL GUION.]
Me quedé helada.
La siguiente línea apareció lentamente.
[LA VERDADERA PROTAGONISTA NO ES LYDIA.]
Parpadeé.
[ES VALERIA.]
Desapareció.
Comprendí entonces que aquellas frases no eran una ventana hacia el futuro.
Eran una historia que alguien esperaba que yo obedeciera.
Y por primera vez decidí no hacerlo.
—Nathaniel.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Todavía me amas?
Lydia se quedó en silencio.
Nathaniel también.
Pasaron varios segundos.
Finalmente respondió:
—Nunca dejé de hacerlo.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Entonces ¿por qué te divorciaste de mí?
—Porque tú querías libertad.
—¿Y tú?
—Yo quería que pudieras respirar sin sentir que estabas atrapada conmigo.
Me quedé sin palabras.
Durante un año había pensado que sus transferencias eran una forma de control.
Pero ahora entendía.
Había sido su manera torpe de asegurarse de que nunca necesitara regresar a un matrimonio que ya no quería.
—Eres un idiota —susurré.
Nathaniel sonrió.
—Lo sé.
—Podrías haberme dicho todo esto.
—También lo sé.

Lydia tomó a Noah de la mano.
—Creo que debemos dejarlos solos.
Antes de salir, se volvió hacia mí.
—Por cierto, él habla de ti.
Miré al niño.
—¿De mí?
Noah asintió tímidamente.
—Tío Nathaniel tiene una foto tuya en su despacho.
Miré a Nathaniel.
Él desvió la mirada.
—Noah.
El niño sonrió.
—También guarda tu primer mensaje.
Me reí entre lágrimas.
—¿En serio?
—Sí.
Lydia salió.
La puerta se cerró.
Nathaniel y yo quedamos solos.
—¿Por qué guardaste mi mensaje?
—Porque fue la primera vez que me dijiste “te extraño”.
Me quedé quieta.
—Eso fue hace tres años.
—Lo sé.
Tres meses después, firmamos nuevos documentos.
No eran papeles de divorcio.
Era un nuevo acuerdo de convivencia.
Esta vez sin secretos.
Sin permisos.
Sin familias decidiendo por nosotros.
Nathaniel incluso hizo algo que jamás imaginé.
Vendió la casa familiar donde sus parientes habían intentado controlar nuestra vida.
Compró una casa más pequeña.
—¿Por qué?
—Porque quiero que nuestra casa vuelva a sentirse como una casa.
Lo miré.
—¿Y la manutención?
Sonrió.
—¿Quieres seguir recibiéndola?
Pensé unos segundos.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces trabajarás.
—Probablemente.
—¿Y qué harás?
Sonreí.
—Lo que quiera.
Un año después, celebramos una pequeña ceremonia.
No fue una boda lujosa.
No hubo prensa.
No hubo familia política.
Solo amigos cercanos.
Cuando Nathaniel tomó mi mano, me preguntó:
—¿Estás segura?
Sonreí.
—Esta vez sí.
Y cuando pronunciamos nuestros votos, comprendí que aquel año después del divorcio no había sido el final de nuestra historia.
Había sido la primera vez que ambos tuvimos la oportunidad de elegirnos sin obligación.
Las líneas flotantes nunca volvieron.
Quizá porque ya no necesitaba que alguien me dijera cuál era mi papel.
Yo había sido llamada villana.
Exesposa.
Mujer inútil.
Problema.
Pero ninguna de esas etiquetas importaba.
Porque al final descubrí algo mucho más sencillo.
No era una villana esperando perderlo todo.
Era una mujer que había olvidado que también podía escribir su propia historia.
Y Nathaniel, por primera vez, no intentó escribirla por mí.
Solo tomó mi mano.
Y caminó conmigo.