Parte 2: EL MARIDO QUE YO HABÍA OLVIDADO

Camila retiró la mano del cajón.

—Solo buscaba un pañuelo.

Gabriel no apartó los ojos de ella.

—Los pañuelos están sobre la mesa.

El rostro de Camila perdió por un instante aquella dulzura perfecta que yo conocía demasiado bien.

Solo un instante.

Luego volvió a sonreír.

—Estoy nerviosa. Mi hermana acaba de tener un accidente.

—Entonces deja sus cosas donde están.

La tensión llenó la habitación.

Yo abrí el cajón.

Dentro había un sobre blanco.

Camila palideció.

Eso fue suficiente para que lo sacara.

—¿Qué es esto?

—Vale —dijo inmediatamente—, quizá deberías descansar.

Abrí el sobre.

Había una memoria USB y una nota escrita con mi letra.

“SI ME PASA ALGO, NO CONFÍES EN CAMILA. ENTRÉGASELO A GABRIEL.”

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Gabriel tomó la nota.

—¿Cuándo escribiste esto?

—No lo recuerdo.

Camila soltó una risa nerviosa.

—Esto es ridículo. Valeria seguramente estaba alterada.

Gabriel guardó la memoria en su bolsillo.

—Entonces no tendrás inconveniente en que revisemos su contenido.

—Claro que no.

Pero sus dedos temblaban.

Cinco minutos después se marchó.

Gabriel esperó hasta que la puerta se cerró.

Entonces llamó a alguien.

—Quiero seguridad frente a esta habitación. Nadie entra sin autorización de Valeria o mía.

Colgó.

—Ahora dime la verdad.

—¿Qué verdad?

—¿Qué recuerdas?

Lo miré durante varios segundos.

Ya no tenía sentido fingir.

—Tengo diecisiete años.

Gabriel se quedó inmóvil.

Le expliqué todo.

Mi último recuerdo era aquella mañana de secundaria.

La carta para Adrián.

Mi uniforme.

Mis planes de confesarme.

Nada después.

Cuando terminé, Gabriel se sentó lentamente.

—Entonces perdiste diez años.

—Eso parece.

—¿Recuerdas nuestra boda?

—No.

—¿Nuestra primera casa?

Negué.

—¿El día que me pediste el divorcio porque dejé los calcetines junto al sofá durante una semana?

Parpadeé.

—¿Hice eso?

Por primera vez sonrió.

—Durante seis horas.

—Parecía razonable.

Su sonrisa desapareció lentamente.

Había dolor detrás.

—¿No recuerdas nada de mí?

—Recuerdo que recogiste la cinta de Camila.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué cinta?

Se lo expliqué.

Su expresión pasó de confusión a incredulidad.

Luego se levantó.

—Espera.

Sacó su cartera.

Detrás de una tarjeta había una pequeña fotografía antigua.

Dos adolescentes.

Él.

Y yo.

Me quedé sin palabras.

—¿De dónde salió eso?

—La cinta no era de Camila.

Mi corazón dio un salto.

—La llevaba ella.

—Porque te la había quitado.

Entonces recordó aquella tarde.

Yo había participado en una carrera escolar y había perdido una cinta azul que mi madre me regaló antes de morir.

Gabriel la encontró cerca de las gradas.

Camila apareció afirmando que era suya.

Él no le creyó.

La había guardado porque sabía que me pertenecía a mí.

—Te la devolví al día siguiente —dijo.

—No lo recuerdo.

—Porque estabas enferma. Se la entregué a tu padre.

Cerré los ojos.

Mi padre jamás me la dio.

Diez años de prejuicio acababan de derrumbarse en treinta segundos.

—Entonces nunca estuviste enamorado de Camila.

Gabriel me miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.

—Valeria, llevo siete años casado contigo.

—Eso no responde.

—Nunca estuve enamorado de ella.

Sentí calor en las mejillas.

—Bien.

—¿Bien?

—Necesito procesar que mi marido desconocido no estaba enamorado de mi hermanastra cuando éramos adolescentes.

Gabriel casi volvió a sonreír.

—Tenemos problemas más urgentes.

La memoria USB.

Su contenido cambió todo.

Había documentos bancarios.

Grabaciones.

Contratos.

Y un video mío grabado tres días antes del accidente.

Aparecí en pantalla.

La mujer que veía tenía mi rostro, pero hablaba con una seguridad que yo todavía no reconocía como propia.

—Si estoy viendo esto porque algo salió mal, significa que Camila descubrió que encontré las transferencias.

Me tapé la boca.

Mi versión adulta explicó que mi madre había dejado un fideicomiso.

Durante años, mi padre y mi madrastra habían utilizado parte del dinero sin mi conocimiento.

Cuando cumplí veinticinco, obtuve control completo.

Descubrí las irregularidades.

Recuperé inversiones.

Fundé una empresa de administración inmobiliaria.

Eso explicaba los millones.

Pero había algo peor.

Camila había comenzado a falsificar autorizaciones intentando transferir una propiedad que pertenecía exclusivamente a mí.

Yo la descubrí.

Y dos días después sufrí el accidente.

—¿Cómo ocurrió? —pregunté.

Gabriel apretó la mandíbula.

—Tu auto perdió el control.

—¿Frenos?

—Eso están investigando.

Sentí frío.

—¿Crees que Camila…?

—No voy a acusarla sin pruebas.

Eso me tranquilizó.

No porque confiara en Camila.

Sino porque Gabriel no estaba dispuesto a inventar una culpable solo para darme una respuesta.

Entonces llegó el segundo golpe.

—Hay algo más que debes saber —dijo.

—¿Qué?

—Adrián.

Mi antiguo amor.

Sentí una vergüenza casi adolescente.

—¿Qué pasa con él?

—Trabaja para ti.

—¿Qué?

—Es tu director financiero.

Casi me atraganté.

El chico al que iba a confesarme terminó siendo mi empleado.

—¿Y sabe que yo estaba enamorada de él?

Gabriel arqueó una ceja.

—Ahora lo sé yo.

—Fantástico.

Dos días después Adrián llegó al hospital.

Ya no era el adolescente de mis recuerdos.

Traía traje, documentos y una alianza en la mano.

—Valeria.

Lo miré fascinada.

Había pasado diez años imaginándolo como mi gran amor perdido.

Ahora, frente a mí, no sentía nada.

—¿Estás casado?

—Cinco años.

—¿Con quién?

Sonrió.

—Con Sofía.

Sofía había sido nuestra delegada de clase.

Solté una carcajada.

—Mi cerebro necesita vacaciones.

Adrián dejó los documentos sobre la mesa.

—Gabriel me explicó lo de tu memoria.

—Entonces sabes que lo último que recuerdo es que iba a declararme a ti.

Gabriel, sentado al otro lado de la habitación, levantó lentamente la mirada.

Adrián comenzó a reír.

—¿A mí?

Quise desaparecer.

—Olvídalo.

—Valeria, yo estaba enamorado de Sofía desde los dieciséis.

—Perfecto. Gracias. Excelente información con diez años de retraso.

Gabriel giró la cabeza para ocultar una sonrisa.

Le lancé una almohada.

Por primera vez desde que desperté, me reí de verdad.

Pero aquella tranquilidad duró poco.

La policía encontró algo en mi automóvil.

Los frenos no habían fallado.

Alguien había manipulado un sensor electrónico del sistema de estabilidad.

Había huellas parciales.

No pertenecían a Camila.

Pertenecían a mi padre.

Me negué a creerlo.

Hasta que apareció en el hospital.

—Valeria, tenemos que hablar.

Gabriel quiso quedarse.

—No —dije—. Quiero escucharlo.

Mi padre parecía diez años más viejo de lo que debería.

—Yo toqué tu auto.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—¿Intentaste matarme?

—¡No!

Su voz tembló.

—Intenté arreglarlo.

Explicó que Camila lo había llamado diciendo que mi vehículo mostraba una alerta. Él había revisado el sensor esa misma mañana.

Pero después descubrió que Camila había comprado una pieza electrónica idéntica días antes.

—¿Por qué no dijiste nada?

Mi padre bajó la cabeza.

—Porque estaba protegiéndola.

Me reí sin humor.

Como siempre.

Camila cometía el error.

Y yo pagaba el precio.

—Sal.

—Hija…

—Sal.

Esta vez obedeció.

Las cámaras de un estacionamiento proporcionaron finalmente la prueba.

Camila había accedido a mi automóvil la noche anterior al accidente.

No había intentado provocar deliberadamente un choque mortal, según sostuvo después.

Había querido generar una avería para impedir que llegara a una reunión con abogados donde denunciaría las transferencias.

Pero su manipulación había provocado algo mucho más peligroso.

Las autoridades se encargaron del resto.

Mi padre también tuvo que responder por ocultar información y por las irregularidades financieras anteriores.

Yo no pedí venganza.

Solo dejé de proteger a personas que nunca me habían protegido.

Pasaron cuatro meses.

Parte de mi memoria regresó en fragmentos.

Recordé mi graduación.

Mi primera oficina.

Recordé una lluvia terrible y a Gabriel esperando afuera con dos cafés.

Después recordé nuestra primera cita.

Él había reservado un restaurante elegante.

Yo lo llevé a comer tacos porque estaba demasiado nerviosa.

Una noche desperté llorando.

Gabriel entró corriendo.

—¿Qué ocurre?

Lo miré.

—Recordé nuestra boda.

Se quedó quieto.

—¿Toda?

—No.

Sonreí entre lágrimas.

—Recordé que tropezaste cuando caminábamos hacia la salida.

—Eso es exactamente lo que esperaba que permaneciera perdido.

Me reí.

Entonces recordé algo más.

—Tú me dijiste que estabas enamorado de mí desde la escuela.

Gabriel se sentó a mi lado.

—Sí.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque creía que estabas enamorada de Adrián.

Abrí mucho los ojos.

—¿Los dos perdimos años porque cada uno estaba convencido de que al otro le gustaba alguien más?

—Básicamente.

—Somos idiotas.

—Éramos adolescentes.

—Es casi lo mismo.

Gabriel tomó mi mano.

No intentó besarme.

No intentó exigir que volviera a ser la esposa que recordaba.

Durante aquellos meses había hecho algo mucho más difícil.

Me había permitido conocerlo otra vez.

—¿Y ahora? —preguntó.

Miré nuestras alianzas.

—Ahora tengo un problema.

—¿Cuál?

—Tengo diecisiete años de recuerdos y treinta y siete de sentido común.

—Eso suena peligroso.

—Muchísimo.

Me acerqué.

—Porque la chica de diecisiete años que despertó aquel día estaba convencida de que te odiaba.

—Lo recuerdo.

—Pero la mujer que soy ahora está empezando a comprender por qué se casó contigo.

Gabriel sonrió.

—Puedo esperar.

Negué.

—Ya esperaste suficiente.

Lo besé.

Meses después encontramos la cinta azul en una caja guardada en nuestra casa.

Gabriel realmente la había conservado todos aquellos años.

La sostuve entre mis dedos y pensé en lo cerca que habíamos estado de vivir vidas completamente diferentes por simples malentendidos.

Yo había pensado que él amaba a Camila.

Él había pensado que yo amaba a Adrián.

Y mientras ambos mirábamos hacia personas equivocadas, nuestra historia ya había comenzado silenciosamente.

Nunca recuperé todos los recuerdos perdidos.

Algunos regresaron.

Otros no.

Pero dejé de temerles a los espacios vacíos.

Porque comprendí que mi vida no estaba contenida únicamente en aquello que podía recordar.

También estaba en las decisiones que seguía tomando.

Una mañana, Gabriel encontró una carta sobre su escritorio.

La abrí delante de él.

Era vieja.

Arrugada.

La carta que había escrito a los diecisiete años para confesarme a Adrián.

—¿Quieres leerla? —pregunté.

—Absolutamente no.

—¿Celoso?

—Protegiendo mi salud mental.

Me reí.

Rompí la carta en dos.

Luego en cuatro.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—Aquel día pensé que perder la oportunidad de confesarme iba a cambiar toda mi vida.

Gabriel me rodeó con un brazo.

—Tal vez lo hizo.

Lo miré.

Tenía razón.

El día que iba a confesarme a mi primer amor desperté diez años después junto al hombre que había confundido con el amor de otra mujer.

Y después de perder una década entera de recuerdos, descubrí la verdad más inesperada de todas:

no necesitaba recuperar el pasado para saber a quién elegiría en mi futuro.

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