PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DE AQUEL MATRIMONIO

El anciano salió del granero y se quedó inmóvil al ver a Irina.

Después miró a Andrei.

—Así que finalmente la trajiste.

Irina frunció el ceño.

—¿Finalmente?

Andrei le lanzó una mirada al hombre.

—Mikhail.

El anciano carraspeó.

—No dije nada.

—Ya dijiste demasiado.

Irina bajó del carruaje.

—¿Quién es él?

—Mi capataz.

Mikhail sonrió.

—Y el hombre que conoce a Andrei desde que era un muchacho.

Irina miró a su esposo.

—¿Por qué parece que todos saben cosas sobre mí menos yo?

Andrei no respondió.

Aquella noche, durante la cena, Irina apenas probó la comida.

La casa era grande, pero extrañamente silenciosa.

No había sirvientes corriendo de una habitación a otra ni invitados entrando y saliendo.

Solo ellos tres.

Finalmente, Irina dejó el tenedor.

—Quiero saber la verdad.

Andrei levantó la mirada.

—¿Sobre qué?

—Sobre por qué me elegiste.

Él permaneció callado.

—Dijiste que necesitabas una esposa que supiera trabajar —continuó ella—. Pero tienes empleados suficientes para manejar toda esta propiedad.

Andrei bajó lentamente el vaso.

—No te elegí por tu capacidad para trabajar.

Irina sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Entonces, ¿por qué?

Él se levantó y caminó hasta la ventana.

—Porque hace cuatro años conocí a tu padre.

Irina se quedó inmóvil.

—Mi padre murió hace cinco años.

—Lo sé.

—¿Qué tenía que ver contigo?

Andrei tardó en responder.

—Me salvó la vida.

El silencio llenó la habitación.

—¿Cómo?

—Durante una tormenta, un caballo se desbocó y el carruaje en el que viajaba volcó. Tu padre me encontró atrapado. Se quedó conmigo hasta que llegó ayuda.

Irina sintió un nudo en la garganta.

—Nunca me contó eso.

—Porque no quería que nadie le debiera nada.

Andrei regresó a la mesa.

—Antes de morir, me pidió una sola cosa.

—¿Cuál?

—Que si algún día necesitabas ayuda, no te dejara sola.

Irina bajó la mirada.

—¿Por eso te casaste conmigo?

Andrei negó.

—No.

Hizo una pausa.

—Por eso fui a buscarte.

Irina levantó los ojos.

—¿Y entonces?

—Entonces te conocí.

Aquella respuesta la dejó sin palabras.


A la mañana siguiente, Irina salió al patio antes del amanecer.

Encontró a Mikhail reparando una cerca.

—¿Puedo ayudarte?

El anciano sonrió.

—Eso esperaba.

Durante horas trabajaron juntos.

Cuando terminó, Mikhail la miró con aprobación.

—Ahora entiendo.

—¿Qué?

—Por qué él te eligió.

Irina se limpió las manos.

—Todavía no estoy segura de que me haya elegido.

Mikhail soltó una carcajada.

—Muchacha, Andrei ha rechazado a más mujeres de las que puedo contar.

—¿Y eso qué significa?

—Que nunca permitió que nadie se acercara demasiado.

Irina guardó silencio.

—Hasta tú.


Aquella tarde, mientras caminaba cerca del establo, escuchó voces.

Se detuvo.

Andrei estaba hablando con Mikhail.

—Ella todavía cree que la traje aquí porque necesitaba una trabajadora.

—Dale tiempo.

—No sé si tengo derecho a pedirle más.

—Entonces no se lo pidas.

Andrei guardó silencio.

—Solo protégela —continuó Mikhail—. Como prometiste.

Irina retrocedió antes de que pudieran verla.

Por primera vez entendió que aquel matrimonio no había sido una simple transacción.

Pero todavía no sabía qué sentía Andrei por ella.


Esa noche comenzó una tormenta.

El viento golpeó las ventanas y uno de los establos perdió parte del techo.

Andrei salió inmediatamente.

Irina lo siguió.

—Quédate dentro.

—No.

—Irina.

—Los animales están allí.

Andrei la miró durante un segundo.

—Entonces vamos juntos.

Trabajaron bajo la lluvia hasta conseguir poner a salvo a los caballos.

Cuando regresaron, Irina estaba empapada y temblando.

Andrei le quitó el abrigo mojado.

—¿Por qué haces esto?

—Porque son nuestros animales.

Él se quedó mirándola.

—¿Nuestros?

Irina se sonrojó.

—Eso dije.

Andrei sonrió.

Era la primera vez que ella lo veía hacerlo de verdad.

No una sonrisa educada.

Una sonrisa cálida.

—Entonces tendrás que acostumbrarte.


Pasaron los meses.

Los habitantes del pueblo dejaron de reír cuando Irina pasaba.

No porque ella hubiera cambiado físicamente.

Sino porque comenzó a demostrar que podía trabajar, administrar y tomar decisiones mejor que muchos hombres que habían dudado de ella.

Andrei nunca intentó esconderla.

La llevaba a reuniones.

Escuchaba sus opiniones.

Le permitió administrar una parte de los campos.

Y cuando alguien volvió a llamarla “caballo de batalla” frente a él, Andrei simplemente respondió:

—Un caballo fuerte puede cruzar caminos que otros ni siquiera se atreven a recorrer.

Nadie volvió a reír.


Un año después, Irina recibió una carta.

Era del notario.

Su padre había dejado algo para ella.

Un documento.

Una vieja fotografía.

Y una nota.

“Si estás leyendo esto, significa que Andrei cumplió su promesa.”

Irina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Continuó leyendo.

“Pero no permitas que nadie decida por ti. Si quieres quedarte, quédate porque amas. Si quieres marcharte, márchate sin culpa.”

Irina dobló la carta.

Esa noche buscó a Andrei.

Lo encontró junto al establo.

—Tengo una pregunta.

—Hazla.

—Si mi padre nunca te hubiera pedido que me protegieras, ¿habrías venido por mí?

Andrei la miró durante largo tiempo.

—No lo sé.

Ella bajó la mirada.

Entonces él se acercó.

—Pero después de conocerte, sí.

Irina levantó los ojos.

—¿Por qué?

Andrei tomó suavemente su mano.

—Porque al principio pensé que necesitaba una esposa para esta casa.

Hizo una pausa.

—Después descubrí que quería una compañera para mi vida.

Los ojos de Irina se llenaron de lágrimas.

—¿Y ahora?

Andrei sonrió.

—Ahora no quiero que te quedes porque me debes algo.

Apretó su mano.

—Quiero que te quedes porque tú lo eliges.

Irina miró los campos, la casa y el hombre que tenía delante.

Por primera vez desde que había llegado, no sintió que aquel lugar fuera una obligación.

Era su hogar.

—Entonces me quedo.

Andrei cerró los ojos brevemente, como si aquella sencilla frase significara más de lo que podía expresar.

—Gracias.

Irina negó con una sonrisa.

—No me agradezcas.

Se acercó un poco más.

—Solo aprende a compartir la casa.

Andrei soltó una risa.

Y bajo el cielo abierto que antes había hecho sentir a Irina expuesta y pequeña, ambos permanecieron juntos.

Ella finalmente comprendió el verdadero motivo por el que Andrei se había casado con ella.

No había sido por lástima.

No por conveniencia.

Ni siquiera por la promesa hecha a su padre.

Había comenzado protegiéndola por una deuda, pero terminó amándola por elección.

Y por primera vez en su vida, Irina no tuvo miedo de que alguien la mirara.

Porque ya no necesitaba esconderse.

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