PARTE 2: LA PROMESA QUE LUCÍA CREYÓ HABER OLVIDADO

Lucía se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué promesa?

Gabriel la observó durante unos segundos.

—Dijiste que, si algún día encontrabas a alguien que te hiciera sentir segura, dejarías de huir.

Lucía abrió los ojos.

—¿Eso dije?

—Sí.

—Yo estaba nerviosa.

—También dijiste que querías dejar de esconderte detrás de las puertas cada vez que me veías.

Lucía se cubrió la cara con ambas manos.

—Quiero desaparecer.

Gabriel sonrió.

—Eso también lo dijiste.

Ella bajó las manos lentamente.

—¿Y tú qué dijiste?

Gabriel se quedó callado.

—Que quería conocerte cuando estuvieras completamente tranquila.

Lucía lo miró sorprendida.

—¿Lo recuerdas?

—Todo.

Entonces su expresión cambió.

—Pero hay algo importante.

Lucía tragó saliva.

—¿Qué?

—Anoche estabas nerviosa y yo había bebido. Por eso no quiero que tomemos ninguna decisión sobre nosotros basándonos en aquella noche.

Lucía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Entonces…

—Entonces empezamos de nuevo.

—¿Desde cero?

—Desde cero.

Gabriel tomó su chaqueta.

—Hoy te invito a desayunar.

Lucía parpadeó.

—¿Eso es una cita?

—Sí.

—¿Una cita normal?

—Una cita completamente normal.

Ella sonrió.

—Entonces sí.


Aquella mañana descubrieron algo inesperado.

Gabriel podía enfrentarse a un incendio sin temblar, pero elegir un restaurante con Lucía parecía una misión imposible.

—¿Qué quieres comer?

—Lo que quieras.

—Eso no ayuda.

—Entonces… ¿pancakes?

—Perfecto.

Cuando llegaron al restaurante, Lucía se sentó frente a él.

Por primera vez no intentó escapar.

Gabriel apoyó los brazos sobre la mesa.

—Tengo una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Por qué estabas tan asustada de mí?

Lucía soltó una pequeña risa.

—No estaba asustada de ti.

—¿Entonces?

Ella bajó la mirada.

—Me gustabas.

Gabriel sonrió.

—Eso ya lo sé.

—Y precisamente por eso me ponía nerviosa.

—¿Siete meses?

—Siete meses.

—Podrías haber dicho hola.

—Tú medías casi dos metros.

—Eso no es culpa mía.

Lucía se rio.

—Para mí sí.

Por primera vez, ambos se relajaron.


Las semanas siguientes cambiaron completamente su relación.

Gabriel descubrió que Lucía tenía una memoria extraordinaria y podía recordar conversaciones completas después de escucharlas una sola vez.

Lucía descubrió que el hombre que parecía intimidante era incapaz de pasar frente a un perro abandonado sin detenerse.

Un día, incluso encontró a Gabriel en el pasillo cargando una caja enorme.

—¿Necesitas ayuda?

Él la miró.

—Sí.

Lucía tomó una esquina.

La caja no se movió.

—No puedo.

—Lo imaginé.

—No te burles.

Gabriel sonrió.

—Jamás.

Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Eres insoportable.

—Y tú ya no huyes.

Lucía se quedó pensando.

—Es verdad.


Tres meses después, Gabriel recibió una llamada durante su turno.

Un edificio de apartamentos había sufrido un incendio.

Salió inmediatamente.

Lucía se quedó esperando noticias.

Una hora.

Dos.

Tres.

Finalmente recibió un mensaje.

“Estoy bien.”

Soltó el aire que había estado conteniendo.

Después llegó otro.

“Pero necesito hablar contigo.”

Cuando Gabriel regresó aquella noche, estaba exhausto.

Lucía abrió la puerta.

—¿Qué pasó?

—Rescatamos a una familia.

—¿Todos están bien?

—Sí.

Ella sonrió.

Gabriel permaneció serio.

—Pero pensé en algo.

—¿Qué?

—Nunca quiero que alguien que me importa se quede esperando sin saber si voy a regresar.

Lucía lo miró.

—¿Estás intentando decirme algo?

Gabriel sacó una pequeña caja.

Lucía se quedó inmóvil.

—Gabriel…

—No tienes que responder ahora.

Abrió la caja.

Dentro había una llave.

—Es la llave de mi apartamento.

Lucía parpadeó.

—¿Una llave?

—Una llave.

Sonrió.

—Sin esposas rosas.

Ella soltó una carcajada.

—¡No vuelvas a mencionarlas!

—Imposible.

Lucía tomó la llave.

—¿Qué significa?

—Que quiero que tengas un lugar donde puedas entrar sin pedir permiso.

Lucía cerró los dedos alrededor de ella.

—Eso significa mucho.

—Lo sé.


Un año después, el edificio organizó una pequeña fiesta para los vecinos.

Gabriel llegó con comida.

Lucía llegó tarde.

—Perdón.

—¿Por qué?

—Me quedé hablando con una vecina.

Gabriel sonrió.

—Antes habrías corrido a tu apartamento.

Lucía miró la puerta de su antiguo refugio.

—Antes tenía miedo de todo.

—¿Y ahora?

Ella lo miró.

—Ahora sé que puedo elegir cuándo quedarme.

Gabriel asintió.

—Eso es todo lo que quería.


Tiempo después, uno de los compañeros de Gabriel volvió a organizarle una cita a ciegas.

Gabriel rechazó la invitación.

—¿Por qué? —preguntó su compañero—. ¿Encontraste a alguien?

Gabriel miró hacia el otro lado del pasillo.

Lucía estaba intentando abrir un frasco demasiado grande para sus manos.

—Sí.

Su compañero siguió su mirada.

—¿La vecina?

Gabriel sonrió.

—La vecina.


Lucía finalmente logró abrir el frasco.

Levantó los brazos triunfalmente.

—¡Lo conseguí!

Gabriel comenzó a aplaudir.

—Impresionante.

—¿Te estás burlando?

—Un poco.

Ella se acercó y le entregó el frasco.

—Entonces ábrelo tú.

Gabriel lo hizo en un segundo.

Lucía puso los ojos en blanco.

—Presumido.

—Bombero.

—Presumido.

—Vecina.

Ella sonrió.

—Vecino.

Y ambos rieron.

Porque la historia que había comenzado con tres citas fallidas, una noche confusa y unas ridículas esposas de juguete terminó enseñándoles algo mucho más sencillo.

Gabriel nunca había sido demasiado grande para encontrar el amor.

Lucía nunca había sido demasiado pequeña para acercarse a él.

Solo necesitaban dejar de imaginar lo que el otro pensaba y empezar a hablar.

Y desde aquel día, cuando Gabriel regresaba del trabajo y escuchaba unos pasos pequeños detrás de su puerta, ya no levantaba la mano para saludar desde lejos.

Abría la puerta.

Porque sabía que Lucía ya no iba a huir.

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