Parte 2: DESPERTÉ FINGIENDO NO SABER NADA, PERO EL HOMBRE QUE DESTRUYÓ MI ROSTRO NO SABÍA QUE YO YA HABÍA EMPEZADO A DESTRUIR SU MENTIRA

Abrí los ojos cuarenta minutos después.

Adrian seguía allí.

En cuanto me vio despertar, se inclinó sobre mí con una expresión perfecta de preocupación.

—Emma.

Tuve que obligarme a no apartarme cuando intentó tomar mi mano.

—¿Adrian…?

Mi voz salió débil.

—Estoy aquí, amor.

—Mi cara…

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Hasta habría creído que eran reales.

—No pienses en eso ahora. Yo voy a cuidarte.

Aquellas palabras me revolvieron el estómago.

Cerré los ojos.

—Tengo sueño.

—Descansa.

Esperó hasta que creyó que volvía a dormir.

Luego salió.

Conté hasta cien.

Presioné el botón para llamar a la enfermera.

Cuando apareció, pregunté:

—¿Puede conseguirme al doctor responsable de mi caso? Quiero hablar con él sin mi prometido presente.

Una hora después supe algo que Adrian no esperaba que preguntara.

Mi tratamiento no tenía por qué limitarse a evitar infecciones. Existían opciones reconstructivas, especialistas en quemaduras y procedimientos que podían mejorar considerablemente mi recuperación.

—¿Por qué no me los ofrecieron? —pregunté.

El médico vaciló.

—El señor Vale indicó que después estudiarían otras opciones.

—¿Él puede decidir eso?

—No si usted está consciente y tiene capacidad para decidir.

Lo miré fijamente.

—Entonces, desde ahora, nadie habla de mi tratamiento con Adrian Vale sin mi autorización.

El médico asintió.

Mi siguiente llamada fue a Marcus.

Llegó esa noche.

Cuando cerró la puerta, parecía enfermo.

—Emma…

—Lo escuché todo.

Se quedó blanco.

—¿Desde cuándo estabas despierta?

—Desde antes de que preguntaras por el cirujano.

Se sentó.

—Dios.

—Necesito saber si vas a ayudarme.

—Sí.

Respondió demasiado rápido.

—Piénsalo bien. Si haces esto, probablemente pierdas tu trabajo.

Marcus levantó la mirada.

—Hace mucho que debería haberlo perdido.

Saqué mi teléfono.

—Quiero pruebas.

—Las conseguiré.

—No quiero rumores. Quiero mensajes, transferencias, contratos, nombres. Quiero al hombre que me atacó.

Marcus guardó silencio.

—Sé quién es.

Sentí que las uñas se me clavaban en la palma.

—¿Quién?

—Derek Shaw. Adrian le pagó a través de un intermediario.

—¿Puedes demostrarlo?

Marcus tardó unos segundos.

—Creo que sí.

Ese fue mi primer movimiento.

Durante los siguientes cinco días fingí.

Fingí fragilidad.

Fingí dependencia.

Fingí creerle cuando Adrian me prometió que cancelaríamos la boda hasta que yo estuviera preparada.

Pero él no pensaba cancelarla.

Solo cambiar a la novia.

Marcus descubrió el plan cuarenta y ocho horas después.

Entró a mi habitación con una memoria USB.

—La ceremonia sigue adelante.

Lo miré.

—¿Con Bella?

—Sí.

Adrian planea anunciar públicamente que sufriste una crisis médica y que tú misma pediste posponer el matrimonio. La ceremonia privada con Bella no tendrá validez legal inmediata, pero prepararon todo para hacerla pasar por una celebración simbólica.

—¿Por qué?

—Porque hay inversionistas, patrocinadores y prensa internacional en la ciudad. Cancelar todo levantaría demasiadas preguntas.

Me reí.

Me dolió la piel al hacerlo.

—Así que incluso mi tragedia necesita relaciones públicas.

Marcus dejó la memoria sobre la mesa.

—Aquí están los mensajes con Derek. Y hay más.

Conectamos la memoria a una computadora.

Vi conversaciones.

Pagos.

Instrucciones.

Luego apareció un nombre.

Bella Frost.

—¿Ella sabía lo del ácido?

Marcus respiró hondo.

—Eso creía Adrian.

—¿Creía?

Abrió otro archivo.

Era una grabación de una llamada.

La voz de Bella salió por los altavoces.

—Dijiste que ibas a conseguir que Emma cancelara la boda. No que ibas a mutilarla.

Adrian respondió:

—Ya está hecho.

—Estás enfermo.

—No empieces.

—No vuelvas a acercarte a Leo.

Me quedé inmóvil.

Bella no había participado.

Había sido amante de Adrian.

Había ocultado a su hijo.

Pero no sabía lo que él planeaba hacerme.

Y había algo todavía peor.

Marcus reprodujo otra grabación.

Bella lloraba.

—¿Qué hiciste con los embarazos de Emma?

Silencio.

Después Adrian dijo:

—Eso no te importa.

—Me dijiste que ella tenía problemas médicos.

—Bella…

—¿Qué le hiciste?

Marcus detuvo el audio.

—Bella empezó a sospechar hace meses.

—Necesito hablar con ella.

Nos encontramos dos días después.

Bella entró en mi habitación con gafas oscuras y el rostro desencajado.

Durante unos segundos ninguna habló.

Finalmente dijo:

—No voy a pedirte que me perdones.

—Bien.

—Sabía que estaba contigo.

Aquello dolió incluso después de todo.

—Entonces participaste en cinco años de mentiras.

—Sí.

No intentó justificarse.

—Pero nunca supe que te hacía daño físicamente. Me dijo que tus embarazos se perdían naturalmente.

—¿Y Leo?

Bajó la mirada.

—Adrian me prometió que terminaría contigo después de que naciera. Luego dijo que su imagen dependía de vuestra relación. Yo acepté esconderme.

—¿Por qué?

—Porque fui cobarde.

Por primera vez alguien relacionado con Adrian decía la verdad sin maquillarla.

Bella sacó su teléfono.

—Tengo algo.

Era un mensaje de Adrian enviado cuatro años atrás.

“Ya resolví el problema de Emma. No volverá a interferir un embarazo.”

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Qué significa?

—No lo sé. Pero después de escuchar lo que dijo en el hospital…

Llamé a mi antiguo ginecólogo.

La investigación posterior reveló algo que ni siquiera Marcus sabía.

Adrian había sobornado a un empleado de una clínica para alterar parte de mis expedientes y había manipulado medicamentos que yo tomaba durante dos de mis embarazos.

No podía demostrar todavía que aquello hubiera causado cada pérdida.

Pero ya había suficiente para que las autoridades investigaran.

Y entonces llegó el día de la boda.

La boda de Bella.

O eso creía Adrian.

El salón estaba lleno.

Ejecutivos.

Actores.

Patrocinadores.

Familiares.

Adrian esperaba frente al altar.

Bella comenzó a caminar hacia él.

Llegó hasta la mitad.

Y se detuvo.

Adrian sonrió nerviosamente.

—Bella.

Ella no avanzó.

Las puertas del fondo se abrieron.

Entré.

Llevaba un vestido blanco sencillo.

Mi rostro seguía parcialmente cubierto por vendajes.

El salón entero quedó en silencio.

Adrian palideció.

—Emma…

—Hola, Adrian.

—¿Qué haces aquí?

—Vine a mi boda.

Se acercó rápidamente.

—Estás confundida. Vuelve al hospital.

Retrocedí.

—No me toques.

Dos personas aparecieron detrás de mí.

Detectives.

Adrian miró a Marcus.

Y entendió.

—Tú.

Marcus no apartó la mirada.

—Sí.

Adrian comenzó a retroceder.

—Emma, podemos hablar.

—Hablaste bastante cuando pensabas que estaba inconsciente.

Su rostro se derrumbó.

Un murmullo recorrió el salón.

—No sabes lo que escuchaste.

Saqué mi teléfono.

Entonces su propia voz llenó los altavoces.

“Entonces que quede destruida.”

Después:

“Todos estos años hice que perdiera varios embarazos a propósito.”

Luego:

“Saquen al hombre del país cuanto antes.”

Adrian dejó de respirar.

—Eso está editado.

—Entonces podrás explicarlo.

Los detectives avanzaron.

—Adrian Vale, necesitamos que nos acompañe.

Intentó mirar a Bella.

—Diles algo.

Ella tomó la mano de Leo, que esperaba con una cuidadora junto a una salida lateral.

—No vuelvas a usar a nuestro hijo como excusa para lo que hiciste.

Ese fue el momento en que Adrian Vale perdió a las dos mujeres que creyó controlar.

La investigación duró meses.

Derek fue localizado antes de abandonar el país y aceptó colaborar a cambio de una reducción de condena.

Las transferencias coincidían.

Los mensajes coincidían.

Los registros telefónicos coincidían.

Adrian fue acusado por su participación en el ataque y por otros delitos relacionados con la conspiración. Las sospechas sobre mis embarazos abrieron una investigación separada.

Su carrera desapareció casi de inmediato.

Patrocinadores cancelaron contratos.

Su agencia rompió relaciones con él.

Pero nada de eso me importó tanto como lo que ocurrió una mañana seis meses después.

Estaba frente a un espejo.

Sin vendas.

Había pasado por injertos y varias intervenciones reconstructivas. Todavía tenía cicatrices. Algunas probablemente serían permanentes.

Durante meses había evitado mirarme demasiado tiempo.

Aquella mañana lo hice.

Toqué suavemente una cicatriz junto a mi mandíbula.

Marcus, que había venido a llevarme a una cita, esperaba detrás.

—¿Estás bien?

Pensé antes de responder.

—Sí.

Y por primera vez era verdad.

No porque tuviera el rostro de antes.

No lo tenía.

Sino porque finalmente comprendí algo.

Adrian había contado con que mi valor dependiera de mi belleza.

Había contado con que perderla me haría depender de él.

Ese había sido su mayor error.

Tiempo después recibí una carta suya desde prisión preventiva.

No la abrí.

La devolví.

Bella y yo nunca nos convertimos en amigas.

No habría sido honesto.

Pero testificó.

Entregó sus mensajes.

Y cuando llegó el momento, dejó de protegerlo.

Leo creció lejos de los flashes que Adrian había utilizado para controlar nuestras vidas.

Marcus comenzó a trabajar con otra agencia.

Y yo me fui de la ciudad.

Un año después regresé al hospital para mi última cirugía programada.

La enfermera que me había atendido aquella primera noche me reconoció.

—Te ves diferente —dijo.

Sonreí.

—Lo soy.

No hablaba de mi cara.

Antes de entrar al quirófano me quedé unos segundos junto a la ventana.

Recordé aquella cama.

La voz de Adrian.

“Entonces que quede destruida.”

Durante mucho tiempo pensé que aquella frase había marcado el momento en que mi vida terminó.

Ahora sabía que había marcado otra cosa.

Fue el momento exacto en que dejé de pertenecerle.

Adrian había querido convertirme en una mujer demasiado herida para abandonarlo.

En cambio, creó la única versión de mí que jamás habría podido controlar.

No recuperé mi antigua cara por completo.

No recuperé los embarazos que perdí.

No recuperé los cinco años que entregué a una mentira.

Pero recuperé algo que él nunca creyó que pudiera existir sin él.

Mi futuro.

Y cuando volví a mirarme en el espejo, ya no vi a la novia abandonada sobre una cama de hospital.

Vi a una mujer que había sobrevivido.

Adrian Vale creyó que destruir mi rostro garantizaría que jamás pudiera dejarlo.

Se equivocó.

Porque aquella noche no perdió a la mujer hermosa que decía amar.

Perdió a la mujer que todavía confiaba en él.

Y esa mujer sí desapareció para siempre.

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