PARTE 2: EL HOMBRE QUE NUNCA DEJÓ DE ESPERAR

Abrí la puerta lentamente.

Adrian no sonrió.

Tampoco dijo mi nombre.

Solo levantó la fotografía.

—¿Quién es él?

Miré la imagen.

Ethan.

Saliendo del hotel.

Sentí que mi estómago se cerraba.

—Adrian, puedo explicarlo.

—Eso espero.

Su voz era tranquila, pero sus ojos no.

Miró el interior del apartamento.

—¿Puedo pasar?

Me hice a un lado.

Entró.

Entonces dejó mi antiguo anillo sobre la mesa.

—Lo encontré tres años después de que te fueras.

Lo miré.

—¿Por qué lo tienes?

—Porque nunca pude tirarlo.

Tragué saliva.

—Adrian…

—No quiero una mentira, Sophia.

Me senté.

—Ethan y yo estuvimos juntos durante un tiempo.

Adrian cerró los ojos.

—¿Cuánto?

—Demasiado.

—¿Lo amabas?

La pregunta me dejó inmóvil.

—No como te amé a ti.

Adrian soltó una risa amarga.

—Eso no responde la pregunta.

—No.

Silencio.

—Nunca dejé de pensar en ti.

Él bajó la mirada hacia el anillo.

—Entonces, ¿por qué me abandonaste?

Aquella era la pregunta que llevaba tres años evitando.

—Porque tuve miedo.

Adrian levantó los ojos.

—¿De mí?

—De lo que significaba estar contigo.

Respiré profundamente.

—Cuando aceptaste mudarte conmigo a Europa, todo se volvió real. Tuve miedo de perder mi independencia. De fracasar. De descubrir que el futuro que habíamos planeado no era el que yo quería.

—Y decidiste desaparecer.

—Sí.

—Sin explicarme.

—Sí.

Adrian permaneció en silencio durante varios segundos.

—Me rompiste el corazón.

Bajé la cabeza.

—Lo sé.

Entonces señaló la fotografía.

—Pero esto no explica a Ethan.

Le conté todo.

La relación.

La boda.

La caja que me había dado.

El dinero.

El anillo que jamás quiso comprarme.

Cuando terminé, Adrian se quedó mirando por la ventana.

—¿Y ahora está comprometido?

—Sí.

—¿Y te dijo que buscaras a otro hombre?

Asentí.

Adrian sonrió sin humor.

—Entonces quizá no sabía lo que tenía.


Al día siguiente recibí un mensaje de Ethan.

“Tenemos que hablar.”

No respondí.

Después llegó otro.

“Emily vio la fotografía.”

Y otro.

“Necesito que no hagas nada.”

Fruncí el ceño.

Adrian lo leyó por encima de mi hombro.

—¿Quién es Emily?

—Su prometida.

—¿Y por qué tiene miedo?

No lo sabía.

Hasta que recibí una llamada de Chloe.

—Sophia, tienes que venir.

—¿Qué pasó?

—Emily canceló el compromiso.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Porque descubrió algo.


Llegué a la cafetería una hora después.

Emily estaba allí.

No parecía furiosa.

Parecía decepcionada.

—Quería conocerte.

Me senté frente a ella.

—¿Por qué?

Sacó una carpeta.

—Porque Ethan me contó una historia sobre ti.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué historia?

—Dijo que eras una ex obsesionada que no aceptaba que él hubiera seguido adelante.

La miré.

—¿Y le creíste?

—Al principio.

Abrió la carpeta.

Dentro había fotografías, mensajes y registros.

—Hasta que descubrí que llevaba meses buscando información sobre ti.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Hoteles. Restaurantes. Tu trabajo. Incluso preguntó a personas de tu antiguo vecindario.

Sentí un vacío en el pecho.

Emily continuó:

—También descubrí que el anillo que me dio fue diseñado hace dos años.

—¿Y?

—Las iniciales no son las mías.

La miré sorprendida.

—¿Qué iniciales tiene?

Emily giró el anillo.

Allí estaban dos letras.

S.C.

Mis iniciales.

Sentí que el aire desaparecía.

Ethan nunca había olvidado.

Había intentado reemplazarme.

Pero incluso al hacerlo, había utilizado algo que había preparado para mí.


Aquella noche Ethan apareció frente a mi apartamento.

Adrian estaba conmigo.

Cuando Ethan lo vio, su rostro cambió.

—Así que él volvió.

Adrian permaneció tranquilo.

—Y tú sigues mintiendo.

Ethan lo ignoró.

Miró hacia mí.

—Sophia, necesito hablar contigo.

—Habla.

—No quería casarme con Emily.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

—Porque estaba intentando olvidarte.

Adrian dio un paso atrás.

Yo sentí una mezcla extraña de tristeza y rabia.

—No puedes convertir a otra persona en una medicina para tus problemas.

Ethan bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Y tampoco puedes volver a mí simplemente porque ella descubrió la verdad.

—No vine a pedirte eso.

Lo miré.

—Entonces ¿qué quieres?

Sacó la tarjeta bancaria que me había dado en el hotel.

La colocó sobre la mesa.

—Quiero devolverte esto.

—No lo necesito.

—Lo sé.

Entonces sacó una segunda cosa.

Una pequeña caja.

Dentro había un anillo.

No era el de Emily.

Era uno sencillo.

—Lo compré hace años —dijo—. Nunca tuve el valor de dártelo.

Lo miré.

—¿Por qué ahora?

—Porque finalmente entendí que siempre quise algo contigo que fingí no querer.

Respiré profundamente.

—Llegaste demasiado tarde.

Ethan cerró la caja.

—Lo sé.

Por primera vez no discutió.

No insistió.

Simplemente se marchó.


Cuando cerré la puerta, Adrian permaneció en silencio.

—¿Todavía lo amas?

Pensé cuidadosamente antes de responder.

—No.

Adrian asintió.

—Bien.

Lo miré.

—Pero hay algo que todavía tengo que arreglar.

—¿Qué?

—Lo que te hice hace tres años.

Adrian sostuvo mi mirada.

—No puedes cambiar el pasado.

—No.

Sonreí débilmente.

—Pero puedo dejar de huir del futuro.

Él permaneció inmóvil.

Después sacó mi antiguo anillo.

—Entonces quizá podamos empezar de nuevo.

—¿Sin promesas?

—Sin promesas.

—¿Sin apresurarnos?

—Sin apresurarnos.

Tomé el anillo de su mano.

No me lo puse.

Todavía no.

Solo lo sostuve entre mis dedos.

Porque esta vez no quería elegir a alguien por miedo a estar sola.

Quería elegir cuando estuviera completamente segura.

Meses después, Ethan canceló definitivamente su boda y comenzó una nueva vida lejos de nosotros.

Emily siguió adelante y terminó convirtiéndose en una de mis amigas más inesperadas.

Y Adrian y yo aprendimos a conocernos otra vez, sin los planes apresurados del pasado.

Un año después, regresamos al mismo registro civil donde alguna vez habíamos planeado casarnos.

Esta vez no huí.

Adrian tomó mi mano.

—¿Segura?

Sonreí.

—Ahora sí.

Y cuando finalmente me puse el anillo que había guardado durante tres años, comprendí algo.

Ethan pensó que podía entregarme una caja de preservativos y decirme que buscara a otro hombre.

No sabía que el hombre que realmente había dejado ir no era él.

Era Adrian.

Y esta vez, cuando mi primer amor regresó, no tuve que perseguirlo.

Solo tuve que dejar de huir.

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