Parte 2: LA ENFERMERA QUE DESOBEDECIÓ LA ÚNICA REGLA DEL JEFE MAFIOSO Y DESCUBRIÓ EN LA HABITACIÓN OSCURA EL SECRETO QUE NADIE SE ATREVÍA A NOMBRAR

Tiré del cordón.

Las persianas subieron de golpe.

La habitación se inundó de luz.

Liam soltó un rugido.

—¡Bájalas!

No lo hice.

Y entonces lo vi.

No estaba furioso.

Estaba aterrorizado.

Liam intentó incorporarse, pero el dolor de su abdomen lo obligó a caer contra las almohadas.

—¡Te dije que nunca hicieras eso!

—¿Por qué?

—¡Ciérralas!

—No.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—No tienes idea de lo que acabas de hacer.

—Entonces explícame.

Señaló la ventana.

—Aléjate.

Miré hacia el jardín.

Bosque.

Una fuente.

Dos hombres armados patrullando.

Nada más.

Hasta que vi el pequeño punto rojo desplazándose por la pared.

Sobre mi pecho.

Liam reaccionó antes que yo.

Me agarró del brazo y tiró de mí hacia la cama.

El vidrio explotó.

Caí sobre él mientras un disparo atravesaba la habitación.

La puerta se abrió violentamente.

Leo entró con tres hombres armados.

—¡Persianas!

Uno de ellos las bajó.

Leo me miró con furia.

—¿Qué demonios hiciste?

—Lo que nadie quiso explicarme.

Liam respiraba con dificultad.

—Sáquenla de aquí.

Me incorporé.

—¿Me estás despidiendo?

—Sí.

—Perfecto. Págame cuatro días.

—Págale la semana completa —ordenó Liam.

—Necesito diez mil por semana, no caridad.

Él me miró.

—¿Para qué?

Me quedé callada.

Leo respondió por mí.

—Su hermano.

Giré hacia él.

—¿Cómo sabes eso?

—Investigamos a cualquiera que entra aquí.

Liam frunció el ceño.

—¿Qué tiene?

No quería decírselo.

Pero ya nada parecía importar.

—Leucemia.

Su expresión cambió.

—¿Cuántos años?

—Diecisiete.

—¿Y los diez mil?

—Un ensayo experimental.

Liam miró hacia las persianas destrozadas.

Luego hacia mí.

—No estás despedida.

—Hace diez segundos sí.

—Cambié de opinión.

—Yo no.

Tomé mi bolso.

Entonces dijo:

—Cincuenta mil por semana.

Me detuve.

—¿Qué?

—Quédate.

Lo miré.

—¿Por qué?

Liam señaló su pierna.

—Porque eres la primera persona en cinco semanas que me habla como si no pudiera mandarla matar.

—¿Puedes?

Leo tosió.

Liam casi sonrió.

—Quédate y quizá lo descubras.


Aquella noche entendí por qué vivía a oscuras.

Tres semanas antes, una bomba había destruido su vehículo.

Liam sobrevivió.

Su conductor no.

Después alguien disparó contra su habitación en un hospital privado.

Por eso lo habían llevado a la mansión.

—¿Quién intenta matarte? —pregunté.

—La lista es larga.

—Entonces empieza por orden alfabético.

Soltó una risa breve.

Era la primera vez que lo escuchaba reír.

—Eres insoportable.

—Y tu temperatura es de treinta y nueve.

Su sonrisa desapareció.

La infección estaba avanzando.

Llamé al médico de la familia.

Cuando llegó, confirmó mis sospechas.

—Necesita cirugía —dijo.

Liam negó.

—No salgo de esta casa.

—Entonces quizá no salgas vivo de ella —respondí.

Él me miró.

—¿Siempre eres así?

—Cuando mis pacientes son idiotas, sí.

Finalmente aceptó.


Dos días después, mientras Liam estaba en cirugía, Leo me encontró en el pasillo del hospital.

Tenía un sobre.

—Tu pago.

Lo abrí.

Cincuenta mil dólares.

Mis ojos ardieron.

—Esto cubre el depósito del tratamiento de Tommy.

—Liam ordenó otra cosa.

Leo me entregó un documento.

Era una confirmación bancaria.

El tratamiento completo de Tommy había sido pagado.

Ciento ochenta mil dólares.

Me quedé sin aire.

—No.

—Ya está hecho.

—No puedo aceptar esto.

—Discútelo con él cuando despierte.

Eso hice.

Entré furiosa.

—¿Quién te dio permiso?

Liam apenas podía mantener los ojos abiertos.

—¿Para qué?

Le puse el documento sobre el pecho.

—Esto.

Lo leyó.

—Ah.

—¿“Ah”? ¡Pagaste el tratamiento de mi hermano!

—Entonces supongo que ahora tendrás que quedarte hasta que me den el alta.

—No puedes comprarme.

Liam levantó los ojos.

—No intentaba comprarte.

—¿Entonces qué?

Su voz perdió toda ironía.

—Intentaba salvar a alguien que tú amas.

No pude responder.


Tommy comenzó el ensayo tres días después.

Y Liam mejoró.

Hasta que llegó el segundo giro.

Una noche encontré a Leo revisando el gabinete de medicamentos.

—¿Qué haces?

Se sobresaltó.

—Inventario.

Miré la jeringa en su mano.

No era el antibiótico de Liam.

—Dámela.

—Vuelve a tu habitación.

—Leo.

Retrocedió.

Entonces comprendí.

Las enfermeras anteriores.

Las infecciones inexplicables.

La información sobre las ventanas.

El enemigo no estaba fuera de la mansión.

Estaba dentro.

Corrí hacia Liam.

Leo me alcanzó en el corredor.

Me agarró.

—No entiendes nada.

Le clavé el codo en el estómago y grité.

Dos guardias aparecieron.

—¡Tiene una jeringa!

Leo intentó sacar un arma.

No llegó a hacerlo.

Lo derribaron.

Liam apareció en la puerta apoyado en sus muletas.

Su rostro estaba blanco.

—Leo.

El hombre que había estado a su lado durante quince años bajó la cabeza.

—Lo siento.

—¿Quién?

Leo guardó silencio.

Liam dio otro paso.

—¿Quién te paga?

—Tu tío Vincent.

La expresión de Liam se congeló.


Vincent Mercer era quien había administrado los negocios mientras Liam se recuperaba.

También era el único que se beneficiaba si Liam moría.

La policía recibió las pruebas.

Leo terminó confesando.

Había saboteado medicamentos y filtrado la ubicación de Liam. Las enfermeras anteriores no habían sabido la verdad; algunas habían visto demasiado y habían sido intimidadas hasta marcharse.

Vincent fue detenido días después cuando intentaba abandonar el país.

Por primera vez desde que llegué, las persianas permanecieron abiertas.


Una semana más tarde recibí una llamada.

Era el oncólogo de Tommy.

Contesté temblando.

—¿Doctor?

—Los primeros resultados son mejores de lo esperado.

Me senté.

—¿Qué significa?

—Que está respondiendo.

Empecé a llorar.

Liam estaba al otro lado de la habitación.

No preguntó.

Simplemente supo.

—¿Tommy?

Asentí.

Liam sonrió.

—Bien.

Me acerqué y, sin pensarlo, lo abracé.

Se quedó completamente rígido.

—¿Qué haces?

—Cállate.

Después de unos segundos, sus brazos me rodearon.


Tres meses después, Tommy estaba en remisión.

Liam caminaba nuevamente.

Y yo tenía que marcharme.

Dejé mi uniforme doblado sobre la cama de invitados.

Cuando bajé, Liam esperaba junto a la puerta.

—¿Así que eso es todo?

—Ya no necesitas una enfermera.

—Nunca necesité una enfermera.

Levanté una ceja.

—Casi moriste de septicemia.

—Detalles.

Sonreí.

—Adiós, Liam.

—Espera.

Sacó un sobre.

—Si contiene dinero, te lo arrojo.

—No es dinero.

Era una oferta de trabajo.

Una clínica comunitaria.

Atención gratuita para familias que no podían pagar tratamientos complejos.

Directora clínica:

Sarah Bennett.

Lo miré.

—¿Qué es esto?

—Algo que llevo meses preparando.

—¿Por qué?

—Porque descubrí que tener dinero sólo para mantener vivos negocios que odio es bastante estúpido.

—Liam…

—Y porque seis enfermeras huyeron de mí.

Sonrió.

—Sería una pena desperdiciar a la única que abrió las persianas.


Acepté.

No porque le debiera nada.

Sino porque la clínica podía ayudar a personas como Tommy.

Liam abandonó gradualmente los negocios criminales que había heredado, entregó información suficiente para cerrar viejas operaciones y convirtió gran parte de su fortuna legítima en empresas y proyectos médicos.

No ocurrió de la noche a la mañana.

Pero ocurrió.

Un año después, Tommy regresó a la escuela.

Dos años después, estaba estudiando enfermería.

Y Liam seguía apareciendo en mi oficina sin cita.

—Tengo dolor —dijo una tarde.

—¿Dónde?

Se llevó una mano al pecho.

—Aquí.

Lo miré.

—Cardiología está en el segundo piso.

—Creo que es emocional.

—Entonces psiquiatría está en el tercero.

Liam sonrió.

—¿Cena?

Suspiré.

—¿Esto es una emergencia médica?

—Gravísima.

—Una cena.

—Dos.

—No abuses.


Terminamos casándonos tres años después.

Tommy fue mi padrino.

Y en nuestra casa jamás hubo persianas cerradas durante el día.

A veces todavía recuerdo aquella primera mañana.

Yo había llegado pensando que Liam Mercer era un monstruo al que debía soportar el tiempo suficiente para salvar a mi hermano.

Él pensaba que yo sería otra enfermera aterrorizada que desaparecería antes del viernes.

Los dos estábamos equivocados.

Porque el hombre que todos temían terminó salvando la vida de Tommy.

Y yo hice aquello que nadie en esa mansión se había atrevido a hacer.

No fue desafiarlo.

No fue descubrir al traidor.

Ni siquiera fue abrir aquellas persianas.

Fue mirar al hombre escondido detrás de toda aquella oscuridad y negarme a tenerle miedo.

Y cuando finalmente entró la luz, descubrimos que ninguno de los dos tenía que seguir viviendo como antes.

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