PARTE 2: LA RESPUESTA QUE CAMBIÓ TODO

Ethan permaneció inmóvil frente a Nora.

La pregunta seguía flotando entre los dos.

—Cuando estés sobrio… ¿también querrás verme?

El hombre que había enfrentado incendios, accidentes y situaciones que hacían retroceder a otros hombres no pudo responder inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Sí.

Nora levantó la mirada.

—¿De verdad?

—Sí. Pero no quiero que volvamos a tomar ninguna decisión importante mientras alguno de los dos haya bebido.

Ella asintió.

—De acuerdo.

Ethan tomó su chaqueta.

—Entonces empezamos de cero.


El desayuno fue incómodo.

Nora había preparado café, tostadas y huevos.

Ethan permaneció sentado frente a ella, completamente despierto y mucho más avergonzado que la noche anterior.

—Quiero aclarar algo —dijo.

Nora dejó el tenedor.

—¿Qué?

—No quiero que pienses que estoy enfadado contigo.

—¿No?

—No.

Hizo una pausa.

—Pero tampoco quiero fingir que lo ocurrido fue una buena forma de comenzar algo.

Nora asintió.

—Lo sé.

—Si algún día pasa algo entre nosotros, quiero que los dos estemos completamente sobrios, tranquilos y seguros de lo que estamos haciendo.

Nora sonrió tímidamente.

—Me parece justo.

Ethan respiró aliviado.

—Bien.

—¿Eso significa que tendremos una cita?

Sus orejas volvieron a ponerse rojas.

—Sí.

Nora sonrió.

—Entonces tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Ya conozco tu apartamento.

Ethan la miró.

—Eso no cuenta como cita.

—Lo sé.

—Y tampoco cuenta lo de anoche.

Nora bajó la mirada.

—Entendido.


Aquella misma tarde, Ethan salió del edificio.

No llevaba uniforme.

Vestía una camisa azul sencilla.

Nora lo esperaba en la entrada.

Cuando lo vio, se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando raro.

—Estoy intentando acostumbrarme a verte sin ropa de trabajo.

Ethan soltó una pequeña risa.

—Tú también te ves diferente.

—¿Diferente cómo?

—Menos asustada.

Nora sonrió.

—Quizá porque ahora sé que eres terrible preparando café.

—Eso es injusto.

—Lo probé esta mañana.

—Y sobreviviste.

Ella se rio.

Y por primera vez estuvieron juntos sin confusión, sin alcohol y sin una situación que ninguno pudiera explicar después.

Solo dos personas intentando conocerse.


La primera cita fue sencilla.

Caminaron por un parque.

Hablaron durante horas.

Nora descubrió que Ethan dibujaba cuando estaba estresado.

Ethan descubrió que Nora coleccionaba pequeños libros ilustrados.

Ella le preguntó por qué había elegido ser bombero después de dejar las fuerzas especiales.

Ethan respondió:

—Porque quería seguir ayudando a personas, pero de una manera diferente.

—¿Nunca tienes miedo?

—Claro que sí.

Nora lo miró sorprendida.

—No pareces tenerlo.

—Tener miedo y actuar de todos modos son cosas diferentes.

Ella sonrió.

—Eso me gusta.

Ethan bajó la mirada.

—A mí me gusta que tú no me mires como todos los demás.

—Al principio sí te miraba así.

—Lo recuerdo.

—Pensaba que eras aterrador.

—También lo recuerdo.

—Pero ahora sé que eres un gigante tímido.

Ethan se rio.

—No se lo digas a nadie.


Las semanas siguientes cambiaron la relación entre ambos.

Nora dejó de esconderse cuando lo encontraba en el pasillo.

Ethan dejó de pegarse a la pared para dejarle espacio.

Ahora caminaban juntos.

A veces cenaban.

A veces veían películas.

Y una noche, después de varios encuentros, Ethan se detuvo frente a su puerta.

—Nora.

—¿Sí?

—Quiero preguntarte algo.

Ella sonrió.

—¿Otra vez vas a pedir permiso?

—Siempre.

La expresión de Nora se suavizó.

—Entonces pregunta.

—¿Puedo tomarte de la mano?

Nora extendió la suya.

—Sí.

Ethan la tomó.

Nada más.

Pero para ambos significó mucho.


Tres meses después, Ethan recibió una llamada durante la madrugada.

Había un incendio en un edificio cercano.

Se vistió rápidamente.

Antes de salir, encontró a Nora en el pasillo.

—Tengo que irme.

Ella asintió.

—Lo sé.

Ethan dudó.

—¿Me esperarás?

Nora sonrió.

—Eso fue exactamente lo que dijiste que querías encontrar algún día.

Ethan se quedó mirándola.

—Sí.

—Entonces ve.

Él salió.

Nora cerró la puerta.

Y por primera vez Ethan comprendió que aquella frase que había pronunciado ante la casamentera no había sido una fantasía.

Alguien realmente lo esperaba.


Horas después regresó.

Estaba cansado, cubierto de polvo y con una pequeña venda en la mano.

Nora abrió la puerta.

—¿Estás bien?

—Sí.

Ella suspiró aliviada.

—Bien.

Ethan la miró.

—¿Sigues queriendo verme?

Nora sonrió.

—Sí.

—¿Incluso después de todo?

—Especialmente después de todo.

Él bajó la mirada.

—Entonces creo que tuve mucha suerte.

Nora negó.

—No.

—¿No?

—Los dos tuvimos suerte.


Un año después, Ethan volvió a encontrarse con la casamentera.

Ella lo reconoció inmediatamente.

—¡El bombero de las tres citas!

Ethan sonrió.

—Ese mismo.

—¿Y?

—Tenía razón.

—¿Sobre qué?

Ethan miró hacia la puerta.

Nora acababa de entrar.

—Sobre que alguien aparecería.

La mujer sonrió.

—¿Es ella?

Ethan asintió.

Nora se acercó.

—Hola.

—Hola.

La casamentera los observó.

—¿Y cuántos hijos quieren?

Ethan se puso rojo.

Nora comenzó a reír.

—Primero queremos terminar de aprender a desayunar juntos.

Ethan asintió.

—Eso.

Salieron juntos.

Sin prisa.

Sin miedo.

Sin necesidad de demostrar nada.

Porque la historia de Ethan y Nora no había comenzado realmente aquella noche confusa.

Había comenzado después.

Cuando ambos estuvieron sobrios, hablaron honestamente y eligieron conocerse de verdad.

Y Ethan finalmente descubrió que no necesitaba parecer menos fuerte para que alguien lo quisiera.

Solo necesitaba encontrar a alguien que mirara más allá de la cicatriz.

Nora descubrió que detrás del hombre enorme que todos evitaban había alguien que preguntaba antes de acercarse, escuchaba cuando ella hablaba y entendía que querer a alguien también significaba respetar sus límites.

Y aquella fue la respuesta que ninguno de los dos había sabido encontrar en sus primeras citas:

El amor no empieza cuando dos personas se necesitan. Empieza cuando dos personas pueden elegirse libremente, con los ojos abiertos y sin miedo.

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