No podía enfrentarme a ellos.
No todavía.
Tenía las piernas débiles, la visión borrosa y tres personas a bordo acababan de discutir mi asesinato como si organizaran una cena.
Así que hice lo único que podía salvarme.
Fingí seguir drogada.
Regresé a nuestra suite apoyándome en las paredes.
Cerré la puerta.
Corrí al baño y metí dos dedos en mi garganta.
Vomité hasta que sólo salió agua.
Después abrí el grifo para ocultar el sonido y marqué el único número que Flynn nunca imaginó que usaría.
—¿Capitán Reyes?
—Señorita Sterling.
—Necesito que me escuche sin interrumpirme. Mi esposo y sus padres planean matarme esta noche.
Hubo silencio.
—¿Dónde está usted?
—En mi suite.
—Cierre con llave.
—No puedo. Si sospechan algo, adelantarán el plan.
Respiró profundamente.
—Voy hacia usted.
—No. Flynn vigila a la tripulación.
Miré mi reloj.
Las diez y veintisiete.
—Capitán, ¿el yate tiene cámaras?
—En áreas comunes. No dentro de las habitaciones.
—¿La cubierta de popa?
—Sí.
Sentí por primera vez una chispa de esperanza.
—Entonces no las apague esta noche.
Mi siguiente llamada fue a mi padre.
No respondió.
Mi madre tampoco.
Recordé lo que Flynn había dicho.
“Mis muchachos ya están esperando.”
Llamé a Graham Cole, jefe de seguridad de mi padre.
Contestó inmediatamente.
—Señorita Sterling.
—Graham, cancela el viaje de mis padres a las montañas.
—¿Por qué?
—Porque alguien manipuló o planea manipular su vehículo.
Su tono cambió.
—¿Está segura?
—Completamente. Y no llames a Flynn por ninguna razón.
Le conté todo.
Cuando terminé, Graham sólo dijo:
—Entendido.
Sabía qué significaba.
Mis padres estarían protegidos.
Ahora tenía que sobrevivir yo.
A las once, Flynn entró.
Me encontró acostada.
—¿Cómo te sientes, amor?
Tuve que contener las náuseas cuando me besó la frente.
—Mareada.
Sonrió.
—Te traeré tu medicina.
—Gracias.
Volvió con dos pastillas.
Las puse bajo la lengua.
Bebí agua.
Esperé hasta que salió y las escupí dentro de una caja de pañuelos.
Luego guardé una en una bolsita.
Prueba.
A las once y cuarenta, alguien tocó suavemente.
Fiona.
—Cariño, ¿estás despierta?
—Un poco.
Entró y se sentó junto a mí.
Me acarició el cabello.
La misma mujer que hacía unas horas había brindado por mi muerte.
—Flynn te adora —susurró.
—Lo sé.
—Somos tu familia ahora.
Casi me reí.
—Sí.
Me dio un beso en la mejilla.
—Descansa.
Cuando cerró la puerta, comprendí algo aterrador.
No estaban nerviosos.
Ya habían hecho cosas como ésta antes.
A las 11:58, Flynn regresó.
—Amor, ven conmigo.
—Estoy cansada.
—Un poco de aire fresco te hará bien.
Me levanté tambaleándome deliberadamente.
Él rodeó mi cintura.
—Eso es. Yo te sostengo.
Caminamos hacia popa.
El viento había aumentado.
Relámpagos iluminaban el horizonte.
No había nadie.
O eso creía Flynn.
Nos detuvimos junto a la barandilla.
—Mira el océano —dijo.
Me puse frente al agua.
Escuché sus zapatos acercarse.
Un paso.
Dos.
Entonces habló.
—Perdóname.
Me giré.
—¿Por qué?
Su rostro se congeló.
Ya no arrastraba las palabras.
Ya no parecía sedada.
—¿Qué…?
—Te pregunté por qué deberías pedir perdón.
Retrocedió.
—No entiendo.
—Claro que sí, Flynn.
Saqué mi teléfono.

—Escuché todo.
Su rostro perdió el color.
Entonces dejó de fingir.
Se lanzó hacia mí.
Pero antes de tocarme, cuatro reflectores iluminaron la cubierta.
—¡Quieto!
El capitán Reyes apareció acompañado por dos miembros de seguridad del yate.
Flynn retrocedió.
—¿Qué demonios es esto?
—Las cámaras están grabando —dije.
Y entonces llegó el primer giro.
Una voz femenina sonó detrás de él.
—También mi teléfono.
Fiona y Aidan aparecieron en la escalera.
Pero entre ellos venía otra mujer.
Alta.
Rubia.
Temblando.
La reconocí.
Sienna Vale, la supuesta exnovia de Flynn.
La mujer que él juraba no haber visto desde hacía tres años.
Su amante.
—¿Qué haces aquí? —gritó Flynn.
Sienna levantó su teléfono.
—Terminando esto.
Había contactado al capitán una hora antes.
Resultó que Sienna llevaba dos días escondida en una cabina de servicio.
Flynn la había embarcado en secreto.
Su plan era reunirse con ella después de mi “accidente”.
Pero Sienna había escuchado algo que Flynn nunca pretendió que oyera.
—Después de que murieras —dijo ella—, Aidan quería deshacerse de mí también.
Aidan palideció.
—Mentirosa.
Sienna reprodujo una grabación.
La voz de Aidan llenó la cubierta:
“Una amante viva es un testigo. Cuando Flynn tenga el dinero, solucionamos también ese problema.”
Flynn miró a su padre.
—¿Qué?
Y por primera vez, los depredadores comenzaron a devorarse entre ellos.
—¡Ella está mintiendo!
—¡Tú dijiste que Sienna estaría protegida!
—¡Cállate, idiota!
Fiona gritó:
—¡Todos cállense!
Demasiado tarde.
Todo estaba grabado.
Entonces mi teléfono sonó.
Graham.
Contesté con altavoz.
—Señorita Sterling, sus padres están seguros.
Cerré los ojos.
—Gracias.
—Y encontramos un dispositivo instalado en el sistema de frenos del vehículo reservado para su viaje.
Flynn dejó de respirar.
—La policía ya tiene el automóvil —continuó Graham—. También identificamos al hombre que entró al garaje.
Aidan corrió hacia la escalera.
Dos tripulantes bloquearon su camino.
—Nadie abandona la cubierta —ordenó Reyes.
Pero todavía faltaba algo.
Miré a Flynn.
—Dijiste que tenías un poder firmado.
Su miedo desapareció por un instante.
Volvió aquella sonrisa arrogante.
—Lo tengo.
—No.
Saqué mi teléfono.
—Tienes una copia sin valor.
Su sonrisa murió.
Tres semanas antes de la boda, mi padre había insistido en revisar todos mis documentos patrimoniales.
Yo había pensado que exageraba.
Ahora quería abrazarlo.
El supuesto poder que Flynn me hizo firmar había sido revocado formalmente cuarenta y ocho horas después.
Y había algo más.
Mi fideicomiso establecía expresamente que ningún cónyuge podía heredar el capital principal si mi muerte ocurría bajo circunstancias no aclaradas.
Los trescientos millones jamás habrían llegado a Flynn.
Todo aquello había sido por nada.
—No puedes hacernos esto —susurró.
Lo miré.
—Flynn, intentaste asesinarme.
—¡Porque me dijiste que confiabas en mí!
La absurda frase me dejó helada.
—Exactamente.
Al amanecer, el yate cambió de rumbo.
Las autoridades nos esperaban al llegar a puerto.
Entregamos las grabaciones.
Las pastillas.
Los registros de las cámaras.
El testimonio de Sienna.
Y las pruebas relacionadas con el vehículo de mis padres.
La investigación reveló después algo todavía peor.
Flynn tenía deudas enormes ocultas.
Aidan había utilizado empresas fantasma durante años.
Y mi matrimonio había sido planeado mucho antes de que Flynn fingiera conocerme casualmente en una gala benéfica.
No se había enamorado de mí.
Me había estudiado.
Mis rutinas.
Mis amistades.
Mis inseguridades.
Hasta el restaurante donde organizó nuestro “primer encuentro”.
Aquello fue lo que más dolió.
No perder un esposo.
Descubrir que nunca había existido.
El proceso judicial duró mucho más que nuestra luna de miel.
Sienna colaboró con las autoridades.
Mis padres sobrevivieron.
Mi matrimonio fue disuelto.
Y el dinero permaneció exactamente donde siempre había estado.
Meses después volví al mismo yate.
Esta vez con mis padres.
El capitán Reyes me encontró contemplando el océano.
—¿No le da miedo regresar?
Pensé en ello.
—No quiero regalarle también el mar.
Sonrió.
Aquella noche permanecí sola en la cubierta de popa.
El agua estaba tranquila.
Pensé en Flynn detrás de mí a medianoche, creyendo que un pequeño empujón le entregaría trescientos millones de dólares.
Había confundido mi confianza con estupidez.
Mi amor con vulnerabilidad.
Mi riqueza con mi valor.
Y estuvo a punto de matarme por una fortuna que ni siquiera podía heredar.
Pero se equivocó en algo todavía más importante.
Creyó que después de descubrir la verdad yo estaría demasiado drogada, demasiado aterrada y demasiado sola para reaccionar.
No lo estaba.
Aquella luna de miel no terminó con una heredera desaparecida en el Caribe.
Terminó con una mujer regresando a casa junto a sus padres, viva y libre, mientras quienes habían brindado por su muerte tuvieron que explicar ante un tribunal cada palabra que creyeron que el océano jamás repetiría.
Y desde entonces nunca volví a pensar que sobreviví porque tenía trescientos millones.
Sobreviví porque, cuando finalmente escuché la verdad, decidí confiar en mí antes que en el hombre que había jurado amarme.