—¿Qué cosa? —susurré.
Elena miró a Luca.
Él estaba hablando con Marco, lo bastante lejos para no escucharnos.
—Tu padre no te prometió para pagar una deuda.
Sentí que el estómago se me hundía.
—Entonces ¿por qué estoy aquí?
—Porque cree que casarte con Luca salvará su empresa.
—Eso sigue sonando bastante parecido a una deuda.
—No entiendes. Luca ya pagó esa deuda hace seis meses.
La miré fijamente.
—¿Qué?
—Tu padre no le debe nada a mi hermano.
Elena respiró hondo.
—Luca canceló todo cuando descubrió que Bennett Bakery estaba a punto de cerrar.
Miré hacia él.
—¿Por qué haría eso?
—Porque te conocía.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—Estoy bastante segura de que habría recordado conocer a un hombre de dos metros.
—No personalmente.
Elena sacó su teléfono.
En la pantalla apareció una fotografía.
Era una tarta.
Mi tarta.
La había preparado dos años antes para una subasta benéfica en Boston.
—Luca compró ese pastel.
—¿Luca estuvo allí?
—No. Yo sí. Le envié una fotografía porque jamás había visto algo semejante.
Deslicé el dedo.
Había un mensaje debajo.
De Luca.
“Parece algo hecho por una persona que todavía cree que las cosas pueden terminar bien.”
Levanté la mirada.
—Eso no explica el matrimonio.
—No. Pero explica por qué, cuando tu padre ofreció tu mano para salvarse, Luca dijo que sólo aceptaría si tú venías voluntariamente.
Sentí rabia.
No contra Luca.
Contra mi padre.
—Él me dijo que si rechazaba esto perderíamos todo.
—Entonces te mintió.
—Sophia.
La voz de Luca me hizo girar.
—Si quieres marcharte, Marco te llevará al aeropuerto.
Elena abrió la boca.
—Luca…
—Ahora no.
Sus ojos permanecieron en mí.
—No habrá ceremonia si no quieres.
—¿La deuda de mi padre está pagada?
Su rostro cambió.
El silencio respondió antes que él.
—Sí.
—¿Desde hace seis meses?
—Sí.
—¿Y sabías que él me dijo que debía casarme contigo para pagarla?
La mandíbula de Luca se tensó.
—No.
Miró a Marco.
—Encuentra a Richard Bennett.
Su voz había cambiado por completo.
Por primera vez escuché al hombre al que todos parecían temer.
—Ahora.
Mi padre llegó dos horas después.
Entró indignado.
—Sophia, ¿qué hiciste?
Casi me reí.
—¿Yo?
Luca permanecía junto a la chimenea.
—La deuda fue cancelada, Richard.
Mi padre palideció.
—Eso era entre nosotros.
—No después de que utilizaste mi nombre para obligar a tu hija a venir.
—¡Mi empresa está muriendo!
—Entonces debiste decírmelo —respondí.
Papá me miró.
—Tú no entiendes de negocios.
Aquello dolió.
Había trabajado diez años en nuestra panadería.
Había horneado hasta las cuatro de la mañana para pagar proveedores que él olvidaba.
—Entiendo bastante bien que me vendiste.
—¡Intentaba salvar nuestra familia!
Luca dio un paso.
Papá retrocedió instintivamente.
—No vuelvas a utilizar esa palabra para justificar lo que hiciste.
Mi padre lo señaló.
—¡Tú aceptaste!
Y entonces llegó el primer giro que Luca tampoco esperaba.
Papá sacó unos documentos.
—Porque necesitabas una esposa.
Elena se puso rígida.
—Richard, cállate.
—¿Por qué? ¿Ella todavía no lo sabe?
Miré a Luca.
—¿Saber qué?
Luca cerró los ojos.
Mi padre sonrió amargamente.
—Si Luca Moretti no se casa antes de cumplir treinta y cinco años, pierde el control de la mitad del patrimonio familiar.
El silencio fue brutal.
—¿Es verdad? —pregunté.
—Sí —respondió Luca.
—¿Cuándo cumples treinta y cinco?
—Mañana.
Perfecto.
Me habían llevado a Italia para protagonizar la peor comedia romántica de la historia.
—Necesito aire.
Salí al jardín.
Luca no me siguió.
Y extrañamente eso fue lo que me hizo detenerme.
Cualquier otro hombre de aquella casa parecía acostumbrado a conseguir lo que quería.
Luca me estaba dejando marchar.
Volví quince minutos después.
Seguía exactamente donde lo había dejado.
—¿Por qué cinco mujeres te rechazaron?

Frunció el ceño.
—Eso no importa.
—A mí sí.
Elena respondió:
—Porque nuestro tío eligió cinco candidatas de familias aliadas. Todas llegaron esperando otra cosa.
Luca soltó una risa sin humor.
—Una preguntó si realmente tenía que estar de pie junto a mí en las fotografías.
Sentí una punzada.
—Otra dijo que parecía un guardaespaldas, no un esposo —añadió Elena.
—Basta.
Miré a Luca.
Toda aquella fuerza y, sin embargo, había una herida evidente en sus ojos.
—¿Y me habrías dejado ir sabiendo que perderías el patrimonio?
—Sí.
—¿Por qué?
Su respuesta llegó sin vacilar.
—Porque sé exactamente cómo se siente que alguien te mire y decida que eres una obligación. No voy a hacerte eso.
Ahí fue cuando tomé mi decisión.
—Entonces no me casaré contigo esta noche.
Mi padre sonrió.
Luca simplemente asintió.
—Entiendo.
—Pero me quedaré una semana.
Todos me miraron.
—¿Para qué?
—Para averiguar si me caes bien.
Por primera vez, Luca Moretti se quedó completamente sin palabras.
La semana se convirtió en tres.
Descubrí que Luca cocinaba terriblemente.
Que alimentaba en secreto a un gato callejero detrás de la cocina.
Que odiaba las fiestas.
Que hablaba cuatro idiomas.
Y que cuando se reía de verdad inclinaba la cabeza como si todavía le sorprendiera que algo pudiera hacerlo feliz.
También descubrí que su supuesto imperio criminal ya no era lo que había sido.
Su abuelo sí había construido poder mediante contrabando y violencia.
Luca llevaba años desmontando esas operaciones y convirtiendo el patrimonio familiar en hoteles, transporte y viñedos legales.
Eso le había creado enemigos.
Especialmente uno.
Su tío Vittorio.
El mismo hombre que había redactado la cláusula matrimonial.
La tercera noche, escuché voces en la biblioteca.
—Debiste casarte con ella inmediatamente —decía Vittorio.
—Sophia decidirá por sí misma.
—Entonces perderás el voto mañana.
Me quedé inmóvil.
¿Mañana?
Luca había mentido sobre algo.
Su cumpleaños ya había pasado.
La cláusula no vencía entonces.
Lo que vencía era un plazo para transferir el control de varias empresas a Vittorio.
Entré.
—¿Qué está pasando?
Vittorio sonrió.
—Pregúntale a tu novio.
Luca se levantó.
—Sophia…
—Sin secretos.
Elena apareció detrás de mí con documentos en la mano.
—Encontré esto.
Los dejó sobre la mesa.
Y llegó el segundo giro.
La cláusula matrimonial era falsa.
Vittorio la había añadido a una copia alterada del fideicomiso.
El documento auténtico no exigía matrimonio.
Exigía que Luca nombrara un heredero o estableciera una fundación familiar antes de los treinta y cinco para conservar el control.
Vittorio había convencido a todos de que necesitaba una esposa porque esperaba colocar junto a Luca a una mujer de una familia que pudiera manipular.
Las cinco candidatas anteriores no habían sido coincidencia.
—¿Y Sophia? —preguntó Luca.
Elena miró los papeles.
—Sophia nunca estuvo en su lista.
Vittorio perdió la sonrisa.
Eso explicaba por qué Luca había aceptado precisamente a la hija de un panadero estadounidense.
Era la única mujer que Vittorio no había elegido.
Las siguientes horas fueron un caos de abogados, documentos y llamadas.
Al amanecer, Vittorio había perdido cualquier autoridad dentro de las empresas Moretti.
Mi padre también tuvo que enfrentarme.
No lo perdoné inmediatamente.
Pero le di una opción.
—Voy a ayudar a salvar la panadería.
Sus ojos se iluminaron.
—Sabía que…
—No terminé.
Lo miré.
—La salvaré comprando tu participación.
Se quedó helado.
—Sophia…
—Después puedes decidir si quieres volver como empleado. Pero nunca más vas a controlar mi vida usando el negocio como una cadena.
Firmamos tres meses después.
Bennett Bakery pasó a ser mía.
¿Y Luca?
No nos casamos aquella primera noche.
Ni aquella semana.
Ni por una deuda.
Luca vino a Boston seis meses después.
Entró en mi panadería y golpeó la cabeza contra el marco de la puerta.
Me reí tanto que tuve que apoyarme en el mostrador.
—No digas nada —gruñó.
—¿Sobre ti?
—Sobre la puerta.
Sonreí.
—Es una puerta bonita. Odiaría insultarla.
Me reconoció sus propias palabras y comenzó a reír.
Entonces sacó una pequeña caja.
—Esta vez no hay sacerdote esperando.
Mi corazón se aceleró.
—Bien.
—No hay contratos.
—Mejor.
—No hay deuda.
—Luca.
Se arrodilló.
Incluso así seguía pareciendo enorme.
—Sólo hay una pregunta.
Me cubrí la boca.
—Sophia Bennett, ¿quieres casarte conmigo porque tú lo elegiste?
Lo miré.
Al hombre que todos temían.
Al hombre que cinco mujeres habían rechazado antes de conocer.
Al hombre que había tenido suficiente poder para obligarme y había preferido arriesgarse a perderlo todo antes que quitarme una elección.
—Sí.
Luca cerró los ojos.
Y aquella vez la expresión de su rostro sí fue alivio.
Nos casamos junto al lago de Como un año después.
Yo hice nuestro pastel.
Tropecé mientras lo transportaba.
Luca me atrapó antes de que cayera.
—Algún día vas a matarme del susto —murmuró.
—Pero no hoy.
Elena se rio detrás de nosotros.
Mi padre asistió como invitado, no como dueño de mi destino.
Y cuando llegó el momento de caminar hacia Luca, comprendí algo.
Todos creían que nuestra historia había comenzado porque una panadera torpe había aceptado casarse con un jefe de la mafia al que nadie quería.
No era verdad.
Yo no lo había salvado del rechazo.
Él tampoco me había salvado de mi padre.
Simplemente fuimos las primeras personas en mucho tiempo que nos permitimos elegir sin miedo.
Y para un hombre que toda su vida había esperado escuchar “no”, Luca Moretti descubrió que el “sí” más importante no era el que podía comprar, exigir o negociar.
Era el único que jamás habría aceptado de otra manera:
el que fue dado libremente.