Parte 2: VOLVÍ TRES AÑOS DESPUÉS COMO LA CIENTÍFICA QUE PODÍA SALVAR SU EMPRESA, PERO ETHAN DESCUBRIÓ DEMASIADO TARDE POR QUÉ DESAPARECÍ DE SU BODA

A la mañana siguiente entendí por qué el vicealcalde había enviado funcionarios a recibirme.

Mia dejó una carpeta sobre la mesa del hotel.

—Tres empresas compiten por la licencia regional de tu tecnología.

Revisé los nombres.

El tercero me hizo detenerme.

Cole Biomed.

La empresa de Ethan.

—Qué coincidencia —murmuró Mia.

—No existen las coincidencias cuando hay doscientos millones de dólares involucrados.

Mi descubrimiento había nacido de aquellos ciento cuarenta y dos experimentos fallidos en Ginebra: un nuevo sistema de regeneración de tejido cardíaco que reducía drásticamente ciertos tiempos de recuperación.

La patente pertenecía a la compañía que yo había fundado.

Y ahora necesitábamos un socio industrial para entrar en aquel mercado.

—La presentación final es mañana —dijo Mia—. ¿Quieres retirarlos?

Cerré la carpeta.

—No.

—¿Aunque sea Ethan?

—Precisamente por eso. Si los retiro sin escucharlos, significaría que todavía puede afectar mis decisiones.

Mia sonrió.

—Ahora sí volvió la reina.

Le lancé un bolígrafo.


Aquella tarde fui al cementerio.

No esperaba encontrar a Ethan junto a la tumba de mi padre.

Pero estaba allí.

Solo.

Con flores blancas.

Se volvió al escuchar mis pasos.

Durante tres años había imaginado aquel encuentro cientos de veces.

En ninguno parecía tan cansado.

—Claire.

No sentí el golpe que esperaba.

Solo una tristeza distante.

—Ethan.

Dio un paso.

—Te esperé ayer durante seis horas.

—Elegiste la salida equivocada.

Su rostro se tensó.

—Otra vez.

Comprendí que también recordaba aquella noche.

—¿Cómo supiste que regresaba?

—Tu hermana.

Mi cuerpo se puso rígido.

—¿Sophie?

—Sí.

—¿Sigues casado con ella?

Ethan permaneció en silencio.

Eso bastó.

—Entiendo.

Me agaché frente a la tumba de papá.

—Claire, necesito explicarte algo.

—No.

—Tres años llevo esperando.

Me volví.

—Yo esperé ocho.

Aquello lo hizo callar.

—Me rechazaste una y otra vez —continué—. Después te casaste con Sophie. No me debes explicaciones y yo no te debo una audiencia.

—La boda no terminó.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Sophie y yo nunca registramos el matrimonio.

Me quedé inmóvil.

Ethan tragó saliva.

—Después de que te fuiste, cancelé todo.

—¿Por qué?

—Porque descubrí algo.

Sacó el teléfono.

—Noventa y tres mensajes —dije—. Los recuerdo.

—Entonces sabes cuándo lo descubrí.

Mi paciencia se agotó.

—¿Qué descubriste?

—Que Sophie había mentido.


Nos sentamos en un banco alejado.

Ethan habló sin mirarme.

—La mañana de la boda recibí un sobre.

Dentro había correos impresos entre Sophie y mi padre.

—¿Tu padre?

—Él llevaba años presionándome para que me alejara de ti.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque tu padre y el mío habían fundado juntos la primera empresa de la familia.

Lo miré.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Mi padre siempre había dicho que había perdido sus ahorros en una inversión cuando yo era niña.

Nunca explicó cuál.

Ethan continuó:

—Cuando la compañía estuvo a punto de quebrar, mi padre convenció al tuyo de ceder temporalmente sus acciones para conseguir financiación.

—¿Temporalmente?

Ethan asintió.

—Nunca se las devolvió.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Mi padre sabía?

—Lo descubrió años después. Para entonces estaba enfermo y no quiso iniciar una guerra legal que pudiera afectarte.

Apreté las manos.

—¿Y Sophie?

—Encontró documentos entre sus cosas después de su muerte.

—¿Y se los dio a tu padre?

—Sí.

Me puse de pie.

—Entonces se casó contigo por dinero.

—Eso creí inicialmente.

Ethan también se levantó.

—Pero tampoco era toda la verdad.

—¿Qué más?

—Sophie hizo un trato con él.

Mi hermana guardaría silencio sobre las acciones.

A cambio, él garantizaría su matrimonio conmigo.

Solté una risa sin humor.

—Qué romántico.

—Claire…

—¿Y tú simplemente aceptaste casarte con ella?

Ethan cerró los ojos.

—Sí.

—Entonces no eras una víctima.

—Nunca he dicho que lo fuera.

Aquella respuesta me detuvo.

—Fui un cobarde —continuó—. Mi padre me dijo que si seguías cerca de mí, investigaría tu beca, tus patrocinadores, cualquier cosa que pudiera usar para destruir tu carrera. Creí que rechazarte era protegerte.

Lo miré incrédula.

—¿Durante ocho años?

—Durante ocho años.

—Podrías habérmelo dicho.

—Sí.

—Podrías haber confiado en mí.

—Sí.

—Podrías no haberte casado con mi hermana.

Su voz se quebró.

—Sí.

Por primera vez, Ethan no buscó una excusa.

—Y por eso no te pediré que me perdones.


Al día siguiente entré en la sala de negociaciones.

Ethan estaba sentado al extremo de la mesa de Cole Biomed.

Cuando me vio, se puso de pie.

—Doctora Song.

—Señor Cole.

Mia tuvo que ocultar una sonrisa.

Las tres compañías presentaron sus propuestas.

Ethan no mencionó nuestra historia.

No intentó acercarse.

No pidió favores.

Cuando terminó, dijo:

—Cole Biomed acepta auditoría externa completa y reconoce cualquier reclamación histórica legítima relacionada con la participación del señor Song.

Su padre se levantó bruscamente.

—¡Ethan!

Toda la sala quedó en silencio.

Ethan colocó una carpeta sobre la mesa.

—Además, antes de esta reunión presenté mi renuncia como director ejecutivo.

Eso sí me sorprendió.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó su padre.

—Corrigiendo lo que debió corregirse hace años.

Ethan acababa de entregar a los abogados los documentos que demostraban que mi padre había sido despojado de sus acciones.

Y había algo más.

La participación original, con dividendos e intereses, valía una fortuna.

No necesitaba ese dinero.

Pero pertenecía a mi padre.

Y recuperarlo significaba limpiar su nombre.


Sophie apareció esa noche en mi hotel.

No la veía desde la boda.

—Antes de que me eches —dijo—, déjame hablar.

—Tienes cinco minutos.

—Yo no quería a Ethan.

La miré fijamente.

—Elegiste una forma bastante extraña de demostrarlo.

—Quería recuperar lo que le habían quitado a papá.

—Entonces podrías habérmelo contado.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pensé que intentarías detenerme.

—Así que preferiste casarte con el hombre que sabías que yo amaba.

—Sí.

La palabra cayó entre nosotras.

—Te odié durante años, Claire.

Eso no lo esperaba.

—¿Por qué?

—Porque papá hablaba de ti como si fueras lo único que había hecho bien. La brillante. La científica. La que conseguiría escapar.

Su voz tembló.

—Y yo era la hija que se quedó cuidándolo mientras enfermaba.

La rabia dentro de mí cambió de forma.

No desapareció.

Pero dejó espacio para algo más.

—Debiste decírmelo.

—Sí.

—Yo habría regresado.

Sophie lloró.

—Eso era precisamente lo que papá no quería. Me hizo prometer que te dejaría terminar tus estudios.

Ahí estaba el tercer secreto.

Papá había protegido mi futuro.

Sophie había convertido aquella promesa en resentimiento.

Ethan había confundido cobardía con sacrificio.

Y yo había pasado ocho años creyendo que no era suficiente.


El traslado de los restos de mi padre se realizó dos días después.

Sophie estuvo allí.

Yo también.

Ethan permaneció lejos hasta que terminó la ceremonia.

Cuando todos se marcharon, se acercó.

—¿Elegiste a Cole Biomed?

—No.

Asintió.

Vi dolor en sus ojos, pero no protestó.

—Elegimos otra empresa —continué— porque presentó mejores condiciones.

—Entonces hiciste lo correcto.

—Sí.

Eso era importante.

No había regresado para destruirlo.

Tampoco para salvarlo.

Había regresado siendo una mujer capaz de elegir sin pensar primero en Ethan Cole.

—Mañana vuelvo a Zúrich —dije.

Su rostro palideció.

—Entiendo.

—¿Eso es todo?

Me miró confundido.

—¿Qué quieres que diga?

Por primera vez sonreí.

—Nada. Solo quería comprobar si finalmente habías aprendido.

Ethan soltó una pequeña risa.

—Me costó bastante.

Comencé a caminar.

—Claire.

Me detuve.

—No voy a pedirte que regreses conmigo —dijo—. Pero si algún día me permites empezar desde cero, iré yo.


Seis meses después alguien llamó a la puerta de mi laboratorio en Zúrich.

Mia apareció corriendo.

—Hay un hombre abajo.

—¿Quién?

—Alto. Abrigo negro. Aspecto de llevar tres años arrepintiéndose.

Cerré los ojos.

—Mia.

—Solo describo hechos científicos.

Bajé.

Ethan estaba allí.

Sin flores.

Sin anillo.

Sin grandes discursos.

—Hola —dijo.

—Hola.

—Conseguí trabajo aquí.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No contigo. Tranquila. Una empresa de tecnología médica. Empiezo el lunes.

—¿Abandonaste todo?

—No. Por primera vez estoy construyendo algo que no heredé.

Sacó algo del bolsillo.

La vieja pluma estilográfica que me había regalado cuando cumplí dieciocho años.

—Pensé que podríamos tomar un café.

Lo observé durante varios segundos.

El Ethan de antes habría esperado que yo corriera hacia él.

Este simplemente esperaba una respuesta.

—Un café —dije.

Sonrió.

—Un café.

No volvimos juntos aquel día.

Ni aquella semana.

Tardamos casi un año.

Tuvo que conocerme otra vez.

Yo tuve que aprender que perdonar no significaba regresar a ser la muchacha que suplicaba amor.

Sophie y yo también tardamos.

Algunas heridas no desaparecen porque alguien diga “lo siento”.

Pero pueden dejar de sangrar.

Dos años después, Ethan me llevó a cenar junto al lago.

No había fotógrafos.

Ni familias.

Ni contratos.

Sacó un pequeño anillo.

Pero antes de abrir la caja dijo:

—Si dices que no, seguiré agradecido por haberte conocido de nuevo.

Me reí entre lágrimas.

—Te estás adelantando.

—He esperado once años. Estoy nervioso.

Entonces se arrodilló.

Esta vez él hizo la pregunta.

Y esta vez yo tenía toda la libertad de responder.

—Sí.

Mucho tiempo atrás pensé que mi historia con Ethan trataba sobre conseguir que el hombre que amaba finalmente me eligiera.

Me equivocaba.

Trataba sobre aprender a elegirme primero.

Tuve que cruzar un océano, fracasar ciento cuarenta y dos veces y reconstruir mi vida para entenderlo.

Cuando regresé tres años después, Ethan casi perdió la razón porque esperaba encontrar a la muchacha que había dejado atrás.

Pero ella ya no existía.

La mujer que volvió no necesitaba que Ethan Cole la eligiera.

Por eso, cuando finalmente lo hizo, pude mirarlo sin suplicar, sin perseguirlo y sin miedo.

Y elegirlo también.

No porque hubiera esperado ocho años.

Sino porque, por primera vez en nuestra historia, los dos habíamos aprendido a caminar el uno hacia el otro.

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