Parte 2: EL DESASTRE QUE NOS OBLIGÓ A TRABAJAR JUNTOS

A las siete cincuenta y cinco de la mañana, dejé el portátil sobre la mesa de reuniones.

Mateo entró exactamente a las ocho.

—¿Terminaste?

—No.

Él levantó una ceja.

—Entonces, ¿por qué estás aquí?

—Porque descubrí que tu problema no es el algoritmo.

Mateo se cruzó de brazos.

—Ilumíname.

Conecté mi computadora al proyector.

—El medio milisegundo no aparece por nuestro código. Aparece porque el servidor militar está enviando los datos con una marca temporal incorrecta.

Mi equipo se quedó en silencio.

Mateo miró la pantalla.

—Eso no puede ser.

—Lo pensé anoche.

Ejecuté la prueba nuevamente.

El mismo retraso apareció.

Luego cambié el servidor de referencia.

Desapareció.

Mateo se acercó.

—Hazlo otra vez.

Lo hice.

Cero retraso.

Él permaneció mirando la pantalla.

—¿Cuánto tardaste en descubrirlo?

—Tres horas.

—¿Y por qué no me llamaste?

—Porque estaba demasiado ocupada odiándote.

Por primera vez, Mateo sonrió.

—Eso explica muchas cosas.

Pero entonces apareció una alerta roja.

El sistema completo se apagó.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Qué pasó?

Uno de mis ingenieros palideció.

—Alguien acaba de entrar al repositorio central.

Mateo se puso inmediatamente serio.

—¿Desde dónde?

—Desde una terminal interna de la base.

Todos nos miramos.

Mateo cerró la puerta.

—Nadie sale de esta sala.


Durante los siguientes veinte minutos revisamos los registros.

Alguien había modificado una parte del código durante la madrugada.

Y no había sido mi equipo.

—Nos están saboteando —dije.

Mateo negó.

—No quieren sabotear el proyecto.

—Entonces, ¿qué quieren?

Él señaló una carpeta.

—Quieren que parezca que ustedes lo hicieron.

Abrí el archivo.

Habían insertado comandos que provocarían errores exactamente durante una prueba operativa.

Mi sangre se heló.

—Si esto se ejecuta mañana, Halcón fallará delante del comité.

—Y tu empresa perderá el contrato.

—Y tú perderás tu puesto.

Mateo me miró.

—Ahora entiendes por qué fui tan exigente.

—Podrías haberlo mencionado sin llamarnos basura.

—Podría.

Hizo una pausa.

—Lo siento.

Lo miré sorprendida.

—¿Acabas de disculparte?

—No te acostumbres.


Encontramos la primera pista una hora después.

El acceso había sido realizado utilizando las credenciales de un comandante del proyecto.

Pero el comandante estaba fuera del país.

—Entonces alguien robó su identidad —dije.

Mateo negó.

—No.

Señaló el registro.

—La conexión vino desde su computadora personal.

—¿Estás diciendo que él está involucrado?

—Estoy diciendo que alguien quiere que pensemos eso.

Entonces mi teléfono vibró.

Era mi madre.

—¿Jimena? ¿Cómo va tu cita?

Miré a Mateo.

—Mamá, ¿tú conocías a Mateo antes de presentármelo?

Silencio.

—¿Por qué preguntas?

—Respóndeme.

Mi madre suspiró.

—Sí.

Mateo cerró los ojos.

—Lo sabía.

Me giré hacia él.

—¿Qué sabías?

Mi madre respondió:

—Mateo fue quien recomendó tu empresa para la evaluación inicial.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Me dijo que eras brillante.

Miré a Mateo.

—Entonces tú sabías quién era yo desde antes de la cita.

—Sí.

—¡¿Y me hiciste creer que era una cita a ciegas?!

—Técnicamente lo era.

—¡Mateo!

Mi madre soltó una carcajada.

—Los dos necesitan aprender a hablar como adultos. Los dejo.

La llamada terminó.

Lo miré furiosa.

—Voy a matarte.

—Primero terminemos el proyecto.


Esa noche descubrimos el segundo giro.

El sabotaje no venía de un competidor.

Venía de dentro de mi propia empresa.

Mi director financiero había vendido información técnica a otra compañía.

Pero había cometido un error.

Utilizó una cuenta que solo podía ser rastreada desde su oficina.

Mateo llamó a seguridad.

—Queda detenido hasta que llegue la investigación militar.

El hombre intentó escapar.

—¡No tienen pruebas!

Le mostré la pantalla.

—Tenemos diecisiete.

Su rostro cayó.

—Tu proyecto estaba destinado a fracasar —admitió—. Si Defensa cancelaba el contrato, mi comprador se quedaba con la licitación.

Respiré profundamente.

Tres meses de trabajo.

Casi destruidos por una persona.

Mateo se acercó.

—¿Puedes arreglarlo?

Sonreí.

—¿Dudaste de mí?

—Nunca.


A las seis de la mañana, entregamos la nueva versión.

El comité comenzó la prueba.

Cinco minutos.

Diez.

Veinte.

Halcón funcionó perfectamente.

El general a cargo cerró la carpeta.

—Ingeniera Vega, el sistema está aprobado.

Mi equipo estalló en aplausos.

Mateo permaneció junto a mí.

—Te lo dije.

—¿Qué?

—Eres brillante.

Lo miré.

—Eso sonó peligrosamente parecido a un cumplido.

—Era uno.


Dos semanas después, regresé a la cafetería donde habíamos tenido nuestra primera cita.

Mateo ya estaba sentado.

—Llegas tarde.

—Tres minutos.

—En mi mundo, es tarde.

—En mi mundo, es puntual.

Sonrió.

—Entonces tendremos que negociar.

Me senté frente a él.

—¿Esta vez sabes quién soy?

—Sí.

—¿Y sigues queriendo salir conmigo?

Mateo dejó el teléfono sobre la mesa.

—Jimena, la primera vez que te vi pensé que eras demasiado impulsiva.

—Qué romántico.

—Después descubrí que eres brillante, obstinada, valiente y capaz de trabajar treinta horas seguidas sin rendirte.

—Eso tampoco es romántico.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

—Y entonces descubrí que me gustabas.

Me quedé callada.

—Eso sí es romántico.

—Bien.

Sonreí.

—Porque tú también me gustas.

Mateo levantó su vaso.

—¿Entonces tenemos una segunda cita?

—Sí.

—¿Sin proyectos militares?

—Sin proyectos militares.

—¿Sin discutir sobre algoritmos?

—No prometo eso.

Él soltó una carcajada.


Meses después, Halcón fue implementado oficialmente.

Mi equipo recibió reconocimiento por el proyecto.

Yo recibí un ascenso.

Y Mateo siguió apareciendo en mi vida con una puntualidad desesperante.

Una noche, durante una cena familiar, mi madre levantó su copa.

—Quiero brindar por mi hija y el hombre que finalmente consiguió sobrevivir a su carácter.

—Mamá.

Todos rieron.

Mateo tomó mi mano debajo de la mesa.

—Yo quiero brindar por ella.

Lo miré.

—Por la mujer que casi me odiaba.

—Todavía puedo hacerlo —respondí.

Él sonrió.

—Y por la mujer que terminó convirtiéndose en mi persona favorita.

Sentí que las mejillas me ardían.

Mi madre golpeó la mesa emocionada.

—¡Por fin!

Yo me reí.

Porque todo había empezado con una cita a ciegas que parecía un desastre.

Después descubrí que el hombre que me había robado el corazón era también el cliente que casi destruía mi proyecto.

Pero al final entendí algo.

A veces la persona que más te desafía no llega para destruir tu mundo. Llega para obligarte a demostrar de qué estás hecha.

Y Mateo Garza no solo terminó respetando mi trabajo.

Terminó enamorándose de la mujer que se negó a rendirse.

Y yo, contra todo pronóstico, me enamoré del hombre que primero me hizo querer lanzarle una computadora por la cabeza.

Quizá mi madre no había elegido tan mal después de todo.

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