Parte 2: EL VUELO QUE LO DEJÓ SIN RESPUESTA

El viernes llegó demasiado rápido.

A las siete de la mañana, Adrian bajó las escaleras con una sonrisa, arrastrando su maleta.

—¿Lista, Clara?

Yo estaba sentada junto a la ventana con una taza de café entre las manos.

—Sí.

Él miró alrededor.

—¿Dónde está tu equipaje?

—Ya lo envié.

Adrian frunció el ceño.

—¿Lo enviaste al aeropuerto?

Negué lentamente.

—No.

Antes de que pudiera preguntar más, sonó el timbre.

Un mensajero dejó un sobre en mis manos.

Adrian lo observó con curiosidad.

—¿Qué es eso?

Abrí el sobre.

Dentro estaba mi contrato de reincorporación al Instituto de Investigación Astronómica de Pekín.

Lo miré una última vez y después se lo entregué.

Adrian leyó las primeras líneas.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué significa esto?

—Que acepté el puesto.

—¿Qué puesto?

—El que rechacé por ti hace tres años.

Se quedó inmóvil.

—Clara, no entiendo.

—Vuelvo a Pekín.

Su rostro perdió color.

—¿Vuelves… cuándo?

—Hoy.

Adrian soltó una risa nerviosa.

—No. Espera. Esto tiene que ser una broma.

—No lo es.

—Nuestro vuelo sale en tres horas.

—El tuyo.

Él me miró fijamente.

Entonces comprendió.

—Tú ya compraste otro boleto.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace tres días.

Adrian retrocedió un paso como si acabara de descubrir que la persona frente a él era una desconocida.

—¿Tres días? ¿Y no me dijiste nada?

Lo miré con calma.

—Tú tampoco me dijiste lo de Nora.

Su mandíbula se tensó.

—Clara…

—No necesito explicaciones.

—¡Sí las necesitas! Nora está sola. Solo quiero ayudarla.

—No me importa Nora.

—Entonces ¿por qué haces esto?

Respiré profundamente.

—Porque escuché cómo hablabas de mí.

El silencio fue inmediato.

—Dijiste que yo te quería más de lo que tú me querías a mí.

Adrian bajó la mirada.

—Estaba hablando con Ethan.

—Y dijiste que podía ignorarme unos días porque yo terminaría regresando.

—Yo estaba equivocado.

—No. Estabas seguro.

Se acercó.

—Clara, no quería perderte.

—Pero tampoco querías elegirme.

Sus ojos se llenaron de desesperación.

—Podemos arreglarlo.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Porque me voy?

—Porque entendí lo que estaba haciendo.

Negué con la cabeza.

—Lo entendiste porque por primera vez pensaste que yo podía irme.

Entonces Adrian hizo algo inesperado.

Sacó su teléfono y me mostró un mensaje.

Era de Nora.

“Adrian, ya no puedo seguir esperando. Necesito que cumplas lo que me prometiste.”

Levanté la vista.

—¿Qué le prometiste?

Adrian no respondió.

En ese instante sonó su teléfono.

Era Ethan.

Adrian contestó.

—¿Qué pasa?

La voz de Ethan se escuchó alterada.

—Adrian, tienes que saberlo. Nora no está sola.

Adrian se quedó rígido.

—¿Qué quieres decir?

—Está comprometida. Lleva meses comprometida con otro hombre.

Silencio.

—¿Estás seguro?

—Completamente. Y hay algo más.

Ethan hizo una pausa.

—El contrato que firmaste en Estados Unidos no era exactamente lo que te dijeron.

Adrian palideció.

—¿De qué hablas?

—La empresa de Nora recomendó tu contratación. Ella estuvo involucrada desde el principio.

Adrian cerró los ojos.

Yo observaba sin decir una palabra.

—¿Ella sabía que yo iba a Boston?

—Sí.

Adrian dejó caer lentamente el teléfono.

La mujer por la que estaba dispuesto a abandonar nuestro matrimonio ni siquiera lo había esperado.

Me miró.

—Clara…

—Ya no importa.

—No. Sí importa.

—Para ti, quizá.

Tomé mi bolso.

—Tengo que irme.

Adrian me siguió hasta la puerta.

—No puedes terminar así.

Me detuve.

—Yo no terminé nada hoy.

Lo miré directamente.

—Lo terminaste tú cada vez que decidiste que mi amor era algo seguro que podías utilizar.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Y si te digo que todavía te amo?

—Te diría que aprendiste demasiado tarde que amar a alguien no significa tenerlo asegurado.

Salí del departamento.

En el aeropuerto, mientras esperaba mi vuelo, recibí un último mensaje de Adrian.

“Clara, por favor, no te vayas.”

Lo leí.

Y por primera vez no sentí culpa.

Escribí una sola respuesta:

“Cuídate.”

Después apagué el teléfono.

Horas más tarde, el avión aterrizó en Pekín.

Al salir de la terminal, una mujer de cabello canoso me esperaba con un cartel.

“Bienvenida de vuelta, doctora Jiang.”

Era la directora del instituto.

Me abrazó.

—Te hemos esperado durante mucho tiempo.

Sonreí.

—Yo también me estaba esperando.

Tres meses después, mi primer artículo científico desde mi regreso fue publicado internacionalmente.

El instituto organizó una pequeña celebración.

Mientras levantaba mi copa, recibí un último correo de Adrian.

Había firmado el divorcio.

No intentó convencerme.

Solo escribió:

“Ahora entiendo que nunca tuve derecho a asumir que estarías esperándome.”

Cerré el mensaje.

No sentí felicidad por su tristeza.

Sentí paz por la mía.

Esa noche caminé sola por los pasillos del instituto y miré el cielo desde el observatorio.

Durante años había pensado que para amar a alguien tenía que caminar en su misma dirección.

Ahora sabía que no.

A veces, dos personas pueden comenzar juntas y terminar separándose.

Y eso no significa que una de ellas haya perdido.

A veces, elegir tu propio camino es la primera vez que realmente empiezas a vivir.

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