Parte 2: LA CARTA QUE REVELÓ QUIÉN PROTEGÍA REALMENTE A ROMAN

Tres días después de que Elena se marchara, Roman seguía durmiendo solo en una habitación que de pronto parecía demasiado grande.

Aquella tarde entró al dormitorio principal buscando unos documentos.

Entonces vio la pequeña caja blanca debajo de la cama.

La reconoció inmediatamente.

Era de Elena.

La sacó y encontró una cinta amarilla alrededor.

Dentro había unos diminutos zapatos de bebé y un sobre.

En el frente, con la letra de Elena, solo decía:

“Para Roman. Cuando finalmente estés preparado para saber la verdad.”

Roman sintió un peso extraño en el pecho.

Abrió la carta.

“Roman:

Si estás leyendo esto, significa que finalmente abriste la caja.

No sé si seguirás enojado conmigo, si estarás con Sabrina o si ya habrás decidido que nuestro matrimonio terminó.

Pero necesito que sepas algo.

Nunca te traicioné.

Nunca quise tu dinero.

Y nunca intenté quitarte nada.

Durante los últimos ocho meses hice algo que jamás te conté porque sabía que intentarías detenerme.”

Roman dejó de respirar por un instante.

Continuó leyendo.

“Descubrí que alguien estaba desviando dinero de tus empresas utilizando cuentas vinculadas a Sabrina.

También descubrí que varias personas dentro de tu organización estaban trabajando para tu rival.

No te lo dije porque cada vez que intentaba hablar contigo, Sabrina ya sabía lo que iba a decir.

Por eso guardé copias.

Por eso hablé con tu abogado sin que lo supieras.

Y por eso vendí algunas de mis joyas.

No para abandonarte.

Para contratar investigadores que pudieran protegerte.”

Roman se quedó completamente inmóvil.

Elena no había estado planeando dejarlo. Había estado protegiéndolo.

Pero la carta aún continuaba.

“Hay algo peor.

Estoy casi segura de que alguien quiere hacerte creer que nuestro bebé no es tuyo.

Si algún día escuchas esa mentira, no la creas.

El bebé es tuyo.

Y yo nunca permitiré que nuestro hijo crezca creyendo que su padre lo abandonó.

Te amo.

Incluso ahora.”

Roman dejó caer la carta.

—Dios mío.


En ese momento, su teléfono sonó.

Era Marco, su jefe de operaciones.

—Señor, encontramos algo.

—Habla.

—Una de las cuentas que Elena investigaba acaba de transferir dinero a una empresa registrada a nombre de Sabrina.

Roman cerró los ojos.

—¿Cuánto?

—Millones.

—¿Y ella?

—Está intentando salir del país.

Roman se levantó.

—No la pierdan.


Sabrina fue detenida esa misma noche.

Roman llegó al almacén donde la encontraron.

Ella lo miró desde el otro lado de la habitación.

—Roman, déjame explicarte.

—Ya leí la carta.

Sabrina perdió el color del rostro.

—¿Qué carta?

—La de Elena.

Ella guardó silencio.

Roman dejó una carpeta sobre la mesa.

—Encontramos las transferencias.

—Eso no significa nada.

—También encontramos mensajes entre tú y los hombres que intentaron acceder a mis cuentas.

Sabrina comenzó a llorar.

—Yo no quería hacerte daño.

—Querías quitarme todo.

—¡Porque Elena te controlaba!

Roman la miró con incredulidad.

—Ella estaba protegiéndome.

Sabrina negó desesperadamente.

—¡Ella siempre estuvo obsesionada contigo!

Roman dio un paso hacia ella.

—No vuelvas a mencionar su nombre.


Pero aún faltaba una verdad.

Roman llamó al médico que había atendido a Elena durante el embarazo.

—Necesito saber algo.

—¿Qué ocurre?

—¿Elena está bien?

—Sí, pero su presión arterial sigue elevada.

Roman respiró profundamente.

—¿Y el bebé?

El médico permaneció en silencio un momento.

—Hay algo que debería saber.

Roman sintió que el corazón se le aceleraba.

—Dígame.

—El embarazo presenta una complicación. Elena necesita reposo estricto y probablemente tendrá que adelantar el parto.

Roman cerró los ojos.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

—Ella pidió que no lo hiciéramos.

—¿Por qué?

—Porque no quería que usted apareciera por obligación.

Aquella respuesta lo destruyó.

Durante meses había pensado que Elena dependía de él.

Ahora entendía que había sido él quien había dependido de ella.


Roman condujo hasta White Plains esa misma noche.

Elena abrió la puerta.

Al verlo, se quedó inmóvil.

—¿Qué haces aquí?

Roman levantó la carta.

—Encontré esto.

Elena cerró los ojos.

—No quería que la encontraras así.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

—Porque no sabía si ibas a creerme.

—Debí creerte.

Ella bajó la mirada.

—Sí.

Roman respiró profundamente.

—Sabrina está detenida.

Elena levantó los ojos.

—¿Qué?

—Robó dinero de mis empresas y trabajaba con mis enemigos.

Elena se llevó una mano al vientre.

—Entonces era verdad.

—¿Qué?

—Todo lo que sospechaba.

Roman se acercó.

—Elena, cometí un error imperdonable.

Ella permaneció en silencio.

—Te humillé, te expulsé de nuestra casa y te hice creer que eras reemplazable.

—Sí.

—No puedo cambiarlo.

—No.

—Pero puedo cambiar lo que haga a partir de ahora.

Elena lo miró durante varios segundos.

—¿Qué quieres?

Roman respondió sin dudar:

—Quiero ser el hombre que debí ser desde el principio.

Ella no respondió.

Entonces sintió un fuerte dolor.

Su rostro cambió.

—Roman…

—¿Qué ocurre?

—Creo que el bebé viene.


Todo sucedió rápidamente.

Horas después, en el hospital, Roman permanecía junto a ella.

Elena apretaba su mano.

—Tengo miedo.

—Yo también.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Tú?

Roman sonrió.

—Muchísimo.

Elena soltó una pequeña risa entre lágrimas.

Después llegó el llanto del bebé.

Una niña.

Pequeña, prematura, pero fuerte.

Roman comenzó a llorar.

—Es nuestra hija.

Elena la sostuvo contra su pecho.

—Sí.

Roman besó la frente de Elena.

—Gracias por protegernos.

Ella lo miró.

—Ahora te toca a ti protegernos.

—Lo haré.


Seis meses después, Sabrina enfrentó cargos por fraude y conspiración.

Las personas que habían trabajado con ella fueron detenidas.

Roman limpió su organización de los miembros corruptos y comenzó a transformar parte de sus empresas en negocios legales.

Pero la mayor transformación ocurrió dentro de su propia casa.

La antigua habitación de invitados fue convertida en un cuarto para su hija.

Y el dormitorio principal volvió a ser de Elena.

Sin embargo, Roman no le pidió que regresara inmediatamente.

Le dio tiempo.

Una noche, mientras caminaban por el jardín, él se detuvo.

—¿Todavía me amas?

Elena lo miró.

—Sí.

Roman cerró los ojos.

—¿Puedes perdonarme?

Ella tardó unos segundos.

—Puedo intentarlo.

Él sonrió.

—Eso es más de lo que merezco.

Elena tomó su mano.

—Pero hay una condición.

—La que sea.

—Nunca vuelvas a tomar una decisión sobre mi vida sin preguntarme primero.

Roman asintió.

—Nunca.

Ella sonrió.

—Entonces podemos empezar de nuevo.

Roman la abrazó con cuidado.

Desde la ventana, su pequeña hija dormía tranquilamente.

Y por primera vez en meses, la casa volvió a sentirse como un hogar.

Roman había creído que Elena era la mujer que dependía de él.

La verdad era exactamente lo contrario.

Cuando todos los demás lo traicionaron, ella fue quien permaneció protegiéndolo en silencio.

Y cuando finalmente descubrió la verdad, entendió que casi había perdido a la única persona que jamás había querido su poder.

Elena no volvió porque necesitara a Roman.

Volvió porque él finalmente había aprendido a merecerla.

Y esta vez, cuando él tomó su mano, no fue para impedirle marcharse.

Fue para caminar a su lado.

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