—No apagues ese video —repitió Nathaniel—. Por favor, Clara.
Sentí un escalofrío mientras volvía a reproducir la grabación.
Evelyn apareció otra vez frente a la cámara.
—Si Eli alguna vez ve esto, Nathaniel necesita saber la verdad.
Nathaniel se inclinó hacia la pantalla.
—¿Qué verdad?
La grabación continuó.
Evelyn respiró profundamente y miró hacia la puerta, como si temiera que alguien pudiera entrar.
—Nathaniel, si estás viendo esto, significa que algo salió mal. No confíes en Marcus.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—¿Marcus? —pregunté.
Su mandíbula se tensó.
—Mi abogado.
En la pantalla, Evelyn continuó.
—Sé que me pediste que dejara de investigar. Pero encontré los documentos. Las transferencias. Todo.
Nathaniel retrocedió un paso.
—Eso es imposible.
—Tu padre no perdió la empresa por malas inversiones. Alguien estuvo desviando dinero durante años. Y Marcus fue quien manejó las cuentas.
Nathaniel apagó el reproductor.
—Basta.
—¿Por qué? —pregunté—. Ella estaba intentando decirte algo.
—Porque Marcus lleva diez años trabajando conmigo. Yo confié en él.
Entonces Sofía, que permanecía junto al piano, levantó una pequeña mano.
—Mami…
La miré.
—¿Qué pasa, cariño?
—La señora del video me dijo que buscara debajo del piano.
Nathaniel y yo nos miramos.
—¿Cuándo te dijo eso?
Sofía señaló la pantalla.
—Cuando la veía sola. Ella movía la boca así.
Imitó el movimiento de Evelyn.
Nathaniel se acercó lentamente al piano.
—¿Debajo?
Nos arrodillamos.
Después de mover una pequeña pieza de madera, encontramos una caja metálica cubierta de polvo.
Nathaniel palideció.
—Yo nunca había visto esto.
Dentro había una memoria USB, varios documentos y una fotografía.
La fotografía mostraba a Evelyn junto a Marcus.
Pero había algo más.
Al reverso aparecía una fecha: tres días antes de la muerte de Evelyn.
Nathaniel tomó la memoria.
—Tengo que llamar a la policía.
—Primero mira los documentos —le dije.
Los revisó uno por uno.
Transferencias.
Contratos falsificados.
Firmas.
Cuentas ocultas.
Y finalmente, un documento que hizo que sus manos comenzaran a temblar.
—Esta es la cuenta donde terminaba todo el dinero —murmuró.
—¿De quién es?
Nathaniel levantó la vista.
—De Marcus.
En ese instante, las puertas del salón se abrieron.
Marcus apareció en el umbral.
—Nathaniel, ¿qué haces aquí?
Nadie respondió.
Sus ojos bajaron hacia la caja metálica.
Su rostro cambió.
—¿Dónde encontraste eso?
Nathaniel se puso de pie.
—Así que sabías que existía.
Marcus intentó sonreír.
—No sé de qué hablas.
—Evelyn dejó pruebas antes de morir.
Marcus dio un paso atrás.
—Ella estaba confundida.
—No —respondió Nathaniel—. Tú estabas robándole a mi familia.
Marcus miró hacia Clara.
—¿Ella te mostró esto?
—No —respondí—. Lo encontró mi hija.
Por primera vez, Marcus miró a Sofía.
Y entonces sucedió algo inesperado.
Eli comenzó a llorar.

Nathaniel corrió hacia su hijo.
Marcus aprovechó la distracción para tomar la caja.
Pero antes de que pudiera salir, dos hombres de seguridad bloquearon la puerta.
—Nadie se mueve —ordenó Nathaniel.
Marcus dejó caer la caja.
Minutos después llegó la policía.
Los documentos fueron entregados como evidencia y Marcus fue detenido para ser investigado por fraude y desvío de fondos.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—¿Por qué Evelyn nunca me dijo nada? —preguntó Nathaniel, con los ojos llenos de lágrimas.
Volvimos a reproducir el video.
Esta vez apareció una segunda parte que no habíamos visto porque el reproductor se había detenido antes.
Evelyn miró directamente a la cámara.
—Nathaniel, si estás viendo esto, quiero que sepas algo más. No morí por culpa de Marcus.
Nathaniel contuvo la respiración.
—Tuve miedo de que él lastimara a Eli, así que preparé todo para que pareciera que había abandonado la investigación. Si algo me sucede, protege a nuestro hijo. Y recuerda que nunca estuviste solo.
La grabación terminó.
Nathaniel cerró los ojos.
Durante unos segundos nadie habló.
Luego Sofía se acercó y tomó la mano de Eli.
—¿Podemos bailar otra vez?
Nathaniel soltó una pequeña risa entre lágrimas.
—Sí.
Miró el viejo piano.
—Pero esta vez, nadie tendrá que esconderse.
Meses después, el salón de baile volvió a abrir.
Nathaniel convirtió una parte de la mansión en una fundación dedicada a financiar clases de música y danza para niños.
También conservó aquella vieja grabación.
No como un recuerdo de la tragedia, sino como el último regalo de Evelyn.
Y Clara siguió trabajando allí, aunque Nathaniel insistió en aumentarle el sueldo.
—No puedo pagarte por lo que hiciste —le dijo una mañana.
—¿Qué hice?
—Encontraste la verdad cuando todos habíamos dejado de buscarla.
Sonreí.
—Yo no la encontré.
Miré a Sofía, que bailaba con Eli en el mismo salón donde todo había comenzado.
—Ella sí.
Nathaniel observó a los niños durante unos segundos.
Después sonrió.
Por primera vez desde la muerte de Evelyn, el salón volvió a llenarse de música.
Y aquella vez, nadie tuvo que cerrar la puerta.