Parte 2: MI EXCUÑADO DIJO QUE YO HABÍA TENIDO SIETE BEBÉS Y MI EXMARIDO LLEGÓ FURIOSO AL SET, PERO LO QUE DESCUBRIÓ FRENTE A LAS CÁMARAS TERMINÓ DEVOLVIÉNDOME LA CARRERA QUE ÉL MISMO ME HABÍA QUITADO

—Leo —dijo Alexander por el reloj—. Pásame a Camila.

El niño me miró.

—Está cansada. Acaba de tener siete.

Todo el equipo estalló en carcajadas.

Yo me cubrí la cara.

—Leo, dame eso.

Tomé el reloj.

—Alexander.

Hubo un silencio mortal.

—¿Tuviste hijos?

—Sí. Siete.

—Camila.

—Cuatro niños y tres niñas.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco. El director necesitaba diversidad.

Mateo casi se atragantó con el café.

Alexander respiró profundamente.

—¿Dónde está Leo?

—Conmigo.

—¿Y los bebés?

Miré los siete muñecos.

—Uno acaba de perder la cabeza porque utilería lo dejó caer.

Silencio.

Entonces entendió.

—Estás filmando.

—Felicidades.

—¿Qué demonios hace Leo allí?

Giré hacia el niño.

—Eso también quisiera saber.

Leo intentó escapar.

Lo sujeté por la mochila de dinosaurio.

—Me siguió —confesó.

—Voy para allá —dijo Alexander.

—No es necesario.

La llamada terminó.

Mateo me miró.

—¿Cuánto tardará?

—Conociéndolo, veinte minutos.

Llegó en doce.


Alexander Shaw entró al estudio con un traje negro que probablemente costaba más que todo nuestro presupuesto de producción.

El set quedó en silencio.

Leo corrió hacia mí.

No hacia él.

Hacia mí.

Eso lastimó a Alexander. Lo vi en su rostro.

—Leo.

—No quiero volver.

—No puedes desaparecer sin avisar.

—Camila desapareció.

Alexander quedó inmóvil.

—Eso es diferente.

—¿Por qué?

Nadie se atrevió a respirar.

Leo señaló hacia mí.

—Tú hiciste que se fuera.

Alexander cerró los ojos.

—Vamos a casa.

El niño se aferró a mi cintura.

—No.

Me agaché.

—Leo, tienes que ir con tu hermano.

—¿Tú vienes?

Sentí un nudo en la garganta.

—No vivo allí ahora.

—Entonces yo vivo contigo.

Alexander habló:

—Leo.

—¡No!

El grito hizo temblar al niño entero.

—Ella me contaba cuentos. Ella iba a mi escuela. Ella sabía cuándo tenía miedo. Tú sólo trabajas.

Alexander palideció.

Aquellas palabras atravesaron incluso mi enojo.

Me arrodillé frente a Leo.

—Escúchame. Tu hermano te quiere.

—Pero tú también.

—Sí.

—Entonces ¿por qué tengo que perderte porque ustedes se divorciaron?

No tuve respuesta.

Alexander tampoco.


Finalmente acordamos algo.

Leo podría visitarme los fines de semana, siempre que sus padres lo autorizaran.

Alexander aceptó.

Pero antes de marcharse, miró el decorado.

Luego mi vestuario.

—¿De verdad estás haciendo esto?

Conocía ese tono.

Desprecio cuidadosamente disfrazado de preocupación.

—Sí.

—Camila, tú eres mejor que esto.

Me puse de pie.

—Curioso.

—¿Qué?

—Hace tres años decidiste exactamente cuánto valía mi carrera. Ahora no tienes derecho a decirme qué trabajo está por debajo de mí.

Su rostro se endureció.

—Ya hablamos del Aurora.

—No. Tú dijiste que era un trofeo de metal y esperaste que yo lo olvidara.

—Vanessa había perdido su carrera por culpa de mi familia.

—Entonces debiste compensarla con algo tuyo.

Lo miré directamente.

—No con algo mío.

Alexander no respondió.

—Vete.

Y esta vez lo hizo.


La serie se estrenó dos semanas después.

Todos esperábamos un desastre.

Lo fue.

Pero de una manera inesperada.

Los primeros episodios se volvieron virales.

La gente hacía memes sobre los siete bebés.

Imitaban mis diálogos.

Grababan reacciones.

Y luego ocurrió algo que nadie había previsto.

Empezaron a hablar de mi actuación.

“¿Por qué la protagonista de esta serie absurda actúa como si estuviera en una película premiada?”

“Esperé reírme y terminé llorando.”

“¿Camila Torres? ¿La actriz del escándalo del Aurora?”

En tres semanas acumulamos millones de reproducciones.

Mateo entró corriendo a mi departamento una mañana.

—Tengo seis ofertas.

—¿Para otra serie vertical?

—No.

Dejó varios guiones sobre la mesa.

—Para cine.

Me quedé mirándolos.

Mi carrera, que había tardado tres años en morir, estaba regresando gracias a siete bebés de plástico.


Entonces llegó el segundo giro.

Vanessa Vale pidió verme.

Estuve a punto de negarme.

Finalmente acepté.

Nos encontramos en una cafetería privada.

Ella parecía nerviosa.

—Sé que me odias.

—No te conozco lo suficiente para odiarte.

Eso pareció dolerle más.

Vanessa puso una memoria USB sobre la mesa.

—Alexander no te contó toda la verdad.

No la toqué.

—¿Qué hay ahí?

—Correos del comité del Aurora.

Sentí frío.

—¿Cómo los tienes?

—Porque me los enviaron cuando empezó todo.

La miré.

—¿Sabías que él intervino?

Vanessa bajó los ojos.

—Sí.

Me levanté.

—Entonces terminamos.

—¡Espera! Yo rechacé el premio.

Me detuve.

—¿Qué?

—Dije que no quería ganarlo de esa forma. Pero mi representante y la familia Shaw siguieron adelante.

Me entregó la memoria.

—Y hay algo más.


Esa noche abrí los archivos.

Alexander había presionado al comité.

Eso ya lo sabía.

Lo que no sabía era quién había iniciado el plan.

Su padre.

Richard Shaw.

Había considerado que compensar públicamente a Vanessa cerraría definitivamente cualquier riesgo legal relacionado con el accidente.

Alexander primero se negó.

Había un correo suyo:

“Camila merece esa nominación. Encuentren otra forma.”

Después aparecía la respuesta de Richard:

“Si Vanessa habla del accidente, Leo quedará involucrado en el escándalo sucesorio. Tú eliges qué proteges.”

Alexander cedió.

Pero jamás me contó nada.

Jamás confió en mí.

Jamás me permitió decidir si estaba dispuesta a pagar aquel precio.

Había intentado proteger a su hermano sacrificando mi carrera sin siquiera preguntarme.

Eso explicaba su decisión.

No la justificaba.


Una semana después, Alexander apareció en mi puerta.

—Vanessa me dijo que te entregó los correos.

—Sí.

—Ahora sabes por qué lo hice.

—Sé más.

Pareció esperanzarse.

—Camila…

—Y sigo pensando que estuvo mal.

Su expresión cayó.

—Era Leo.

—Lo sé.

—Tenía tres años.

—Y yo habría protegido a Leo con mi vida.

Me acerqué.

—Pero nunca me diste la oportunidad de elegir. Decidiste que mi sueño era la cosa menos importante de la habitación porque era mío.

Alexander bajó la cabeza.

—Pensé que podía compensártelo después.

—¿Cómo?

No respondió.

—¿Con dinero? ¿Una casa? ¿Una tarjeta?

Las lágrimas aparecieron en sus ojos.

—Te amaba.

—Entonces debiste confiar en mí.


Seis meses después fui nominada nuevamente al Aurora.

Esta vez por una película independiente que había aceptado después del éxito de la serie.

Cuando anunciaron mi nombre, tardé varios segundos en levantarme.

Mateo lloraba.

Leo, sentado a su lado con un pequeño esmoquin, gritaba:

—¡Esa es mi cuñada!

Todo el teatro rio.

Incluso yo.

Subí al escenario.

Tomé aquel famoso “trofeo de metal”.

Pesaba menos de lo que había imaginado.

Pero ya no representaba lo mismo.

Tres años antes habría significado que alguien finalmente reconocía mi valor.

Ahora sólo significaba que había hecho un buen trabajo.

Mi valor ya no dependía de él.


Después de la ceremonia encontré a Alexander esperando lejos de las cámaras.

—Felicidades.

—Gracias.

—Te lo mereces.

—También lo merecía la primera vez.

Cerró los ojos.

—Lo sé.

Entonces hizo algo que el antiguo Alexander jamás habría hecho.

No pidió otra oportunidad.

No intentó besarme.

No utilizó a Leo.

Simplemente dijo:

—Lo siento.

Y se marchó.


Alexander y yo no volvimos inmediatamente.

Durante casi dos años sólo fuimos dos personas que compartían el amor por un niño que se negaba a aceptar que “excuñada” significaba algo diferente a “cuñada”.

Alexander cambió.

No con regalos.

Con acciones.

Aprendió a estar presente para Leo.

Se enfrentó a su padre.

Dejó de resolver la vida de los demás sin preguntarles.

Y yo reconstruí la mía sin depender de si él lo hacía o no.

Cuando finalmente volvimos a cenar juntos, no fue porque necesitara recuperar a mi exmarido.

Fue porque por primera vez conocí al hombre en quien Alexander estaba intentando convertirse.

Nos casamos nuevamente tres años después.

En una ceremonia pequeña.

Leo llevó los anillos.

Antes de entregarlos, me susurró:

—Esta vez no te vayas.

Le besé la frente.

—Esta vez todos aprendimos.

Mi absurda serie duró una sola temporada.

Todavía aparecen fragmentos en internet.

Y cada cierto tiempo alguien me pregunta si me avergüenza que mi regreso comenzara interpretando a una mujer que daba a luz siete bebés de una vez.

Siempre respondo lo mismo.

No.

Porque aquel trabajo me devolvió algo que ningún premio podía darme.

La certeza de que podía empezar desde abajo sin convertirme en menos.

Alexander había creído que podía sacrificar mi sueño porque algún día encontraría la manera de compensarme.

Yo también cometí un error.

Creí que recuperar aquel premio era lo que necesitaba para recuperar a la mujer que había sido.

Pero no.

No necesitaba recuperar mi antigua vida.

Necesitaba construir una donde nadie, ni siquiera el hombre que amaba, tuviera derecho a decidir cuánto valían mis sueños.

Y pensar que todo comenzó porque un niño de seis años miró siete muñecos de plástico, llamó a su hermano y anunció solemnemente:

—Alex, tenemos un problema.

Camila acaba de tener siete bebés.

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