Parte 2: EL COMPROMISO QUE ADRIAN NUNCA QUISO

La mujer permaneció inmóvil frente a nosotros, mirando los dos pedazos de la invitación sobre el cofre del auto.

—¿Acabas de romper la invitación de compromiso de mi hermana? —preguntó, incrédula.

Adrian guardó silencio.

Yo sentí que debía marcharme.

—No quiero causar problemas. Puedo tomar un taxi.

Intenté girarme, pero el dolor del tobillo me hizo perder el equilibrio.

Adrian me sostuvo del brazo.

—No vas a ninguna parte sola.

—Adrian…

—Emma, mírame.

Levanté los ojos.

—Primero voy a llevarte a casa. Después te explicaré todo.

La mujer soltó una risa amarga.

—Claro. Explícale todo. Explícale también que llevas meses fingiendo estar comprometido para cerrar el acuerdo con mi familia.

Me quedé paralizada.

Adrian finalmente habló.

—Victoria, ya terminó.

—¡No! ¡No terminó! Mi padre necesita que cumplas el acuerdo.

—Tu padre necesita una alianza empresarial. No un matrimonio.

Victoria me miró directamente.

—¿Sabes por qué regresó a Los Ángeles? No fue por casualidad.

Adrian apretó la mandíbula.

Antes de que pudiera responder, una camioneta negra se detuvo detrás de nosotros.

Un hombre salió y se acercó rápidamente.

—Señor Whitmore, encontramos algo dentro de la maleta.

Adrian cambió de expresión.

—¿Qué cosa?

El hombre sacó un pequeño sobre.

—Esto estaba escondido en el bolsillo interior.

Reconocí el sobre inmediatamente.

—Es mío.

Lo abrí con manos temblorosas.

Dentro había una fotografía vieja.

Era una foto de Adrian y yo frente a la casa donde vivíamos cuando éramos niños.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Él todavía recuerda la promesa.”

Mi corazón se aceleró.

—Yo no puse eso ahí.

Adrian tomó la fotografía.

Su rostro perdió toda expresión.

—¿Quién tuvo acceso a tu maleta antes de que desapareciera?

—No lo sé.

Entonces recordó algo.

—El hombre que se la llevó.

Adrian miró al empleado de seguridad.

—¿Dónde está?

—La policía ya lo tiene. Pero dijo algo extraño.

—¿Qué?

—Dijo que alguien le pagó para tomar esa maleta.

El silencio fue inmediato.

Victoria retrocedió.

—Eso no tiene sentido.

Adrian la miró.

—¿Quién sabía que Emma llegaba hoy?

Victoria abrió la boca, pero no respondió.

Yo recordé el mensaje de Camille.

“Alguien ya va por ti.”

—Mi hermana —dije—. Y tú.

Adrian asintió.

—Y algunas personas de mi empresa.

Victoria bajó la mirada.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Contestó.

Su rostro cambió.

—¿Papá?

Escuchó durante unos segundos y luego palideció.

—¿Qué quieres decir con que encontraron los documentos?

Colgó.

Adrian se acercó.

—¿Qué documentos?

Victoria respiró profundamente.

—Los contratos que iban a obligarte a casarte con mi hermana fueron falsificados.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué?

Victoria miró a Adrian.

—Mi padre falsificó las cláusulas. Si no cumplías el compromiso, perderías parte de tus acciones y varios proyectos.

Adrian soltó una pequeña risa sin humor.

—Así que eso era.

—Yo no sabía nada —dijo Victoria rápidamente—. Pensé que realmente querías casarte con mi hermana.

Adrian negó con la cabeza.

—Nunca quise hacerlo.

Entonces mi teléfono, que estaba muerto, vibró de repente.

La pantalla se encendió durante unos segundos gracias a la batería de emergencia que llevaba conectada a la mochila.

Había un mensaje de Camille.

“Emma, no confíes en nadie. Hay algo que debo contarte sobre Adrian.”

Levanté la mirada.

—¿Qué significa esto?

Adrian se quedó completamente serio.

—Llámala.

Camille respondió inmediatamente.

—¿Emma? ¿Estás con Adrian?

—Sí. ¿Qué está pasando?

Hubo silencio.

—Yo sabía que esto iba a ocurrir.

—Camille, habla.

Mi hermana suspiró.

—Adrian me llamó hace seis meses. Quería saber dónde estabas.

Miré a Adrian.

—¿Por qué?

—Porque quería cumplir una promesa.

Adrian tomó el teléfono.

—Camille, creo que ya es hora de que se lo digas.

Mi hermana guardó silencio unos segundos.

—Cuando eran niños, tú le dijiste que algún día te casarías con él. Adrian se lo tomó como una promesa infantil. Pero años después, cuando nuestros padres murieron, él me preguntó por ti.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—¿Y nunca me buscó?

—Sí lo hizo —respondió Camille—. Pero cuando supo que estabas estudiando y construyendo tu propia vida, decidió no interferir.

Adrian bajó la mirada.

—No quería aparecer de repente y confundirte.

—Entonces, ¿por qué ahora?

Él me miró.

—Porque descubrí que mi familia estaba intentando obligarme a ese compromiso. Y antes de aceptar algo que no quería, necesitaba saber si tú seguías siendo la misma persona que recordaba.

—¿Y lo soy?

Adrian sonrió.

—No. Eres mucho más fuerte.

Victoria dio un paso atrás.

—Creo que debo irme.

Antes de subir a su auto, se detuvo.

—Emma.

La miré.

—Lo siento. Mi hermana no sabía nada. Y yo tampoco.

Asentí.

—Gracias por decírmelo.

Cuando se marchó, Adrian se volvió hacia mí.

—Hay una última cosa.

—¿Qué?

Sacó de su bolsillo una pequeña caja.

Mi corazón dio un vuelco.

—No es lo que piensas.

Abrió la caja.

Dentro había una pulsera infantil de cuentas azules.

La reconocí inmediatamente.

—Era mía.

—La encontré en mi antigua casa cuando mis padres la vendieron.

La tomó con cuidado.

—La guardé durante años.

Sonreí entre lágrimas.

—Todavía tienes eso.

—Todavía tengo muchas cosas.

—¿Como qué?

Adrian me miró directamente.

—La promesa que hiciste.

Me reí.

—Tenía ocho años.

—Lo sé.

—Y tú eras seis años mayor.

—También lo sé.

—Entonces no puedes tomarla en serio.

Adrian sonrió.

—No la tomo como una deuda. La tomo como una segunda oportunidad.

Sentí que toda la tensión de aquel día finalmente desaparecía.

—¿Y qué pasa ahora?

—Ahora vas a curarte ese tobillo.

—¿Y después?

—Después, si quieres, podemos empezar de cero.

—¿Sin compromisos falsos?

—Sin contratos.

—¿Sin maletas robadas?

—Intentaré garantizarlo.

Solté una carcajada.

Adrian extendió la mano.

—¿Vamos?

La tomé.

Mientras caminábamos hacia el auto, miré una última vez el aeropuerto que horas antes me había parecido el lugar más solitario del mundo.

Había perdido una maleta.

Mi celular se había apagado.

Mi hermana no había podido recogerme.

Y, sin embargo, aquel desastre había terminado devolviéndome algo que creía perdido para siempre.

No había regresado a Los Ángeles para encontrar al hombre de mi infancia.

Había regresado para descubrir que él nunca había olvidado quién fui.

Y, por primera vez, estaba lista para descubrir quiénes podíamos ser juntos.

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