PARTE 2: EL NÚMERO QUE NUNCA ME ENVIÓ

Samuel regresó con la botella, pero no se sentó.

—Señora, creo que debería irse.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

Bajó la voz.

—Porque el hombre de la mesa del fondo lleva veinte minutos observándola.

Miré discretamente.

Era uno de los socios de Diego.

Entonces Samuel hizo algo inesperado.

Sacó su teléfono y me mostró una fotografía.

Era una imagen tomada esa misma tarde.

Yo entrando al Velvet.

—¿Quién te envió esto?

Samuel respiró profundamente.

—Diego.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Diego te pidió que me vigilaras?

—No exactamente.

—Entonces explícate.

Samuel se sentó frente a mí.

—Hace tres meses, Diego me contrató para investigar a Elena.

Me quedé inmóvil.

—¿Investigarla?

—Sí. Y descubrí algo que usted todavía no sabe.

Samuel deslizó varias fotografías sobre la mesa.

Elena aparecía entrando a una clínica.

Luego saliendo de un despacho.

Después reuniéndose con un hombre desconocido.

—Ella no está embarazada de Diego —dijo.

Sentí un extraño alivio, pero duró apenas unos segundos.

—Entonces, ¿de quién?

Samuel me miró fijamente.

—Del hermano de Diego.

Me quedé sin palabras.

El hermano que todos creían muerto llevaba años viviendo en secreto fuera del país.

Según Samuel, Elena había descubierto su existencia y había utilizado su embarazo para acercarse a Diego.

Pero había algo todavía peor.

—¿Por qué Diego no me lo dijo?

Samuel sacó otro documento.

—Porque él también estaba investigando a Elena. Y descubrió que ella no vino por dinero.

—¿Entonces por qué?

—Por la empresa.

Sentí que todo encajaba.

Las amantes.

Los números.

El silencio del último año.

Diego no había dejado de tener aventuras.

Había dejado de enviarme los números porque llevaba un año intentando protegerme.

En ese momento, mi teléfono vibró.

Era Diego.

Contesté.

—¿Dónde estás?

—En casa. ¿Y tú?

—En Velvet.

Hubo un silencio.

—Sal de ahí inmediatamente.

—¿Por qué?

—Porque Elena sabe que estás allí.

Me levanté.

Demasiado tarde.

Las luces del club se apagaron.

Se escuchó un golpe seco.

Samuel me tomó del brazo y me llevó hacia una puerta lateral.

—¡Por aquí!

Corrimos por un pasillo mientras varias personas entraban al salón.

Cuando llegamos al estacionamiento, había dos hombres esperándonos.

Samuel se adelantó.

—Señora, quédese detrás de mí.

Uno de los hombres sonrió.

—Samuel, ¿todavía trabajas para Diego?

Samuel palideció.

—Ya no.

El hombre sacó un sobre y lo lanzó al suelo.

—Entonces dile a tu nueva jefa que esto pertenece a su familia.

Miré el sobre.

Tenía mi apellido.

Dentro había documentos de mi padre.

Mi padre había perdido nuestra fortuna años atrás.

O eso creía.

Los papeles demostraban que parte de nuestros bienes habían sido transferidos a una empresa vinculada con Diego.

Mi respiración se detuvo.

—¿Diego compró las propiedades de mi familia?

Samuel negó con la cabeza.

—No.

Señaló la última página.

—Las compró para devolvérselas a usted.

No pude hablar.

De pronto entendí por qué nuestro matrimonio había sido tan extraño.

Diego nunca había necesitado realmente mi dinero.

Había utilizado nuestro contrato matrimonial para impedir que los acreedores descubrieran que estaba reconstruyendo en secreto el patrimonio de mi familia.

Y los números…

Los números eran una señal.

Tres, cuatro, cinco, seis.

Cada cifra representaba cuánto tiempo llevaba una investigación antes de que él descubriera la verdad sobre cada mujer que se acercaba a él.

Pero durante el último año no había enviado ninguno porque la persona que estaba investigando era Elena.

Cuando regresé a casa, Diego estaba esperándome.

Tenía el rostro agotado.

—Ahora lo sabes.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque si te lo decía, Elena habría sabido que sospechábamos de ella.

Me acerqué.

—¿Y el embarazo?

Diego bajó la mirada.

—Es real. Pero el bebé no es mío.

—¿Qué harás?

—Lo que sea necesario para proteger a ese niño. No tiene la culpa de quién sea su madre.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Todavía amas a Elena?

Diego levantó los ojos.

—No.

Después añadió:

—Pero sí amo a alguien.

Sentí que mi corazón se aceleraba.

—¿A quién?

Sonrió débilmente.

—A la mujer que soportó cuatro años de números sin preguntarme una sola vez por qué.

Me quedé completamente quieta.

—¿Me estás diciendo que…?

—Que hace mucho dejaste de ser una esposa por contrato.

Se acercó lentamente.

—Y yo tardé demasiado en admitir que eras mi esposa porque te elegí.

Por primera vez, no supe qué responder.

Días después, Elena confesó ante los abogados que había planeado utilizar al bebé y los documentos falsificados para quedarse con parte de la empresa.

El hermano de Diego apareció finalmente y confirmó toda la historia.

El bebé fue entregado a su padre, y Elena tuvo que responder legalmente por el fraude.

Mi familia recuperó sus propiedades.

Y Diego canceló todos nuestros acuerdos antiguos.

Una noche, mientras cenábamos, puso una pequeña caja sobre la mesa.

La abrí.

Dentro había un anillo.

—No quiero que vuelvas a usar el anillo del contrato —dijo.

Lo miré.

—¿Y este?

—Este no tiene condiciones.

Sonreí.

—¿Entonces qué significa?

Diego tomó mi mano.

—Que si algún día decides quedarte, quiero que sea porque tú también me elegiste.

Lo miré durante unos segundos.

Después cerré la caja.

—Primero tendrás que ganártelo.

Diego soltó una carcajada.

—¿Cuánto tiempo?

Pensé en los viejos números.

Luego sonreí.

—Esta vez no habrá número.

Y por primera vez desde que nos casamos, Diego me besó sin un contrato entre nosotros.

No porque necesitara una esposa.

No porque yo necesitara dinero.

Sino porque, después de perderlo todo y recuperarlo juntos, finalmente habíamos descubierto algo que ningún número podía medir:

nos habíamos elegido de verdad.

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