Parte 2: EL SECRETO QUE GUARDÉ DURANTE DIEZ AÑOS Y LA PROMESA QUE ETHAN SE NEGÓ A DEJARME ROMPER

—Está bien —respondí finalmente—. Vamos a comer.

Ethan sonrió.

—Sabía que no podrías rechazarme para siempre.

Elegimos un pequeño restaurante frente al hospital.

No era elegante. Precisamente por eso me gustó.

Ethan se quitó la gorra y la mascarilla apenas entramos al reservado.

—Diez años —dijo, mirándome—. Y sigues pidiendo primero la sopa.

—Diez años y sigues hablando demasiado.

Se rio.

Por unos minutos volvimos a ser los dos adolescentes que compartían pupitre.

Hasta que mi estómago se contrajo.

El dolor fue tan intenso que mis dedos apretaron la cuchara.

—¿Emma?

—Estoy bien.

—Estás pálida.

—Tengo hambre.

Ethan frunció el ceño.

—Siempre has sido terrible mintiendo.

Levanté la mirada.

—¿Y tú siempre has sido tan entrometido?

—Contigo, sí.

Aquello me dejó sin respuesta.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje del hospital.

«Señorita Hayes, necesitamos confirmar la fecha de inicio de su tratamiento.»

Apagué inmediatamente la pantalla.

Pero Ethan había visto mi expresión.

—¿Quién era?

—Sophie.

—Enséñame.

—¿Perdón?

—Cuando mientes, aprietas los labios exactamente así.

—Ethan, ya no tenemos diecisiete años.

—Precisamente.

Su sonrisa desapareció.

—Así que deja de tratarme como si todavía fuera demasiado joven para escuchar la verdad.

Me levanté.

—Tengo que irme.

Él también se puso de pie.

—Emma.

—Gracias por la comida.

Salí antes de que pudiera detenerme.

Pensé que había terminado ahí.

Me equivocaba.

Dos días después, Sophie apareció en mi departamento.

Y detrás de ella estaba Ethan.

—¿Qué hace él aquí?

Sophie cruzó los brazos.

—Salvarte de tu propia estupidez.

—Sophie.

—Me llamó.

Miré a Ethan.

—¿Cómo conseguiste su número?

—Soy famoso. Tengo recursos.

—Eso suena ilegal.

—Probablemente.

Sophie dejó una bolsa sobre la mesa.

—Voy por café.

—¡No te atrevas!

La puerta se cerró.

Ethan y yo quedamos solos.

Entonces vio las cajas de medicamentos.

Su rostro cambió.

Caminó hacia ellas.

Yo me interpuse.

—No.

—Quítate.

—Ethan.

—Emma, quítate.

Nunca lo había oído hablar así.

Agarró una de las cajas.

Leyó el nombre.

Después otra.

Y otra.

Su mano comenzó a temblar.

—¿Para qué son?

No respondí.

—¿Para qué demonios son?

—Devuélvemelas.

—¿Tienes cáncer?

Silencio.

Ethan palideció.

—Dime que no.

Tragué saliva.

—No.

Me observó durante varios segundos.

—Mírame a los ojos y dilo.

No pude.

Ethan dejó caer la caja.

—Dios mío.

—No hagas esto.

—¿Desde cuándo?

—Ethan…

—¿DESDE CUÁNDO?

—Cuatro meses.

Se quedó inmóvil.

Después recordó algo.

Vi exactamente el momento en que ocurrió.

La broma.

El informe falso.

Los 19.873 dólares.

—Cuando te envié aquel diagnóstico… tú ya lo sabías.

Cerré los ojos.

—Sí.

Retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—Y aun así me enviaste todo tu dinero.

—Pensé que estabas muriendo.

—¡Tú estabas enferma!

—Precisamente por eso.

Me miró sin comprender.

—Sabía lo que se siente al escuchar esa palabra —susurré—. Sabía lo que se siente al preguntarte cuánto tiempo te queda. No quería que pasaras por eso solo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Y después puse nuestra conversación en televisión.

—No sabías nada.

—Me reí.

—Ethan…

—Me reí mientras tú…

Se cubrió el rostro.

Nunca había visto llorar a Ethan Cole.

Ni cuando suspendió el examen de ingreso.

Ni cuando murió su padre.

Ni siquiera el día de nuestra graduación.

Pero aquella tarde lloró sentado en mi sofá.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque no quería que te quedaras por lástima.

Levantó la cabeza.

—¿Quedarme?

Ahí comprendí mi error.

Demasiado tarde.

—Emma.

—Olvídalo.

—¿Qué significa eso?

Me aparté.

—Nada.

Él me agarró suavemente de la muñeca.

—Diez años sin responderme correctamente. Diez años evitando cualquier pregunta sobre nosotros. Esta vez no vas a escapar.

—Nunca hubo un “nosotros”.

—Mentirosa.

Lo miré.

Y Ethan sacó su teléfono.

Abrió una carpeta.

Había cientos de fotografías.

Fotos antiguas.

Yo dormida sobre los libros.

Yo comiendo fideos instantáneos.

Yo con su chaqueta durante una excursión.

Yo sosteniendo un diploma.

—¿Por qué tienes eso?

—Porque “2” nunca significó que fueras el doble de lenta.

Mi corazón se detuvo.

Ethan soltó una risa amarga.

—Inventé eso porque me preguntaste delante de toda la clase.

—Entonces, ¿qué significaba?

Me miró directamente.

—Segundo lugar.

—¿Qué?

—Mi carrera siempre iba a ser lo primero. Eso me repetía cuando tenía diecisiete años. Actuar, ganar dinero, sacar a mi madre de las deudas. Y tú eras la única persona capaz de hacerme querer abandonar todo aquello.

Se acercó.

—Así que te guardé como “2” para recordarme que debías estar en segundo lugar.

Una lágrima cayó por su mejilla.

—El problema es que nunca lo estuviste.

No pude respirar.

—Entonces ¿por qué desapareciste?

Ethan se quedó quieto.

—Porque recibí tu carta.

—¿Qué carta?

Ahora fue él quien pareció confundido.

—La que me enviaste después de graduarnos. Decías que no querías volver a verme.

—Yo jamás escribí eso.

Silencio.

—Emma…

—Te esperé durante seis meses.

Su expresión se descompuso.

—¿Qué?

—Fuiste tú quien dejó de responder.

Ethan sacó su teléfono y llamó inmediatamente a alguien.

—Mamá.

Lo escuché preguntar por aquella carta.

Hubo un largo silencio.

Entonces su rostro se endureció.

—¿Fuiste tú?

Sentí frío.

Ethan activó el altavoz.

Una mujer lloraba al otro lado.

—Tenías dieciocho años —dijo su madre—. Habías conseguido aquella audición. Yo sabía que si Emma te pedía que volvieras, abandonarías tu oportunidad.

—¿Así que falsificaste una carta?

—Pensé que algún día lo entenderías.

Ethan colgó.

Ninguno habló.

Diez años de distancia habían nacido de una mentira.

Me senté porque mis piernas dejaron de sostenerme.

Él se arrodilló frente a mí.

—Perdimos diez años.

—No podemos recuperarlos.

—No.

Tomó mi mano.

—Pero podemos dejar de perder los que quedan.

Aparté la mirada.

—No sabes cuántos quedan.

—Entonces empezamos hoy.

—Ethan…

—¿Cuál es el pronóstico?

No quería contestar.

Finalmente murmuré:

—El tumor puede operarse. Pero está avanzado. El tratamiento es agresivo y…

—¿Y qué?

—Es caro.

Ethan soltó una risa incrédula.

—Emma, me transferiste 19.873 dólares porque pensabas que yo tenía cáncer.

—No quiero tu dinero.

—Perfecto.

Sacó su teléfono.

—Entonces considéralo mi dinero.

Segundos después, mi celular vibró.

Miré la pantalla.

Transferencia recibida.

19.873 dólares.

Exactamente.

—¿Qué haces?

—Devolviendo un préstamo.

Volvió a tocar la pantalla.

Otra transferencia.

—¿Y eso?

—Intereses.

—¡Ethan!

Por primera vez sonrió.

—Demándame.

Tres semanas después comencé el tratamiento.

Ethan reorganizó su rodaje.

No lo canceló.

No destruyó su carrera por mí.

Simplemente encontró la manera de estar.

Algunas noches llegaba todavía maquillado del set y dormía en una silla junto a mi cama.

Cuando se me cayó el cabello, apareció con la cabeza completamente rapada.

—¡¿Qué hiciste?!

—Solidaridad.

—Estás filmando una película histórica.

—El director está procesándolo.

Me reí tanto que terminé llorando.

La cirugía llegó dos meses después.

Antes de entrar al quirófano, Ethan sostuvo mi mano.

—Cuando despiertes tengo algo que decirte.

—Dímelo ahora.

—No.

—¿Por qué?

Sus ojos estaban rojos.

—Porque quiero obligarte a despertar.

Horas después abrí los ojos.

Lo primero que vi fue a Sophie dormida.

Lo segundo fue a Ethan.

—Hola, 2 —susurró.

Intenté sonreír.

—Idiota.

El médico entró poco después.

Revisó mis constantes.

Entonces dijo las palabras que llevaba meses temiendo esperar.

—La cirugía salió mejor de lo previsto. Pudimos retirar completamente el tumor visible.

Ethan bajó la cabeza y comenzó a llorar.

Yo también.

No significaba que todo hubiera terminado.

Todavía quedaban tratamientos, análisis y revisiones.

Pero significaba que tenía una oportunidad.

Y la tomé.

Un año después, en Nochevieja, Ethan y yo estábamos sentados en el mismo sofá de mi departamento.

Mi último control había salido limpio.

Faltaban treinta segundos para medianoche.

—Tengo algo que confesarte —dijo.

—Eso nunca termina bien.

Me mostró su teléfono.

Había cambiado mi nombre de contacto.

Ya no era “2”.

Ahora decía:

“1”.

Lo miré.

—¿Y tu carrera?

—Sigue siendo importante.

—Entonces…

—Aprendí matemáticas.

Me reí.

—¿Después de tantos años?

—Sí. Resulta que puedo tener más de una cosa importante sin convertirlas en una competencia.

Quedaban diez segundos.

Ethan tomó mi mano.

—Aquella noche te pedí dinero como una broma.

Nueve.

—Y descubrí demasiado tarde que habrías dado todo por mí.

Ocho.

—No quiero que vuelvas a hacerlo.

Siete.

—Quiero que vivas.

Seis.

—Que gastes dinero en ti.

Cinco.

—Que te enfades conmigo.

Cuatro.

—Que envejezcas conmigo.

Tres.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

Dos.

—Emma Hayes, llevo diez años llegando tarde.

Uno.

—¿Me dejarás quedarme esta vez?

Los fuegos artificiales iluminaron las ventanas.

Lo besé antes de responder.

—Sí.

Ethan sonrió contra mis labios.

—Feliz Año Nuevo, compañera de pupitre.

Apoyé la frente contra la suya.

—Feliz Año Nuevo, número uno.

Y mientras la ciudad celebraba otro comienzo, comprendí algo.

Algunas personas llegan a nuestra vida demasiado pronto.

Otras regresan demasiado tarde.

Pero, a veces, después de años de silencios, errores y oportunidades perdidas, la vida te concede algo extraordinario:

la posibilidad de empezar de nuevo con la persona que nunca dejó de ser parte de tu historia.

Esta vez no hubo secretos.

No hubo cartas falsas.

No hubo despedidas.

Y Ethan nunca volvió a llamarme “2”.

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