Parte 2: EL VUELO QUE NOS SEPARÓ PARA SIEMPRE Y EL FUTURO QUE RECUPERÉ CUANDO DEJÉ DE ESPERAR QUE ME ELIGIERAS

El día del viaje, Adrian despertó antes que yo.

Dos maletas estaban junto a la puerta.

Una suya.

Una que él creía mía.

—¿Lista? —preguntó mientras se ajustaba el reloj.

—Sí.

No mentía.

Nunca había estado tan lista.

Mi verdadero equipaje ya estaba en casa de una colega. Dentro llevaba ropa, documentos y aquella vieja libreta donde Adrian había escrito que regresaríamos juntos a China.

Él pidió un taxi al aeropuerto.

Durante el trayecto habló sin parar.

Del apartamento que buscaríamos en Boston.

De su nuevo laboratorio.

De los contactos que podría conseguirme.

—Con tu currículum encontrarás algo —dijo—. Quizá no exactamente en astrofísica, pero algo bueno.

Volví la cabeza hacia la ventana.

—Quizá.

Ni siquiera recordaba que la astrofísica no era “algo”.

Había sido mi sueño.

En el aeropuerto, Adrian facturó su equipaje y me entregó mi pasaporte.

—Voy por café. Espérame aquí.

Asentí.

Cuando se alejó, miré la pantalla de salidas.

Boston.

Pekín.

Nuestros vuelos partían con menos de cuarenta minutos de diferencia.

Sonó mi teléfono.

Era el director Zhao, del instituto.

—Doctora Jiang, todo está preparado. La esperamos.

—Estaré allí.

—¿Está segura?

Miré a Adrian a lo lejos.

—Más que nunca.

Colgué.

Entonces alguien dijo detrás de mí:

—Clara.

Me giré.

Julian estaba allí.

Parecía haber corrido.

—Fui a tu apartamento. La portera dijo que venían al aeropuerto.

Lo miré sin comprender.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitaba decirte algo antes de que subieras a ese avión.

Su expresión era seria.

—La conversación que escuchaste aquel día… no fue casual.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Julian respiró hondo.

—Yo sabía que estabas afuera.

Me quedé inmóvil.

Ese fue el primer giro que no esperaba.

—Te vi llegar por el reflejo del vidrio —continuó—. Intenté darle a Adrian varias oportunidades para que dijera la verdad. Le pregunté por ti, por Pekín, por Megan…

—¿Querías que escuchara?

—Quería que él recordara que tenía una esposa antes de destruir su matrimonio. Pero cada respuesta fue peor que la anterior.

Apreté la correa de mi bolso.

—Entonces debería darte las gracias.

—No. Debería habértelo dicho directamente.

Negó con la cabeza.

—Hay otra cosa.

Sacó su teléfono.

—Megan no está esperando a Adrian para volver con él.

Fruncí el ceño.

Julian me mostró unos mensajes.

Megan se había comprometido hacía seis meses.

Con otro hombre.

—¿Adrian lo sabe?

—Sí.

Sentí que la sangre me bajaba al estómago.

—Entonces ¿por qué…?

—Porque ella le pidió ayuda.

Megan atravesaba problemas profesionales y Adrian había utilizado contactos para conseguirle una posición en Boston.

Julian bajó la voz.

—No sé si siguen enamorados. Pero sé que Adrian reorganizó toda su vida alrededor de la idea de protegerla. Y asumió que tú reorganizarías la tuya alrededor de él.

Eso dolió de una forma distinta.

Ni siquiera necesitaba estar teniendo una aventura.

Era peor.

Había decidido sacrificar mi futuro para cumplir una promesa emocional con otra mujer sin considerar que debía consultarme.

—Gracias por decírmelo.

—Clara…

—Estoy bien.

Y por primera vez era verdad.

Adrian apareció con dos cafés.

Al ver a Julian, frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

—Despidiéndome de Clara.

Adrian me tendió un vaso.

—Tenemos que pasar seguridad.

No lo tomé.

—Tú sí.

Su expresión cambió.

—¿Qué?

Saqué del bolso un sobre.

Dentro estaba mi solicitud de divorcio.

Se lo entregué.

Adrian miró los documentos.

Después me miró a mí.

Volvió a mirar los documentos.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—Clara, deja de bromear.

—No estoy bromeando.

—Nuestro vuelo sale en dos horas.

—Tu vuelo.

Señalé la pantalla.

—El mío va a Pekín.

Por primera vez desde que lo conocía, Adrian Shen se quedó sin palabras.

—¿Pekín?

—Acepté la plaza del instituto.

Su rostro perdió color.

—¿Cuándo?

—Hace tres días.

—¿Sin hablar conmigo?

Casi me reí.

—¿Te molesta?

—¡Claro que me molesta!

—Curioso. Tú firmaste un contrato en Estados Unidos sin hablar conmigo.

Abrió la boca.

No salió nada.

—Eso es diferente.

—Explícame por qué.

—Porque yo…

—¿Porque estabas seguro de que te seguiría?

Sus ojos se movieron hacia Julian.

Lo entendió.

—Escuchaste nuestra conversación.

—Sí.

—Clara, puedo explicarlo.

—No necesito explicaciones.

—Lo de Megan no es lo que piensas.

—Sé que está comprometida.

Adrian palideció todavía más.

Ahora fue él quien miró a Julian con auténtica furia.

—¿Se lo dijiste?

Julian respondió:

—Alguien tenía que empezar a decirle la verdad.

Adrian me tomó de la muñeca.

—Clara, escúchame.

Me liberé.

—No me toques.

Bajó inmediatamente la mano.

—Nunca te engañé.

—Ese no es el problema.

—Entonces dime cuál es.

Lo miré fijamente.

—Que durante años me convertiste en la persona que siempre podía esperar.

Tragó saliva.

—No fue así.

—Dejé un observatorio por ti. Cambié mi investigación por ti. Me quedé tres años por ti. Y cuando llegó el momento de decidir nuestro futuro, ni siquiera pensaste que mi opinión fuera necesaria.

—Pensé que querías estar conmigo.

—Quería.

Mi voz no tembló.

—Pero tú convertiste ese amor en una garantía.

El anuncio de embarque para Boston sonó sobre nuestras cabezas.

Adrian ni siquiera miró la pantalla.

—No voy a subir.

—Sí vas a subir.

—No sin ti.

—Eso ya no cambia nada.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Megan.

El nombre apareció claramente en la pantalla.

Los tres lo vimos.

Adrian rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

—¿Ves? —dijo desesperado—. No me importa.

Lo observé unos segundos.

—Eso tampoco es amor, Adrian.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Hace una semana estabas dispuesto a llevarme al otro lado del mundo por ella. Ahora estás dispuesto a abandonarla porque yo me voy. Sigues haciendo lo mismo: decidiendo quién debe sacrificarse según a quién tengas miedo de perder en ese momento.

Su rostro se quedó vacío.

No tenía respuesta.

Me alejé.

—Clara.

Continué caminando.

—¡Clara!

Esta vez me detuve.

—Te amo.

Durante muchos años habría dado cualquier cosa por escuchar aquellas palabras pronunciadas con ese miedo.

Ahora solo sentí tristeza.

—Tal vez.

Lo miré por última vez.

—Pero amar a alguien no sirve de mucho si solo descubres su valor cuando deja de obedecerte.

Y caminé hacia mi puerta de embarque.

Adrian no me siguió.


Tres meses después, estaba en Pekín.

La primera noche que volví a entrar en un observatorio lloré.

No por Adrian.

Por mí.

Apoyé las manos sobre la mesa de control mientras las primeras imágenes aparecían en las pantallas.

El director Zhao se acercó.

—¿Todo bien?

Sonreí.

—Sí.

—Entonces venga. Tenemos trabajo.

Volví a investigar sistemas estelares compactos. Meses después, el instituto aprobó mi propio proyecto.

Y entonces llegó la segunda sorpresa.

Una mañana recibí una carta de Cambridge.

El observatorio cuya oportunidad había rechazado años atrás había conservado parte de mi investigación preliminar.

Uno de mis antiguos modelos acababa de resultar útil para interpretar nuevas observaciones.

Querían incluirme en una colaboración internacional.

Me quedé mirando el correo durante varios minutos.

Pensé en la Clara de veintidós años.

La muchacha que había creído que abandonar un sueño era una prueba de amor.

Resultó que algunos sueños saben esperar mejor que algunas personas.

Acepté.

El divorcio quedó formalizado poco después.

Adrian no lo impugnó.

Solo me envió una carta.

No pedía volver.

Decía:

“Tenías razón. Confundí tu amor con la certeza de que nunca te irías. Lo siento.”

La guardé.

No porque quisiera conservarlo.

Sino porque, por primera vez, no necesitaba destruir nada para seguir adelante.

Supe por Julian que Adrian finalmente fue a Boston, pero renunció meses después. Megan continuó con su prometido.

No pregunté más.

Su historia ya no era la mía.


Un año después, salí del instituto una noche de invierno.

Había nevado.

Una joven investigadora caminaba conmigo.

—Doctora Jiang —preguntó—, ¿alguna vez se arrepintió de volver?

Miré el cielo.

Recordé dos boletos.

Dos aeropuertos.

Dos futuros.

—Sí.

Ella abrió mucho los ojos.

Sonreí.

—Me arrepiento de no haber vuelto antes.

Nos reímos.

Mi teléfono vibró.

Era la confirmación de una conferencia internacional.

Lugar: Boston.

Me quedé mirando la pantalla.

Tiempo atrás, ese nombre habría significado Adrian.

Ahora significaba trabajo.

Ciencia.

Mi vida.

Guardé el teléfono y seguí caminando.

Comprendí entonces cuál había sido mi verdadera partida.

No ocurrió cuando firmé el divorcio.

Ni cuando compré aquel boleto.

Ni siquiera cuando crucé sola la puerta de embarque.

Ocurrió el instante en que dejé de preguntarme si Adrian algún día me elegiría.

Porque finalmente entendí que yo también tenía derecho a elegir.

Y me elegí a mí.

Esta vez, sin retroceder.

Esta vez, sin pedir permiso.

Esta vez, para siempre.

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