—Señor, ¿conoce su tipo de sangre?
Luca miró a la enfermera.
—AB negativo.
Hannah abrió los ojos.
—Necesitamos un donante compatible ahora mismo. Hay una adolescente en cirugía. Si no recibe sangre, no va a sobrevivir.
Luca extendió el brazo.
—Tomen la que necesiten.
—¿Está seguro?
—Acabo de decir que sí.
Mientras Hannah se apresuraba a preparar la extracción, Marco se acercó.
—Luca, tenemos que hablar.
—Después.
—No. Esto puede estar relacionado con el ataque.
Luca lo miró fijamente.
—Entonces asegúrate de que siga vivo para hablar conmigo.
Minutos después, la sangre de Luca era enviada al quirófano.
El tiempo comenzó a correr.
Dentro de la sala, la doctora Reyes recibió la unidad y la administró inmediatamente. La presión de Elena comenzó a estabilizarse.
—Está respondiendo —dijo una enfermera.
La doctora soltó el aire que llevaba minutos conteniendo.
—Entonces no la dejemos escapar.
Horas después, Elena salió de cirugía estable.
Luca seguía esperando.
Cuando Hannah apareció, él se puso de pie.
—¿La niña?
—Está viva.
Por primera vez aquella noche, la expresión de Luca cambió.
—¿Va a sobrevivir?
—Si todo continúa así, sí.
Luca asintió y se volvió para marcharse.
Pero Hannah lo detuvo.
—Señor Mancini… hay algo extraño.
—¿Qué?
—El hospital realiza pruebas rutinarias a los donantes y receptores cuando ocurre una transfusión de emergencia. La doctora Reyes pidió que se procesaran las muestras porque el caso era inusual.
Luca frunció el ceño.
—¿Y?
—Todavía no tenemos los resultados.
—Entonces no hay nada que decir.
Hannah dudó.
—Hay una cosa más. La paciente no llegó con familiares. En su expediente aparece como menor emancipada y no tiene contacto de emergencia registrado.
Luca la observó durante unos segundos.
—Encuéntrenlo.
—¿Por qué?
—Porque alguien debería saber que sigue viva.
Tres días después, Luca estaba en su despacho cuando Marco entró con un sobre sellado.
—Llegó del hospital.
Luca abrió el documento.
Leyó la primera línea.
Después la segunda.
Y dejó de respirar durante un instante.
—¿Qué dice? —preguntó Marco.
Luca no respondió.
Volvió a leerlo.
La prueba genética mostraba una coincidencia de parentesco biológico de primer grado entre él y Elena Vásquez.
Luca Mancini era su padre.
—Eso es imposible —murmuró.
Marco tomó el documento.
—¿Estás seguro?
—La enterré.
—¿A quién?
Luca se levantó lentamente.
—A su madre. Hace diecisiete años. Me dijeron que el bebé había muerto durante el parto.
Marco quedó en silencio.
—Entonces alguien te mintió.
Luca cerró los ojos.
Durante años había vivido creyendo que no podía tener hijos. Después de la muerte de aquella mujer, había aceptado que su linaje terminaría con él.
Pero ahora una muchacha de diecisiete años estaba viva.
Y llevaba su sangre.
—Quiero saber quién falsificó ese certificado —dijo.
La respuesta llegó esa misma tarde.
El antiguo médico de la familia había recibido dinero de un hombre llamado Vittorio Bellini, antiguo socio de Luca y enemigo que había intentado apoderarse de su organización años atrás.
Pero el verdadero golpe llegó después.
Marco colocó una segunda carpeta sobre el escritorio.
—Hay algo más.
Luca la abrió.
Dentro había fotografías de Elena durante distintos años.
Alguien la había vigilado desde que era niña.
—¿Quién tomó estas fotos?
—La gente de Bellini.
Luca apretó la mandíbula.
—¿Por qué?
Marco señaló una fotografía reciente.
—Porque sabían quién era.
En ese momento sonó el teléfono.
Era la doctora Reyes.
—Señor Mancini, Elena despertó.
Luca llegó al hospital minutos después.
Entró solo a la habitación.
Elena estaba pálida, pero consciente.
Cuando lo vio, frunció el ceño.
—¿Quién eres?
Luca se quedó junto a la puerta.
—Me llamo Luca.
—¿El hombre que donó sangre?
—Sí.
Elena bajó la mirada.
—Gracias.
Luca tragó saliva.
—Elena… necesito decirte algo.
Ella volvió a mirarlo.
—¿Qué?
—El hospital hizo una prueba de ADN.
Elena esperó.
—Soy tu padre.

La joven permaneció inmóvil.
—No.
—Lo sé. Es difícil de creer.
—Mi mamá me dijo que mi padre había muerto.
—A mí me dijeron que tú habías muerto.
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.
—Entonces… ¿los dos fuimos engañados?
—Sí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente, Elena preguntó:
—¿Por qué nunca me buscaste?
Luca se acercó un poco.
—Porque creí que no existías. Y si hubiera sabido que estabas viva, habría pasado cada día buscándote.
Elena apartó la mirada.
—No sé si puedo llamarte papá.
Luca asintió.
—No tienes que hacerlo.
Ella respiró profundamente.
—Pero puedes quedarte.
Luca se sentó junto a su cama.
—Me quedaré.
Esa noche, Marco recibió la ubicación de Bellini.
Pero antes de actuar, Luca tomó una decisión distinta.
Entregó todas las pruebas a las autoridades y reveló públicamente la falsificación de los documentos, los sobornos y el intento de asesinato contra Elena.
Bellini fue arrestado antes de poder escapar.
El médico que había falsificado el certificado también confesó.
La verdad finalmente salió a la luz.
Semanas después, Elena dejó el hospital.
Luca la esperaba afuera.
No había guardaespaldas alrededor. No había autos blindados ni hombres armados.
Solo un padre esperando a su hija.
—¿A dónde vamos? —preguntó Elena.
Luca sonrió por primera vez.
—A casa, si quieres.
Elena lo miró durante varios segundos.
Después tomó su mano.
—Sí. A casa.
Luca había pasado diecisiete años creyendo que su sangre estaba condenada a desaparecer.
Pero aquella noche comprendió algo mucho más importante.
La vida que había enterrado no había muerto. Había estado esperando, durante diecisiete años, que él finalmente la encontrara.
Y esta vez, Luca no pensaba perderla.