Parte 2: LA VERDAD ESCONDIDA EN EL AUTO NEGRO

—Todavía tienen a mi mami.

La voz de Emma apenas salió de su garganta.

Me quedé mirándola durante un segundo antes de agacharme otra vez frente a ella.

—Emma, necesito que me digas exactamente qué pasó.

La niña apretó las monedas entre sus manos.

—Mami me dijo que entrara aquí y pidiera comida. Me dijo que no saliera, aunque alguien me llamara.

—¿Quiénes son los hombres del auto?

Emma negó con la cabeza.

—No sé sus nombres. Pero uno de ellos estuvo en nuestra casa anoche.

Marco regresó con un sándwich y una botella de agua.

Emma comenzó a comer con pequeñas mordidas, como si temiera que alguien pudiera quitárselo.

—Despacio —le dije—. Nadie te lo va a quitar.

Ella levantó los ojos hacia mí.

—¿De verdad?

—Te lo prometo.

Mientras comía, Marco recibió una llamada.

Se apartó unos pasos y escuchó en silencio.

Después regresó con el rostro serio.

—Jefe, encontramos el auto.

—¿Dónde?

—A tres calles de aquí. Lo abandonaron hace menos de cinco minutos.

Mi instinto me dijo que aquello no era una coincidencia.

—¿Y los hombres?

—Desaparecieron.

Entonces Emma dejó de comer.

—Ellos siempre hacen eso.

—¿Qué quieres decir?

—Cuando mami intentaba escapar, ellos siempre desaparecían y luego volvían.

Eso cambió completamente la situación.

No estábamos persiguiendo a dos hombres al azar.

Alguien había estado vigilando a Emma y a su madre durante días.

—Marco, averigua dónde vive Emma.

Antes de que pudiera responder, la niña habló.

—No podemos volver a casa.

—¿Por qué?

—Porque mami me dijo que si algún día desaparecía, buscara al señor de la panadería.

Fruncí el ceño.

—¿A mí?

Emma asintió.

—Ella dijo que usted era el único hombre al que podía pedirle ayuda.

Sentí un escalofrío.

Yo jamás había conocido a su madre.

O eso creía.

—¿Cómo se llama tu mamá?

Emma bajó la mirada.

—Lucía Moretti.

El mundo pareció detenerse.

Moretti.

Mi apellido.

—¿Qué dijiste?

—Lucía Moretti.

Marco me miró sorprendido.

Yo no podía apartar los ojos de Emma.

—¿Tu mamá alguna vez te habló de tu papá?

La niña asintió.

—Dijo que murió antes de que yo naciera.

Sentí que algo encajaba.

Años atrás, mi hermano menor, Matteo, había desaparecido después de una guerra entre familias. Todos creíamos que había muerto. Nunca encontramos su cuerpo.

Pero antes de desaparecer, había estado enamorado de una mujer llamada Lucía.

Emma podía ser su hija.

—Marco —dije lentamente—, llama al abogado. Necesito todos los archivos de Matteo.

Una hora después estábamos en una de mis propiedades.

Emma descansaba en una habitación segura mientras mis hombres revisaban cada entrada.

Marco apareció con una carpeta.

—Jefe, encontré esto.

Abrí el documento.

Era una fotografía antigua.

Matteo aparecía junto a una mujer joven.

Lucía.

Y en el reverso había una fecha.

La misma fecha en que Emma había nacido.

Pero había algo más.

Una segunda fotografía mostraba a Matteo sosteniendo a un bebé.

Emma.

—Entonces ella es mi sobrina —murmuré.

Marco tragó saliva.

—Sí.

Pero el verdadero golpe llegó después.

El abogado encontró una carta escondida entre los documentos de Matteo.

La abrí.

Lucía había escrito que Matteo había descubierto que uno de nuestros propios hombres estaba vendiendo información a una familia rival.

Y antes de desaparecer, había dejado pruebas.

El traidor había pasado años buscando esa evidencia.

Por eso estaban persiguiendo a Lucía y a Emma.

No querían a la niña.

Querían lo que Lucía llevaba consigo.

En ese momento, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

—Calder Moretti —dijo una voz—. Sabemos que tienes a la niña.

—¿Dónde está Lucía?

—Entrégame a Emma y ella vivirá.

Miré hacia la habitación.

—No sabes con quién estás hablando.

La voz soltó una risa.

—Tú tampoco sabes quién está trabajando para ti.

La llamada terminó.

Miré a Marco.

—Revisa a todos.

Minutos después descubrimos algo imposible.

Uno de mis hombres había desaparecido.

Y su teléfono estaba conectado al sistema de seguridad de la casa.

El traidor estaba dentro de mi propia organización.

No dudé.

Cambiamos a Emma de ubicación y dejamos una pista falsa.

El plan funcionó.

El traidor siguió el vehículo equivocado y nuestros hombres lo interceptaron.

Cuando finalmente confesó, reveló dónde tenían a Lucía.

Fuimos por ella esa misma noche.

La encontramos asustada, pero a salvo.

Cuando vio a Emma, corrió hacia ella.

—¡Mi niña!

Emma se lanzó a sus brazos.

Yo permanecí a unos metros, observándolas.

Lucía levantó la mirada.

—Tú eres Calder.

—Sí.

—Matteo confiaba en ti.

—Y debí protegerlo.

Ella negó con la cabeza.

—No pudiste hacerlo. Pero hoy salvaste a su hija.

Emma se acercó a mí.

—¿Entonces eres mi tío?

Me agaché.

—Eso parece.

Ella sonrió por primera vez.

—¿Puedo volver a la panadería contigo?

Sonreí.

—Puedes venir cuando quieras.

Meses después, Lucía consiguió empezar una nueva vida lejos de todo aquello.

Emma tenía una habitación propia en una casa tranquila y, cada sábado, insistía en visitar mi panadería.

La primera vez que volvió, señaló la misma vitrina.

—Quiero ese sándwich.

—¿Tienes dinero?

Emma sacó una moneda de su bolsillo.

—Ahora sí.

Negué con la cabeza y puse el sándwich frente a ella.

—Ese va por la casa.

Ella sonrió.

Y mientras la veía comer junto a Lucía, comprendí algo que jamás había entendido durante todos mis años en aquel mundo.

Había pasado media vida construyendo una familia que obedeciera mis órdenes, cuando la verdadera familia que necesitaba estaba sentada frente a mí.

Emma levantó su vaso de chocolate caliente.

—Tío Calder.

—¿Sí?

—Gracias por escucharme cuando tenía hambre.

La miré y sonreí.

—Gracias por entrar a mi panadería.

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