Parte 2: NADIE LE PERTENECE A NADIE

—No le pertenezco a nadie.

Las palabras de Dafne quedaron suspendidas en el estacionamiento.

Rafael dejó de sonreír.

Samuel se colocó delante de ella.

—Creo que deberías irte —dijo Rafael.

—Creo que deberías dejar de hablar por ella —respondió Samuel.

Rafael dio un paso hacia ellos.

—No sabes nada de esta situación.

—Sé suficiente. Sé que ella acaba de decir que no te pertenece.

Dafne sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. Durante meses había aprendido a medir cada palabra frente a Rafael, a caminar por aquella mansión como si las paredes tuvieran oídos.

Pero esa noche algo había cambiado.

Por primera vez, no tenía miedo de su propia voz.

—Rafael, quiero irme.

Él la miró fijamente.

—¿Con él?

—No importa con quién.

—Claro que importa.

Rafael señaló el ramo que ella sostenía.

—¿Quién te lo dio?

Samuel respondió:

—Yo.

Rafael soltó una risa seca.

—Entonces quédate con tus flores.

Se dio la vuelta.

Dafne creyó que se marcharía, pero antes de llegar al ascensor escuchó su voz.

—Mañana podrás salir de la mansión.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Mañana?

—Sí.

Samuel frunció el ceño.

—¿Por qué mañana y no ahora?

Rafael no respondió.

Solo entró al ascensor.

Cuando las puertas se cerraron, Samuel miró a Dafne.

—Eso no me gusta.

—A mí tampoco.

Entonces escucharon un ruido metálico.

El coche de Samuel acababa de ser movido.

Un empleado de seguridad apareció empujando una caja de herramientas.

—Señorita Salazar, el señor Ferrer ordenó revisar el estacionamiento.

Samuel se agachó junto al neumático.

Encontró un pequeño objeto metálico incrustado en la goma.

—Esto no fue un accidente.

Dafne palideció.

—¿Rafael hizo esto?

Samuel negó lentamente.

—No estoy seguro.

Entonces vio algo pegado debajo del automóvil: un pequeño dispositivo de rastreo.

Samuel lo arrancó.

—Dafne, ¿cuánto tiempo llevas viviendo con él?

—Ocho meses.

—¿Y siempre has pensado que te vigilaba?

Ella tragó saliva.

—Sí.

Samuel guardó el dispositivo.

—Entonces tenemos que averiguar quién lo colocó.

Aquella misma noche, Dafne regresó a la mansión.

Pero esta vez no entró como una prisionera.

Entró como alguien que finalmente quería conocer la verdad.

Encontró a Rafael en el despacho.

—Dijiste que mañana podría irme.

—Y lo mantengo.

—Entonces dime por qué me encerraste aquí.

Rafael permaneció callado.

Finalmente abrió un cajón y sacó una carpeta.

La dejó sobre el escritorio.

Dafne la abrió.

Dentro había fotografías, documentos y capturas de mensajes.

Todos hablaban de ella.

—¿Qué es esto?

—Tu padre dejó deudas antes de morir.

Dafne levantó la mirada.

—Eso ya lo sabía.

—No sabías que alguien estaba intentando cobrar esas deudas utilizando tu nombre.

Ella hojeó los documentos.

Había transferencias, contratos falsificados y fotografías tomadas sin que ella lo supiera.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Rafael apretó la mandíbula.

—Porque pensé que si sabías demasiado, correrías peligro.

Dafne sintió una mezcla de rabia y tristeza.

—¡Así que decidiste encerrarme!

—Sí.

—Eso no es protegerme.

Rafael bajó la mirada.

—Lo sé.

Pero entonces Dafne encontró una fotografía que cambió todo.

Era una imagen de ella entrando al estudio de canto.

Al reverso había una fecha.

Tres semanas antes de que conociera nuevamente a Samuel.

—¿Quién tomó esto?

Rafael respondió:

—No lo sé.

Samuel apareció en la puerta.

—Yo sí.

Ambos se giraron.

Samuel sostuvo el dispositivo de rastreo.

—Lo revisé. Tiene una conexión con una empresa de seguridad privada.

Dafne lo miró.

—¿Y?

Samuel respiró profundamente.

—La empresa pertenece a mi hermano.

El silencio fue absoluto.

Dafne retrocedió.

—¿Tu hermano?

Samuel cerró los ojos un instante.

—No sabía que estaba involucrado.

Rafael se levantó.

—¿Qué quiere de ella?

—No lo sé.

Samuel miró a Dafne.

—Pero voy a averiguarlo.

Horas después, la policía llegó a la mansión.

Los documentos entregados por Rafael demostraron que la red había falsificado contratos y utilizado la identidad de Dafne para mover dinero.

El hermano de Samuel fue detenido junto con otras personas involucradas.

Y entonces apareció el último giro.

Dafne descubrió que Rafael había transferido silenciosamente todas las propiedades que estaban a su nombre a una cuenta protegida para ella.

—¿Por qué hiciste esto? —preguntó.

Rafael la miró.

—Porque quería asegurarme de que, si algún día decidías irte, pudieras hacerlo sin necesitarme.

Dafne sintió que las lágrimas llenaban sus ojos.

—Debiste darme esa opción desde el principio.

—Lo sé.

Ella guardó silencio.

Después dejó las llaves de la mansión sobre la mesa.

—Me voy.

Rafael asintió.

—Lo entiendo.

Dafne caminó hacia la puerta.

Samuel la esperaba afuera, pero no dijo nada.

Ella lo miró.

—No necesito que nadie me salve.

Samuel sonrió.

—Entonces caminemos juntos.

Dafne tomó aire.

Por primera vez en mucho tiempo, nadie estaba decidiendo por ella.

Pasaron varios meses.

Rafael cumplió su promesa y nunca volvió a buscarla.

Samuel, en cambio, permaneció cerca, pero sin exigir nada.

Una tarde, después de otro ensayo, él le entregó un pequeño ramo.

Dafne sonrió.

—¿Otra vez flores?

—Esta vez sin esconder nada.

Ella tomó el ramo.

—Entonces puedo aceptarlas.

Samuel sonrió.

—¿Y todavía recuerdas lo que decías cuando eras pequeña?

Dafne fingió pensarlo.

—No.

—Mentira.

Ella soltó una carcajada.

—Tal vez un poco.

Samuel extendió su mano.

—Entonces empecemos de nuevo. Sin promesas infantiles. Sin mansiones. Sin secretos.

Dafne tomó su mano.

—De acuerdo.

Y aquella vez, cuando sonrió, no había nadie observándola desde las sombras, nadie vigilando sus pasos y nadie diciéndole a quién debía pertenecer.

Porque finalmente había entendido algo que nadie podía arrebatarle:

Dafne no pertenecía a Rafael, ni a Samuel, ni a ninguna otra persona. Se pertenecía a sí misma.

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