Esa noche, la tormenta golpeó la cabaña como si quisiera arrancarla de la montaña.
Yo estaba sentada junto a la ventana cuando el dolor volvió.
Más fuerte.
Me cubrí la boca con una toalla y tosí.
Cuando la aparté, había sangre.
—Luna.
Me congelé.
Ethan estaba en la puerta.
Sus ojos descendieron hasta la toalla.
—¿Qué es eso?
La escondí detrás de mí.
—Nada.
—Enséñamela.
—No eres nadie para darme órdenes.
Su mandíbula se tensó.
—Entonces explícame el mensaje del médico.
Lo miré.
Así que lo había visto.
—No es asunto tuyo.
Intenté pasar junto a él, pero el dolor me atravesó el abdomen.
Mis rodillas cedieron.
Ethan me sujetó antes de que tocara el suelo.
—¡Luna!
—Suéltame.
—¿Qué demonios te pasa?
—¡He dicho que me sueltes!
Amelia apareció en el pasillo.
—¿Qué ocurre?
Yo quise incorporarme.
No pude.
Ethan me levantó en brazos.
—Necesitamos un médico.
—No.
—Estás escupiendo sangre.
—¡Ethan!
—Por una vez deja de decidir sola.
Aquellas palabras me golpearon más que el dolor.
Me reí débilmente.
—¿Yo decidí sola?
Él se quedó inmóvil.
—Fuiste tú quien desapareció.
—Porque tú me dijiste que desapareciera.
El silencio cayó entre nosotros.
Ethan palideció.
—¿Qué?
—Hace tres años. En el hospital.
Su expresión cambió.
—Yo nunca fui al hospital.
Ahora fui yo quien dejó de respirar.
—Me llamaste.
—No.
—Me dijiste que estabas cansado de mí. Que no querías volver a verme.
Ethan negó lentamente.
—Luna, yo jamás hice esa llamada.
Amelia nos observaba, desconcertada.
—Creo que deberían hablar.
Ethan sacó el teléfono.
—¿Qué hospital?
—San Gabriel.
Sus dedos temblaban.
—Yo estaba en Canadá esa semana. Mi padre había sufrido un infarto.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Pero era tu número.
—Mi teléfono se quedó en casa.
Entonces recordó algo.
Su rostro se endureció.
—Mi madre estaba allí.
La sangre se me heló.
Eleanor Hawthorne nunca me había querido.
Para ella, yo era la muchacha enferma que acabaría convirtiéndose en una carga para su único hijo.
El primer muro de nuestro pasado acababa de derrumbarse: quizá Ethan nunca me había abandonado.
—¿Por qué no me buscaste? —pregunté.
Él soltó una risa amarga.
—Lo hice.
Me miró directamente.
—Fui a tu apartamento. Estaba vacío. Tu número había sido cancelado. Tu correo me devolvía los mensajes. Y recibí una carta tuya.
—¿Qué carta?
Ethan se quedó completamente quieto.
—Decía que habías conocido a alguien. Que Islandia había sido una fantasía infantil y que no querías volver a verme.
Negué.
—Yo nunca escribí eso.
Ninguno necesitó decir el nombre.
Eleanor.
Ethan cerró los ojos.
Tres años de odio acababan de quedarse sin fundamento.
Entonces Amelia habló:
—Hay otra cosa que deberían aclarar.
Ethan la miró.
Ella levantó su mano izquierda y se quitó el anillo.
—No soy su prometida.
Parpadeé.
—Dijiste que era tu esposo.
—Porque quería evitar preguntas del grupo.
Ethan frunció el ceño.
—Amelia.
—Ya basta.
Ella suspiró.
—Soy fotógrafa. Ethan contrató mi estudio para una campaña de joyería. Los anillos son parte de la sesión.
Sentí una presión extraña en el pecho.
—Entonces… ¿las fotos de boda?
—Publicidad.
Amelia sonrió tristemente.
—Y, para ser exacta, Ethan lleva tres días arruinándome fotografías porque mira hacia donde estás tú.
Él apartó la mirada.
Segundo giro: no había boda. No había nueva esposa. Solo dos personas heridas creyendo durante tres años que el otro las había abandonado.
Pero ya era demasiado tarde.
Un dolor brutal me atravesó.
Esta vez grité.
Ethan me sostuvo.
—¿Qué enfermedad tienes?
No pude seguir mintiendo.
—Cáncer de estómago.
Su rostro perdió todo color.
—¿Qué etapa?
Guardé silencio.
—Luna.
—Terminal.
Ethan dejó de respirar.
Amelia se cubrió la boca.
—¿Cuánto?
—El médico dijo tres meses.
Él retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—¿Y viniste aquí?
—Tenía una promesa que cumplir.
—¡Podrías morir!
—Precisamente.
La palabra lo destrozó.
Por primera vez desde que lo conocía, vi a Ethan Hawthorne llorar.
No hizo ruido.
Solo me miró mientras las lágrimas descendían por su rostro.
—¿Por eso querías llegar al lago?
Asentí.
—Quería dejarte una carta.
—¿Qué dice?
—Que cumplí.
La tormenta cerró las carreteras hasta la mañana.
En cuanto pudieron salir, Ethan consiguió un vehículo y me llevó al hospital más cercano.
Después de varias pruebas, una médica entró con los resultados.
Su expresión era seria.
—Señorita Luna, necesito preguntarle algo. ¿Quién diagnosticó que su cáncer era terminal?
Le di el nombre del hospital.
Ella revisó nuevamente la pantalla.
—Hay una masa, sí. Pero estos estudios no coinciden con una enfermedad terminal diseminada.
Me incorporé.
—¿Qué quiere decir?
—Que necesitamos confirmar con biopsia. Pero, según estas imágenes, su tumor parece localizado y potencialmente operable.
No entendí.
—Me dijeron que tenía metástasis.
—Aquí no veo evidencia clara de ella.
Ethan se puso de pie.
—Repita eso.
La médica mantuvo la calma.
—No puedo prometer una curación. Pero tampoco veo razones para decirle que solo le quedan tres meses.
Me eché a llorar.
No de alegría.
De miedo.

Porque después de aceptar la muerte, volver a tener esperanza daba muchísimo más miedo.
Ethan se arrodilló frente a mí.
—Mírame.
Negué.
—Luna.
Levanté los ojos.
—No vamos a desperdiciar otra oportunidad por algo que alguien nos dijo sin comprobarlo.
Apreté sus manos.
—¿Y si el resultado confirma lo peor?
—Entonces estaré contigo.
—No me debes nada.
—No es una deuda.
Su voz se quebró.
—Te busqué durante tres años. Te odié porque era más fácil odiarte que aceptar que todavía te amaba.
Cerré los ojos.
—Yo también te amé todos esos años.
—Entonces empezaremos desde ahí.
La biopsia confirmó lo inesperado.
El cáncer era grave, pero operable.
Mi antiguo hospital había interpretado erróneamente unas lesiones inflamatorias como metástasis.
Había perdido meses creyendo que estaba muriendo.
Pero todavía podía luchar.
Ethan canceló su regreso.
Amelia también se quedó dos días más.
—Quiero terminar una fotografía —dijo.
—¿Cuál?
Sonrió.
—La verdadera.
Dos días después, contra la recomendación de todos, insistí en llegar al lago.
—Solo diez minutos —cedió Ethan—. Después volvemos.
—Quince.
—Diez.
—Doce.
—He olvidado lo insoportable que eres.
—Mentiroso. Eso sí lo recordabas.
Por primera vez, se rio.
Al llegar, el cielo estaba despejado.
Saqué la carta de mi mochila.
Ethan extendió la mano.
—¿Puedo leerla?
Negué.
—Ya no sirve.
La rompí.
Los pedazos cayeron dentro de una pequeña bolsa que guardé nuevamente en el bolsillo.
—No contamines Islandia —murmuró Ethan.
Lo miré indignada.
—Acabo de destruir mi carta de despedida y eso es lo que dices.
—Sigues viva para regañarme.
—Todavía no.
Entonces Amelia gritó desde atrás:
—¡Miren arriba!
Levantamos la cabeza.
Una franja verde apareció en el cielo.
Después otra.
Y otra.
La aurora se extendió sobre nosotros como una cortina de luz.
No pude contener las lágrimas.
—Llegué.
Ethan me miró.
—Llegamos.
—Tres años tarde.
—No.
Tomó mi mano.
—Justo cuando todavía podíamos arreglarlo.
Amelia levantó la cámara.
—No se muevan.
Ethan entrelazó sus dedos con los míos.
Esta vez no había anillos falsos.
Ni fotografías publicitarias.
Ni mentiras.
Solo nosotros.
—Luna.
—¿Sí?
—Cuando te operen, estaré allí cuando despiertes.
—¿Y si estoy horrible?
—Siempre fuiste horrible al despertar.
Le di un golpe débil en el brazo.
La cámara capturó exactamente ese instante.
La operación duró seis horas.
Cuando abrí los ojos, había una mano alrededor de la mía.
—Llegaste tarde —susurré.
Ethan levantó la cabeza.
Tenía barba, ojeras y la misma bufanda de Islandia sobre los hombros.
—Llevo diecinueve horas aquí.
—Entonces llegaste demasiado temprano.
Se rio mientras lloraba.
Meses después, los controles mostraron que no había evidencia detectable de enfermedad.
No era una promesa de eternidad.
Pero después de haber creído que solo me quedaban semanas, cada día parecía un regalo.
Ethan confrontó a su madre.
Ella terminó admitiendo que había hecho la llamada y falsificado la carta porque estaba convencida de que separarnos era “lo mejor” para él.
Ethan cortó contacto con ella durante mucho tiempo.
Yo no le pedí que la perdonara.
Algunas heridas necesitan límites antes que perdón.
Un año después volvimos a Islandia.
Al mismo lago.
Amelia estaba detrás de nosotros con su cámara.
—Esta vez —dijo— espero que los anillos sean reales.
Ethan sacó una pequeña caja.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
Abrió la caja.
—Hace cuatro años te prometí que si nos perdíamos, nos encontraríamos aquí.
Sus ojos brillaron bajo la aurora.
—Nos perdimos, Luna.
Tomó mi mano.
—Pero volviste.
Respiré profundamente.
—Los dos volvimos.
Él sonrió.
—Entonces quédate.
Miré el cielo que una vez había elegido como último paisaje de mi vida.
Y entendí algo.
Había venido a Islandia preparada para despedirme.
En cambio, aquel lugar me devolvió la verdad, el tiempo y al hombre que nunca había dejado de buscarme.
Extendí la mano.
—Sí.
Ethan deslizó el anillo en mi dedo.
Amelia tomó la fotografía mientras la aurora iluminaba el lago.
Y esta vez no hubo una promesa para “algún día”.
No la necesitábamos.
Porque después de tres años creyendo que nuestra historia había terminado, descubrimos que el verdadero milagro no fue encontrarnos bajo la aurora.
Fue descubrir que todavía estábamos a tiempo de elegirnos.
Y lo hicimos.
Definitivamente.