Parte 2: EL MULTIMILLONARIO QUE DESCUBRIÓ EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA NAVIDAD

Reed se quedó inmóvil observando a las dos niñas.

Una de ellas sostenía una pequeña etiqueta de cartón completamente en blanco.

La otra la miraba como si aquel pedazo de papel fuera lo más importante del mundo.

La voluntaria del puesto benéfico, sin levantar apenas la vista, dijo con cansancio:

—Cariño, ya les expliqué que Santa no puede entregar regalos si no tienen una dirección permanente.

Hazel bajó la cabeza.

—Vivimos en el refugio.

La mujer suspiró.

—Entonces este año será difícil.

Las gemelas se alejaron lentamente.

No protestaron.

No hicieron un berrinche.

Solo caminaron en silencio.

Reed sintió un peso extraño en el pecho.

Las siguió a cierta distancia.

Las niñas se detuvieron frente al enorme árbol de Navidad.

Se miraron unos segundos.

Luego Nora señaló discretamente a Reed.

—Él parece rico.

Hazel asintió.

—Tal vez él conozca a Santa.

Antes de que Reed pudiera reaccionar, ambas caminaron hasta él.

Nora levantó la vista.

—Señor…

Reed sonrió por primera vez en muchos meses.

—Hola.

Hazel apretó fuerte la mano de su hermana.

—¿Usted conoce a Santa?

La pregunta atravesó todas las defensas que había construido durante años.

No respondió enseguida.

Nora continuó con absoluta seriedad.

—Nos dijeron que Santa no viene donde vivimos.

—Pero pensamos que tal vez usted pudiera darle nuestra carta.

Reed tragó saliva.

Se agachó hasta quedar a su altura.

—¿Cómo se llaman?

—Hazel.

—Y yo soy Nora.

—¿Dónde está su mamá?

Las niñas intercambiaron una mirada.

—Trabajando.

—Hace turnos de noche limpiando oficinas.

—¿Y están solas?

—Nos cuida la señora Evelyn del refugio.

Reed miró la etiqueta vacía.

—¿Qué iban a pedirle a Santa?

Hazel respondió primero.

—Una cobija para mamá.

Nora añadió:

—Y botas que no tengan agujeros.

Reed sintió que la garganta se le cerraba.

—¿Y para ustedes?

Las dos guardaron silencio.

Finalmente Hazel respondió:

—Nosotras compartimos todo.

Con que mamá sonría es suficiente.

Reed ya no pudo contener las lágrimas.

Recordó a Junie.

Recordó la estrella roja que nunca llegó al árbol.

Respiró hondo.

—Creo que sí conozco a Santa.

Las dos sonrieron con ilusión.

—¿De verdad?

—Sí.

Sacó el teléfono.

Llamó a Frankie, el director de su fundación.

—Necesito que abras todas las tiendas que podamos.

—¿Ahora?

—Ahora mismo.

—Es Nochebuena.

—Lo sé.

—¿Qué necesitas?

Reed miró a las niñas.

—Todo.

Dos horas después, varias camionetas llegaron al refugio.

No solo con regalos.

También con camas nuevas.

Abrigos.

Calefactores.

Alimentos para varios meses.

Juguetes.

Libros.

Medicinas.

La directora del refugio no podía creer lo que veía.

Cuando preguntó quién había organizado todo aquello, Reed respondió:

—Dos niñas me recordaron algo que había olvidado.

Aquella noche cenó por primera vez acompañado desde la muerte de su familia.

Las gemelas insistieron en que se sentara con ellas.

Durante la cena, Nora lo observó con curiosidad.

—¿Tú también estás solo?

Reed asintió.

—Sí.

Hazel tomó una galleta con forma de estrella y la colocó en su plato.

—Entonces ahora ya no.

Aquella frase terminó de romper el muro que llevaba dos años levantando alrededor de su corazón.

Los días siguientes siguió visitando el refugio.

Conoció a la madre de las niñas, Emily.

Trabajaba dos empleos y aun así apenas conseguía mantenerlas.

Nunca pidió dinero.

Solo agradecía que sus hijas volvieran a sonreír.

Semanas después, Reed hizo algo que sorprendió incluso a su junta directiva.

Creó el Programa Junie, en honor a su hija.

Su empresa financiaría viviendas temporales, atención psicológica y programas educativos para familias sin hogar.

No sería una campaña navideña.

Sería permanente.

Cuando los periodistas le preguntaron por qué había tomado aquella decisión, respondió:

—Durante años pensé que el dinero servía para resolver problemas.

Dos niñas me enseñaron que primero hay que mirar a las personas.

Un año después volvió a la misma plaza.

Esta vez llevaba un árbol de Navidad.

Uno enorme.

Decorado con cientos de estrellas.

En la punta brillaba una estrella de cristal rojo, igual a la que Junie había elegido años atrás.

Hazel y Nora fueron las encargadas de encender las luces.

Mientras la multitud aplaudía, Nora tomó la mano de Reed.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Creo que Santa sí conocía nuestra dirección.

Reed sonrió con los ojos llenos de lágrimas.

—No.

Se agachó para abrazarlas.

—Creo que fui yo quien necesitaba encontrar la de ustedes.

Y comprendió que la Navidad nunca había desaparecido de su vida. Solo estaba esperando el momento en que dejara de mirar lo que había perdido para descubrir a quién todavía podía ayudar. Porque, a veces, el regalo más grande no es el que damos, sino la oportunidad de volver a abrir el corazón cuando creíamos que ya era imposible hacerlo.

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