—No.
Su mano seguía sobre mi muñeca, pero no me estaba haciendo daño.
—¿Por qué no? —pregunté.
Ethan guardó silencio unos segundos.
Entonces encendió la lámpara.
Lo miré, desconcertada.
—¿No que no querías?
—No quiero que vuelvas a esconderte de mí.
Fruncí el ceño.
—¿De qué estás hablando?
Ethan se sentó al borde de la cama y soltó el aire lentamente.
—De nosotros.
Aquellas dos palabras me hicieron incorporarme.
—¿Nosotros?
—Sí. Nuestro matrimonio.
Por primera vez desde que lo conocía, Ethan parecía nervioso.
—Sé que piensas que soy frío. Que no me importas. Que quizá esa interna me gusta más que tú.
—La vi, Ethan.
—Lo sé.
—Entonces viste cómo la mirabas.
—La miraba porque estaba revisando sus resultados. Y esa expresión que viste no era interés.
—¿Entonces qué era?
Ethan bajó la mirada.
—Reconocimiento.
—¿Reconocimiento de qué?
Sacó su teléfono y abrió una fotografía.
Sentí que se me helaba el cuerpo.
Era una imagen de la interna.
—Se llama Claire Morgan —dijo—. Es la hija de mi antiguo profesor.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Ethan me mostró otra fotografía.
Era de una mujer mayor.
—Su madre murió hace tres meses. Tenía una enfermedad que los médicos tardaron demasiado en detectar.
Me quedé callada.
—Claire está haciendo prácticas conmigo porque quiere especializarse en dermatología. La estaba ayudando con unos informes.
—Entonces… ¿no había nada entre ustedes?
—Nada.
Sentí una mezcla de alivio y vergüenza.
Pero todavía quedaba una pregunta.
—Entonces, ¿por qué eres así conmigo?
Ethan me miró directamente.
—Porque tengo miedo.
Me quedé inmóvil.
El hombre que parecía incapaz de sentir algo acababa de admitir que tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que algún día descubras que no soy el esposo que esperabas.
Solté una pequeña risa.
—Ethan, tú eres el esposo que elegí después de dos citas.
—Precisamente.
—Eso no significa que no pueda quererte.
Él tragó saliva.
—Yo ya te quiero.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de la boda.
—¿Qué?
Ethan sonrió por primera vez aquella noche.
—Tu papá me llamó una semana antes de que nos conociéramos. Me pidió que saliera contigo.
—¡¿Mi papá te buscó?!
—Sí.
—¡Entonces nuestro matrimonio fue una trampa familiar!
—No exactamente.
—¿Cómo que no exactamente?
Ethan soltó una risa.
—Tu papá me dijo que eras independiente, terca, inteligente y que probablemente me odiarías.
—¡Eso es horrible!
—También dijo que eras la única mujer que conocía capaz de hacerme hablar.
Lo miré fijamente.
Entonces recordé algo.
—Espera. ¿Por qué aceptaste?
Ethan bajó la mirada.
—Porque ya te había visto.
Mi expresión cambió.
—¿Dónde?
—En el hospital. Tres meses antes de nuestra primera cita.
Me quedé completamente quieta.
—Tú estabas visitando a tu abuela. Te vi discutir con una enfermera porque querían cobrarle un medicamento que no podía pagar.
Recordé aquel día.
—¿Tú eras el médico que estaba detrás del mostrador?
—Sí.
Mi boca se abrió.
—Yo ni siquiera te vi.
—Yo sí.
Y ese fue el primer giro que jamás había imaginado: nuestro matrimonio no había comenzado con dos citas a ciegas, sino mucho antes de que yo supiera que él existía.
Pero todavía faltaba algo.
—Entonces, ¿por qué nunca me lo dijiste?
—Porque pensé que si te lo contaba, creerías que me casé contigo por lástima.
Me acerqué a él.
—Ethan, eres increíblemente malo explicando tus sentimientos.
—Soy médico.
—Eso no es una excusa.
—Lo sé.
Los dos reímos.
Pero justo cuando pensé que todo había quedado aclarado, Ethan tomó mi mano.

—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Lo del procedimiento de hoy.
—¿Qué pasa con eso?
—No fue solamente un absceso.
Me tensé.
—¿Qué quieres decir?
Ethan abrió el informe médico.
—El cultivo mostró una infección bacteriana. Nada grave, pero si hubieras esperado varios días, podría haberse complicado.
Lo miré con incredulidad.
—¿Y por eso estabas tan serio?
—Sí.
—¿Estabas preocupado?
—Muchísimo.
Segundo giro: el hombre que parecía indiferente había pasado toda la tarde vigilando mis resultados porque estaba aterrorizado de que algo me ocurriera.
—Podrías haberme dicho eso.
—No sabía cómo.
—Podrías haber dicho: “Estoy preocupado por ti”.
—No sabía cómo.
—Ethan.
—Estoy aprendiendo.
Lo miré durante unos segundos.
Después sonreí.
—Entonces aprende rápido.
Él tomó mi mano.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí.
—¿Podemos empezar de nuevo?
—¿Nuestro matrimonio?
—Sí. Pero esta vez sin luces apagadas.
Sentí que el rostro me ardía.
—Eso sonó bastante sospechoso.
Ethan sonrió.
—Me refería a hablar.
—Claro que sí.
—¿Y si quiero besarte?
—Puedes preguntar.
—¿Puedo?
Asentí.
Esta vez no apagó la luz.
Y por primera vez desde que nos casamos, pude ver su rostro mientras me miraba.
No había frialdad.
No había distancia.
Solo un hombre que finalmente había decidido dejar de esconder lo que sentía.
A la mañana siguiente, desperté y encontré una nota junto a mi almohada.
“Tu herida está mejor. Tu esposo también.”
Sonreí.
Pero debajo había una segunda línea.
“Y por cierto, tu papá acaba de llamarme. Dice que sabía que esto funcionaría.”
Tomé el teléfono inmediatamente.
—¡PAPÁ!
Desde la cocina escuché la risa de Ethan.
—Buenos días, esposa.
Lo miré.
—Te advierto una cosa, doctor Foster.
—¿Qué?
—Si vuelves a hacerme un procedimiento sin explicarme lo que sientes, pediré una segunda opinión.
Ethan se acercó, sonriendo.
—Entonces espero que tu segunda opinión sea conmigo.
Y esta vez, en lugar de esconderme en la oscuridad, encendí todas las luces.