Parte 2: LA VERDAD QUE DAVID NUNCA SUPO

—Natasha, necesito que vengas conmigo —dijo la Dra. Winters.

Miré a Chloe.

—Quédate aquí, cariño. No te muevas hasta que yo vuelva.

—¿Está todo bien, mamá?

Forcé una sonrisa.

—Sí. Todo estará bien.

Seguí a la doctora hasta una pequeña sala privada.

Ella cerró la puerta.

—El perfil sanguíneo de Chloe no solo coincide con el de David. La combinación genética es prácticamente imposible entre dos personas sin parentesco directo.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—Entonces ya lo sabe.

—Todavía no —respondió ella—. Pero hay algo más.

La doctora colocó un expediente sobre la mesa.

—Cuando revisamos el historial de David, encontramos una muestra genética antigua. Hace años se sometió a una prueba de paternidad relacionada con una investigación médica. Comparé los marcadores.

La miré sin comprender.

—¿Y?

—David Carter es el padre biológico de Chloe.

Cerré los ojos.

Ocho años.

Ocho años protegiendo a mi hija de un hombre que jamás había sabido que existía.

—No quiero que nadie se lo diga —susurré.

—Eso no depende solamente de mí.

La puerta se abrió.

Dos hombres vestidos de negro aparecieron en el pasillo.

Uno de ellos habló con la doctora.

—El señor Carter despertó.

Mi corazón dio un vuelco.

David estaba vivo.

Pero entonces el hombre agregó:

—Y está preguntando por Natasha Simmons.


Entré en la habitación.

David estaba conectado a varias máquinas. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos seguían teniendo aquella mirada que yo recordaba demasiado bien.

Al verme, permaneció en silencio.

—¿Eres tú? —preguntó finalmente.

—Sí.

Sus ojos bajaron hacia mi hija, que esperaba detrás de mí.

Chloe dio un paso adelante.

David la miró.

Luego volvió a mirarme.

—¿Quién es ella?

No respondí.

Él tragó saliva.

—Natasha.

—Se llama Chloe.

La expresión de David cambió.

—¿Cuántos años tiene?

—Ocho.

David cerró los ojos como si acabaran de golpearlo.

—No…

—Sí.

—¿Es mi hija?

—Biológicamente, sí.

El silencio fue absoluto.

Entonces ocurrió algo que jamás habría esperado.

David comenzó a llorar.

No como el hombre temido de Chicago.

No como el jefe criminal que todos describían.

Lloró como un hombre que acababa de descubrir que había perdido ocho años de la vida de su hija.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Sentí que toda la rabia que había guardado durante años regresaba.

—Porque la noche que descubrí que estaba embarazada, recibí una amenaza.

David frunció el ceño.

—¿De quién?

—De tu propio hermano.

Su rostro se endureció.

—Marcus.

Asentí.

—Me dijo que si intentaba acercarme a ti, Chloe desaparecería antes de cumplir un año.

David intentó incorporarse.

—¿Dónde está Marcus?

—No lo sé.

Él miró a uno de sus hombres.

—Encuéntrenlo.

Pero antes de que pudiera continuar, la puerta se abrió de golpe.

Un hombre armado entró.

—¡Señor Carter, tenemos un problema!

David lo miró.

—¿Qué pasó?

—Marcus tomó el control de varios de nuestros negocios esta mañana.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Chloe?

El hombre palideció.

—Hay otro problema.


Cinco minutos después, las cámaras del hospital mostraron a un hombre entrando en la sala de espera.

Chloe había desaparecido.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¡No!

David arrancó casi desesperadamente una de las vías de su brazo.

—¡Tráiganme a mi hija!

—David, apenas puedes caminar.

—¡Me importa un demonio!

Entonces escuchamos una voz por el teléfono.

—Si quieren volver a ver a la niña, Carter tendrá que venir solo.

David tomó el teléfono.

—Marcus.

—Hola, hermano.

—Si le haces algo a Chloe…

Marcus soltó una risa.

—No voy a tocarla. La necesito viva porque ella es la única razón por la que todavía puedes ser chantajeado.

David apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres?

—Todo.

—¿Dinero?

—No. Tu imperio.

David permaneció callado.

Entonces respondió:

—Acepto.

Lo miré sorprendida.

—David…

Él me hizo una señal.

—Pero quiero verla primero.

Marcus aceptó.


El intercambio ocurrió en un almacén abandonado.

David llegó solo.

Yo permanecí dentro de un vehículo con dos agentes de policía que la doctora había contactado en secreto.

Chloe apareció de la mano de Marcus.

Estaba asustada, pero ilesa.

—¡Mamá!

Salí del vehículo.

Marcus levantó un arma.

—Un paso más y…

Un disparo resonó.

Pero no salió del arma de Marcus.

Uno de los agentes había disparado al suelo para obligarlo a retroceder.

David aprovechó el instante.

Se abalanzó sobre su hermano.

Los dos cayeron al suelo.

Hubo un forcejeo breve.

Finalmente, Marcus quedó inmovilizado.

La policía lo esposó.

David se quedó de rodillas.

Chloe corrió hacia él.

—¿Tú eres mi papá?

David levantó la mirada.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí.

Chloe lo observó unos segundos.

Después lo abrazó.

David cerró los brazos alrededor de ella como si quisiera recuperar ocho años en un solo instante.


Meses después, David cumplió una promesa.

Disolvió su organización criminal y entregó información a las autoridades a cambio de protección para mí y Chloe.

No fue fácil.

Pero comenzó una vida completamente distinta.

Chloe empezó a visitar a David durante su recuperación.

Y cada vez que él podía caminar un poco más, ella lo acompañaba.

Una tarde, mientras coloreaba en la mesa del hospital, Chloe levantó su dibujo.

—Papá, hice un caballo.

David sonrió.

—¿Por qué es morado?

—Porque los caballos pueden ser del color que quieran.

David soltó una pequeña risa.

Yo los observé desde la puerta.

Había pasado ocho años huyendo de una familia peligrosa.

Pero nunca imaginé que aquella misma familia terminaría dándole a mi hija algo que jamás pensé que tendría:

un padre.

David tomó la mano de Chloe.

—Te prometo algo.

—¿Qué?

—No volveré a perderme otro cumpleaños.

Chloe sonrió.

—Entonces tienes ocho cumpleaños que recuperar.

David se quedó mirándola.

Después sonrió entre lágrimas.

—Los recuperaré todos.

Y esta vez, por primera vez desde que nació mi hija, yo le creí.

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