Parte 2: EL IMPERIO QUE CONSTRUYÓ CONMIGO DEJÓ DE PERTENECERLE

Tres días después del funeral de mi madre salí del hospital.

Llevaba un vestido negro sencillo.

En una mano sostenía la urna con sus cenizas.

En la otra, una carpeta azul.

No quedaban lágrimas.

Solo asuntos pendientes.

Mi primera parada no fue el cementerio.

Fue el despacho de la abogada que había redactado nuestro acuerdo prenupcial.

La licenciada Lin me esperaba con todos los documentos abiertos.

—He escuchado la grabación.

También revisé los mensajes de Serena.

Levantó la vista.

—No solo existe infidelidad.

Existe engaño patrimonial deliberado.

Asentí.

—Quiero ejecutar la cláusula.

Hoy.


Aquella misma mañana, Adrian llegó a la empresa convencido de que todo podía solucionarse.

Llevaba flores.

Un anillo nuevo.

Y un discurso cuidadosamente preparado.

Jamás alcanzó a pronunciarlo.

Cuando entró en la sala de juntas encontró al consejo de administración reunido.

También estaba yo.

Vestida completamente de negro.

Él dio un paso hacia mí.

—Xia…

Intentó tomar mi mano.

La retiré.

—No vuelvas a llamarme así.

El director jurídico colocó una carpeta frente a él.

—Señor Fu.

Necesitamos revisar varios asuntos urgentes.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué sucede?

El abogado abrió el expediente.

—Conforme al acuerdo matrimonial firmado hace tres años…

Y a la evidencia presentada…

La cláusula diecisiete entra en vigor inmediatamente.

Adrian comenzó a leer.

Su rostro perdió lentamente el color.

—No…

Esto no puede aplicarse.

Levantó la vista hacia mí.

—Solo fue una vez.

Respiré profundamente.

—No.

Fue una traición.

Y una mentira que terminó costándome una madre y un hijo.

El silencio se volvió insoportable.


El abogado continuó.

—Además del incumplimiento conyugal, existen pruebas de simulación financiera.

Transferencias realizadas por la señora Lin para cubrir una supuesta quiebra inexistente.

Engaño económico.

Y perjuicio patrimonial.

Cada palabra destruía un poco más la seguridad de Adrian.

Miró desesperadamente al presidente del consejo.

—Yo fundé esta empresa.

El hombre negó lentamente.

—No exactamente.

Colocó otro documento sobre la mesa.

Era el registro original de la patente.

Mi nombre aparecía junto al suyo.

Después mostró la constitución del fondo de inversión inicial.

El treinta y ocho por ciento pertenecía legalmente a mí.

Siempre había sido así.

Solo que Adrian jamás volvió a leer los documentos después de firmarlos.


La puerta volvió a abrirse.

Entró Serena.

Todavía llevaba el collar de diamantes.

Pensó que venía a defenderla.

Se equivocó.

El abogado proyectó la grabación de su llamada.

Su voz llenó toda la sala.

“Gané la apuesta.”

“Te dije que devolvería el dinero para fingir dignidad.”

Después se escuchó claramente la risa de Adrian.

Nadie necesitó más explicaciones.

Los miembros del consejo comenzaron a intercambiar miradas.

El director financiero cerró lentamente su carpeta.

—Señor Fu…

Nos ocultó información extremadamente grave.


Serena intentó acercarse.

—Adrian…

Él retrocedió.

Por primera vez comprendió que aquella mujer nunca había apostado por amor.

Solo por diversión.

Y dinero.


Media hora después terminó la reunión.

El consejo aprobó por unanimidad la aplicación del acuerdo.

Adrian perdió inmediatamente todos los derechos de administración derivados de su participación condicionada.

Yo asumí la dirección temporal del grupo.

No sonreí.

No sentí satisfacción.

Porque ninguna empresa podía devolverme aquello que había perdido.


Cuando salí del edificio encontré a Adrian esperándome.

Estaba completamente solo.

Las flores seguían en el asiento del automóvil.

Se acercó lentamente.

—Si hubiera sabido lo de tu madre…

Negué con tranquilidad.

—Tuviste un mes para preguntar por qué necesitaba ese dinero.

Nunca lo hiciste.

Bajó la cabeza.

—Si hubiera sabido lo del bebé…

Lo interrumpí.

—También tuviste toda una noche para escucharme.

Elegiste irte al yate con Serena.

Las palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier grito.

Porque eran verdad.


Un año después inauguramos una fundación con el nombre de mi madre.

Su objetivo era financiar cirugías cardíacas para personas que no podían pagarlas.

La primera operación se realizó exactamente con quinientos mil yuanes.

La misma cantidad que llegó demasiado tarde para salvarla.

Antes de comenzar la ceremonia dejé una flor blanca junto a su fotografía.

Sonreí con tristeza.

—Mamá…

Esta vez nadie tendrá que suplicar ayuda demasiado tarde.


Aquella noche regresé sola a casa.

Abrí el cajón donde todavía guardaba la primera ecografía.

La observé unos minutos.

Después la coloqué junto a la fotografía de mi madre.

Dos ausencias.

Dos amores.

Dos despedidas.

Cerré lentamente el cajón.

Comprendí entonces que la mayor derrota de Adrian nunca fue perder una empresa ni un matrimonio. Fue descubrir demasiado tarde que el dinero que utilizó para ponerme a prueba jamás podría comprar el tiempo que le robó a una madre, a un hijo y al único amor verdadero que alguna vez tuvo.

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