Parte 2: EL PLAN DE PUERTO VALLARTA

Mariana volvió a colocar la carpeta exactamente donde la había encontrado.

Las manos le temblaban, pero no de miedo.

De rabia.

Dos millones ochocientos mil pesos.

Eso valía su muerte para el hombre que, apenas un día antes, había prometido amarla y protegerla frente a ciento veinte invitados.

Cerró el armario y escuchó el agua de la regadera detenerse.

Ricardo estaba despierto.

Mariana apenas tuvo tiempo de sentarse frente al espejo cuando él apareció detrás de ella, todavía con el cabello mojado.

—¿Dormiste bien, esposa? —preguntó sonriendo.

La palabra le revolvió el estómago.

—Perfecto.

Ricardo se inclinó para besarle la frente.

Mariana tuvo que obligarse a no apartarse.

—En cuatro días estaremos en Puerto Vallarta —dijo él—. Te prometo que será un viaje que nunca olvidarás.

Por primera vez, Mariana entendió el verdadero significado de aquella frase.

Esa tarde se reunió con Daniel en el estacionamiento subterráneo de su clínica.

Su hermano llegó acompañado de una mujer de unos cuarenta años llamada Lucía Ferrer, investigadora privada y antigua compañera suya de la universidad.

Lucía colocó una tableta sobre el cofre del automóvil.

—La póliza no es lo peor.

Mariana sintió un vacío en el pecho.

—¿Qué encontraste?

Lucía mostró varios documentos.

Ricardo había contratado el seguro seis semanas antes de la boda, pero había solicitado que entrara en vigor exactamente el día del matrimonio civil.

Además, había preguntado por escrito sobre las condiciones para cobrarlo si Mariana sufría un accidente fuera de Ciudad de México.

—Eso todavía podría explicarse como precaución —dijo Mariana.

Lucía negó lentamente.

—Esto no.

Abrió otro archivo.

Era una reserva marítima en Puerto Vallarta.

Una excursión privada para dos personas.

Salida: siete de la tarde.

Regreso estimado: once de la noche.

Pero había algo extraño.

La empresa que aparecía en la reserva había dejado de operar ocho meses atrás.

—Entonces ¿quién va a llevarnos? —susurró Mariana.

—Eso estoy intentando descubrir.

Daniel apretó la mandíbula.

—Cancela el viaje.

—No.

Su hermano la miró como si hubiera escuchado mal.

—¿Qué dijiste?

—Si cancelo ahora, Ricardo sabrá que descubrí algo. Y si realmente trabaja con ese Esteban Luján, quizá simplemente cambien el plan.

—Mariana, esto no es un juego.

—Precisamente.

Ella sostuvo la mirada de su hermano.

—Quiero saber qué planean antes de que puedan intentarlo de otra manera.

Lucía permaneció en silencio unos segundos.

—Entonces necesitamos que Ricardo crea que todo sigue exactamente igual.

Aquella noche Mariana cenó con su esposo.

Hablaron de la boda, de los regalos y de las fotografías.

Ricardo parecía relajado.

Hasta que dejó el tenedor sobre el plato.

—Por cierto, ¿encontraste una carpeta dentro de mi armario?

El corazón de Mariana golpeó con tanta fuerza que creyó que él podía escucharlo.

—¿Qué carpeta?

Ricardo la observó.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

Luego sonrió.

—Nada importante.

Mariana tomó su copa.

—Estás raro.

—Estoy cansado.

Pero cuando Ricardo se levantó para contestar una llamada en el balcón, Mariana vio que la puerta del armario había quedado abierta.

La carpeta ya no estaba.

A la mañana siguiente, Daniel llamó.

—Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—Esteban Luján desapareció.

—¿Desapareció?

—Su oficina está vacía. Sus teléfonos apagados. Y alguien retiró casi todo el dinero de una de sus empresas ayer por la noche.

Mariana miró hacia la recepción de su clínica.

Ricardo acababa de entrar.

Llevaba flores.

—Tengo que colgar.

—Mariana…

Ella terminó la llamada.

Ricardo se acercó sonriendo.

—Sorpresa.

Le entregó las rosas delante de las empleadas.

—Vine por mi esposa. Tenemos una cita importante.

—¿Qué cita?

—Una pequeña modificación del viaje.

El miedo regresó.

—¿Qué modificación?

—Nos vamos mañana.

Mariana dejó de respirar.

El vuelo estaba programado para dentro de tres días.

—¿Mañana?

—Conseguí una habitación mejor. Frente al mar. Pensé que te gustaría pasar más tiempo allá.

Ricardo acababa de adelantar el viaje cuarenta y ocho horas.

Daniel y Lucía no estaban preparados.

Y Ricardo lo sabía.

O quizá simplemente sospechaba.

Mariana sonrió.

—Me encanta.

Esa tarde logró encerrarse cinco minutos en el baño y envió un mensaje a Daniel.

“Mañana. Cambió todo. Vuelo 8:10.”

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“NO SUBAS A ESE AVIÓN.”

Mariana guardó el teléfono cuando escuchó un golpe en la puerta.

—¿Todo bien? —preguntó Ricardo desde afuera.

—Sí.

—Abre.

—Estoy arreglándome.

Silencio.

Después escuchó sus pasos alejándose.

Esa noche Ricardo no soltó su celular.

A las dos de la madrugada creyó que Mariana dormía y salió de la habitación.

Ella esperó treinta segundos antes de levantarse.

Lo siguió descalza hasta la sala.

Ricardo hablaba en voz baja.

—Sí. Mañana.

Pausa.

—No, Daniel no sabe nada.

Mariana sintió que la sangre se le helaba.

Había mencionado a su hermano.

Se acercó un poco más.

—Ella sigue creyendo que la excursión es el viernes —continuó Ricardo—. Adelantaremos todo.

Otra pausa.

Entonces dijo algo todavía peor.

—Cuando encuentren sus cosas, parecerá que salió sola.

Mariana retrocedió.

El piso crujió.

Ricardo dejó de hablar.

—Te llamo después.

Mariana corrió silenciosamente al dormitorio y se metió bajo las sábanas.

Segundos después, Ricardo apareció en la puerta.

Permaneció observándola.

Mariana mantuvo los ojos cerrados.

Sintió que él se acercaba.

El colchón se hundió junto a ella.

Ricardo acarició lentamente su cabello.

—Mañana empieza nuestra verdadera vida —susurró.

Mariana esperó hasta escuchar su respiración profunda antes de abrir los ojos.

No durmió.

A las seis de la mañana salieron hacia el aeropuerto.

Daniel no contestaba.

Lucía tampoco.

Mariana envió tres mensajes.

Ninguno fue entregado.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Cuando llegaron a la terminal, Ricardo insistió en cargar también el bolso de Mariana.

—Yo puedo llevarlo.

—Déjame consentirte.

—Necesito mi teléfono.

Ricardo sonrió.

—Está aquí.

Pero no se lo devolvió.

Mientras avanzaban hacia seguridad, Mariana vio una pantalla con las salidas.

Puerto Vallarta.

8:10.

Puerta 24.

Entonces alguien chocó contra ella.

Era una mujer con uniforme del aeropuerto.

—Perdón, señora.

La empleada siguió caminando.

Mariana sintió algo dentro de su mano.

Un papel doblado.

Esperó hasta que Ricardo miró hacia otro lado y lo abrió.

Solo había una frase.

“NO LLEGUES AL HOTEL. LA PÓLIZA NO ES PARA PAGAR SUS DEUDAS.”

Debajo aparecía un número de habitación.

Hotel Costa Azul. 417.

Mariana levantó la vista buscando a la mujer.

Había desaparecido.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó Ricardo.

Mariana cerró el puño.

—Nada.

Él la miró fijamente.

Y entonces sonó su teléfono.

Ricardo contestó.

Escuchó durante apenas cinco segundos.

Su expresión cambió.

Miró directamente a Mariana.

Después dijo:

—Entendido.

Colgó.

Ya no sonreía.

—Cambio de planes, amor. No vamos a tomar el vuelo.

Mariana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Entonces adónde vamos?

Ricardo tomó su brazo con una calma aterradora.

—Alguien está esperándonos afuera.

Y mientras la conducía hacia una salida lateral del aeropuerto, Mariana alcanzó a ver, detrás de las puertas de cristal, un automóvil negro detenido junto a la acera y a Esteban Luján sentado en el asiento trasero.

El hombre que supuestamente había desaparecido.

Pero lo verdaderamente aterrador estaba a su lado.

Daniel.

Su hermano tenía las manos atadas.

Y Ricardo acababa de darse cuenta de que Mariana también lo había visto.

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