Parte 2: LA PRUEBA QUE NO PODÍAN BORRAR

Este no es mi hijo.

Mi voz apenas salió, pero Daniel la escuchó.

Miró al bebé. Luego me miró a mí.

—Elena… estás agotada.

—Mira su pie.

Levanté con cuidado la pierna del recién nacido.

—Noah tenía una marca aquí. Una media luna. Tú la viste.

Daniel palideció.

La había visto.

La mañana del parto incluso había bromeado diciendo que parecía una diminuta sonrisa.

Margaret soltó una carcajada nerviosa.

—¿Están hablando en serio? Los recién nacidos cambian de aspecto cada hora.

Las marcas de nacimiento no desaparecen en veinte minutos.

Rebecca apareció detrás de ella.

Ya no lloraba.

Solo observaba.

Los comentarios flotaron frente a mis ojos.

[No mires a Rebecca.]

[Mira a Carla.]

Obedecí.

La enfermera estaba junto a la puerta, apretando algo dentro del bolsillo de su uniforme.

—Daniel —susurré—. Cierra la puerta.

Carla dio un paso atrás.

—Tengo pacientes que atender.

Daniel se colocó delante de ella.

—Nadie sale.

Margaret golpeó la mesa.

—¡Esto es absurdo!

—Entonces será fácil demostrar que Elena está equivocada —respondió Daniel.

Tomó su teléfono.

—Voy a llamar al director y pedir una prueba de ADN inmediata.

Rebecca dejó de respirar durante un segundo.

Lo vi.

[Segundo error.]

[Ahora saben que no pueden engañarte.]

Carla reaccionó enseguida.

—Una prueba genética requiere autorización, laboratorio…

—Tenemos autorización —dijo Daniel—. Soy el padre.

—Y yo la madre —añadí.

Rebecca se acercó.

—Elena, por favor. Estás asustando a todos.

Extendió las manos hacia el bebé.

Instintivamente lo apreté contra mí.

—No lo toques.

Su rostro cambió.

Solo durante un instante.

Pero desapareció la mujer frágil.

Vi algo frío.

Después regresaron las lágrimas.

—¿De verdad crees que yo robaría a tu hijo?

—No he dicho tu nombre.

El silencio fue brutal.

Daniel giró lentamente hacia su hermana.

Rebecca abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Ella acababa de delatarse sola.

Entonces sonó el teléfono de Carla.

La enfermera miró la pantalla y rechazó la llamada.

—¿Quién era? —preguntó Daniel.

—Administración.

Los comentarios aparecieron otra vez.

[Mentira.]

[Era el fotógrafo.]

Sentí un escalofrío.

—Quiero las grabaciones de seguridad de esta planta.

Carla negó rápidamente.

—Durante la alarma se produjo una interrupción.

—Qué conveniente.

Daniel llamó al director.

Esta vez nadie consiguió detenerlo.

Veinte minutos después, el doctor Samuel Reed entró acompañado por dos empleados de seguridad.

Su expresión era grave.

—Señora Hayes, hemos recibido una acusación muy seria.

—No es una acusación. Quiero saber dónde estuvo mi hijo durante la evacuación.

Reed miró a Carla.

—Según el registro, el bebé permaneció siempre con la enfermera asignada.

—Entonces revisemos las cámaras.

El director guardó silencio.

Daniel entendió antes que yo.

—¿Qué pasó con las cámaras?

Las grabaciones correspondientes a diecisiete minutos fueron eliminadas.

Margaret se llevó una mano al pecho.

Rebecca retrocedió.

Carla quedó completamente blanca.

Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.

Diecisiete minutos.

Exactamente el tiempo durante el cual Noah había desaparecido.

—¿Quién puede borrar las grabaciones? —pregunté.

—Solo tres personas tienen acceso administrativo.

—¿Carla?

—No.

Vi un destello de alivio en su rostro.

El doctor Reed continuó:

—Pero alguien utilizó una de esas credenciales desde una computadora de enfermería.

Daniel sacó su teléfono.

—Llamaré a la policía.

—¡No! —gritó Rebecca.

Todos la miraron.

Ella se quedó inmóvil.

—Quiero decir… no conviertan esto en un escándalo familiar antes de saber qué ocurrió.

Daniel la observó como si acabara de conocerla.

Mi hijo está desaparecido. Esto dejó de ser un problema familiar.

Rebecca bajó la mirada.

Entonces escuchamos un llanto procedente del pasillo.

Otra enfermera apareció empujando una cuna.

—Doctor Reed, tenemos un problema.

Dentro estaba el hijo de Rebecca.

Ella corrió hacia él.

—¿Qué pasó?

La enfermera levantó un documento.

—Los análisis realizados después del nacimiento muestran una alteración genética que requiere estudios adicionales.

Rebecca se quedó petrificada.

Margaret miró al bebé que yo sostenía.

Después miró al otro.

Y comprendí algo horrible.

Si hacíamos una prueba genética inmediatamente, descubriríamos cuál pertenecía a quién.

—Hagan el ADN de ambos —ordenó Daniel.

Rebecca abrazó su cuna.

—¡No tocarán a mi hijo!

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque acaba de nacer.

—También el mío.

—¡No sabes lo que estás diciendo!

Me incorporé a pesar del dolor.

—Entonces explícame por qué desaparecieron diecisiete minutos de video.

Rebecca comenzó a temblar.

Los guardias intercambiaron miradas.

El doctor Reed pidió preparar las muestras.

Fue entonces cuando los comentarios cambiaron.

[No confíes en la prueba del hospital.]

[Carla ya sustituyó las etiquetas una vez.]

Se me secó la boca.

—Daniel.

Me acerqué a su oído.

—Quiero otro laboratorio. Independiente.

Él no preguntó por qué.

—Lo conseguiré.

Sacaron muestras de ambos bebés delante de nosotros. También de Daniel y de mí.

Pero antes de entregar los tubos, Daniel los guardó personalmente dentro de un maletín sellado.

—Mi abogado enviará a alguien.

Por primera vez, Carla pareció realmente aterrorizada.

Dos horas después llegó un mensajero del laboratorio privado.

Se llevó las muestras.

Rebecca permaneció sentada en silencio.

Margaret caminaba de un lado a otro.

Nadie durmió.

Al amanecer, el teléfono de Daniel vibró.

Habían adelantado el análisis por emergencia.

Abrió el correo.

Lo vi leer.

Su rostro perdió todo color.

—¿Qué dice? —pregunté.

Daniel levantó los ojos.

—El bebé que tienes…

Se detuvo.

No es nuestro hijo.

Margaret soltó un grito.

Rebecca cerró los ojos.

Yo sentí que algo dentro de mí se rompía.

—¿Y el otro?

Daniel deslizó la pantalla.

Entonces frunció el ceño.

—Espera.

—¿Qué?

Leyó nuevamente.

—El hijo de Rebecca tampoco coincide contigo ni conmigo.

Miré a Rebecca.

—Entonces ¿dónde está Noah?

Nadie respondió.

En ese momento apareció otro comentario.

Solo uno.

Y era diferente a todos los anteriores.

[Porque nunca hubo un intercambio entre dos bebés.]

Sentí que dejaba de respirar.

Apareció una segunda línea.

[Hubo tres.]

Y después una última advertencia.

[El verdadero Noah todavía está dentro del hospital.]

De pronto, todas las luces del pasillo se apagaron.

En la oscuridad escuchamos un golpe.

Después, el sonido metálico de una puerta de emergencia cerrándose.

Cuando regresó la electricidad, Carla había desaparecido.

Sobre su silla solo quedaba su identificación.

Y debajo de ella, una pequeña tarjeta con un número escrito a mano:

B-17.

Daniel miró al doctor Reed.

—¿Qué significa?

El director se quedó blanco.

—B-17 no es una habitación.

—Entonces, ¿qué es?

Reed tardó varios segundos en responder.

Es el código del ascensor que baja al nivel cerrado del hospital.

—¿Qué hay ahí abajo?

El doctor me miró.

Y antes de contestar, los comentarios volvieron a aparecer frente a mis ojos.

[No permitas que Daniel baje contigo.]

[Si descubre quién ordenó realmente el cambio de Noah… todo terminará mucho peor.]

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