Ramiro no abrió la puerta.
Mauricio volvió a golpear el cristal.
—Oficial, mis hijas necesitan atención médica. Abra inmediatamente.
—La ambulancia está en camino.
La expresión del pediatra cambió.
Solo durante un instante.
Pero Ramiro lo vio.
—No hace falta ninguna ambulancia —respondió Mauricio—. Soy médico. Puedo atenderlas.
Detrás del mostrador, Lucía abrazó a Renata.
—No dejes que entre —susurró.
Ramiro tomó el radio.
—Central, necesito apoyo en la comandancia. Posible situación de riesgo con menores. El padre está afuera.
Mauricio escuchó.
Su sonrisa desapareció.
—Está cometiendo un error muy grave.
—Entonces esperaremos a que lleguen mis compañeros y lo aclaramos.
—Mis hijas tienen un diagnóstico que usted desconoce.
Ramiro miró el registro de farmacia.
—¿Qué medicamento les administró?
Mauricio guardó silencio.
—Usted firmó una receta esta tarde —continuó Ramiro—. Dígame qué contenía.
El pediatra miró hacia la mochila rosa.
Demasiado rápido.
Ramiro siguió su mirada.
Lucía había dicho la verdad.
La ambulancia apareció al final de la calle.
Mauricio se volvió.
Y entonces hizo algo extraño.
Abrió la mochila.
Ramiro reaccionó inmediatamente.
—¡Deje la mochila en el suelo!
Mauricio sacó la mano.
No llevaba ningún arma.
Sostenía otra jeringa oral.
—Esto es lo que buscan —dijo—. Medicamento recetado legalmente.
—Déjela en el piso.
—Mis hijas están enfermas.
—Déjela.
Mauricio obedeció.
Cuando los paramédicos llegaron, Ramiro abrió únicamente la entrada lateral para permitirles pasar.
Renata ya apenas podía mantenerse sentada.
La colocaron en una camilla.
Lucía se negó a soltarle la mano.
—Voy con ella.
—Claro —respondió una paramédica.
Mauricio golpeó nuevamente el vidrio.
—¡Soy su padre! ¡Yo voy con ellas!
Renata escuchó su voz y comenzó a temblar.
Uno de los paramédicos miró a Ramiro.
Aquella reacción decía suficiente.
—Las menores serán trasladadas bajo protección mientras se aclara la situación —dijo el oficial.
Mauricio acercó el rostro al cristal.
—No tiene idea de con quién está tratando.
Ramiro sostuvo su mirada.
—Con un padre cuya hija llegó aquí pidiendo ayuda.
En el hospital, Renata fue llevada inmediatamente a valoración.
Los médicos no hicieron suposiciones. Solicitaron análisis para determinar qué había ingerido y estabilizaron sus síntomas mientras una trabajadora especializada hablaba por separado con Lucía.
Ramiro permaneció afuera.
Treinta minutos después recibió una llamada de la comandancia.
Habían asegurado la mochila.
Dentro encontraron ropa infantil, documentos médicos y la segunda jeringa.
Pero también había algo inesperado.
Dos boletos de avión para esa misma noche.
Guadalajara–Ciudad de México.
Y desde allí, un segundo vuelo internacional.
Los pasajeros:
Mauricio Rivas.
Renata Rivas.
No aparecía Lucía.
Ramiro frunció el ceño.
—¿Solo una de las niñas?
—Solo Renata.
—¿Y la madre?
—Tampoco.
Aquello ya no parecía únicamente un padre intentando ocultar un episodio doméstico.
Parecía una salida preparada.
A las siete y media apareció la madre.
Gabriela Torres entró corriendo al hospital empapada por la lluvia.
—¡Mis hijas!
Ramiro se interpuso antes de que llegara a la habitación.
—Señora Torres, necesito confirmar algunas cosas.
—Mauricio me dijo que habían desaparecido.
—Ellas llegaron por su cuenta a la comandancia.
Gabriela se quedó inmóvil.
—¿Por su cuenta?
—Lucía dijo que su padre obligó a Renata a tomar una sustancia.
El rostro de Gabriela perdió el color.
—No.
No sonó sorprendida.
Sonó aterrorizada.
Ramiro lo notó.
—¿Qué sabe usted?
Gabriela miró alrededor.
—¿Dónde está Mauricio?
—No está aquí.
Solo entonces pareció respirar.
—Oficial… llevo seis meses intentando demostrar que algo está pasando.
Ramiro no dijo nada.
—Renata comenzó a enfermarse —continuó—. Dolores, mareos, episodios extraños. Siempre ocurrían cuando estaba con Mauricio.
—¿Por qué no denunció?
Gabriela bajó la mirada.
—Lo hice.
Sacó el teléfono.
Había fotografías de documentos, correos y solicitudes.
—Mauricio convenció a todos de que yo estaba obsesionada. Es pediatra. Tiene contactos. Cada vez que preguntaba demasiado, decía que yo estaba interfiriendo con el tratamiento.
Ramiro sintió un escalofrío.
—¿Están separados?
—Desde hace ocho meses.
Eso explicaba algo.
Pero no todo.
—Encontramos boletos de avión.
Gabriela levantó la cabeza.
—¿Qué boletos?
—Para Mauricio y Renata. Esta noche.
La mujer tuvo que apoyarse contra la pared.
—No puede sacarla del país.
—¿Existe alguna restricción?
—Sí.
Abrió otro documento.
Había una orden familiar que impedía viajes internacionales de las niñas sin autorización de ambos padres.
—Entonces ¿cómo pensaba viajar? —preguntó Ramiro.
Gabriela cerró los ojos.
—No lo sé.
En ese momento salió una doctora de la habitación.
—¿Familia de Renata?
Gabriela corrió hacia ella.
—Soy su mamá.
—Está estable por ahora.

Gabriela comenzó a llorar.
—¿Qué tenía?
La doctora mantuvo la voz prudente.
—Estamos esperando confirmaciones. Pero encontramos elementos que requieren una investigación médica más amplia. Necesitamos revisar su historial completo.
—Mauricio controlaba su historial —dijo Gabriela.
La doctora frunció el ceño.
—Entonces necesitamos copias independientes.
Ramiro recordó la mochila.
Los documentos.
Pidió que se los enviaran digitalmente.
Cuando llegaron, comenzó a revisarlos junto con Gabriela.
Había consultas.
Recetas.
Estudios.
Casi todos firmados por Mauricio.
Hasta que Gabriela señaló una fecha.
—Eso es imposible.
—¿Qué?
—Ese día las niñas estaban conmigo en Tepic.
El expediente decía que Renata había sido examinada personalmente por Mauricio en Guadalajara.
Dos ciudades distintas.
La misma hora.
Alguien había alterado el historial médico.
Ramiro continuó revisando.
Encontró otra irregularidad.
Después otra.
Y finalmente una póliza.
—Señora Torres, ¿usted conoce esto?
Gabriela tomó el documento.
Sus manos comenzaron a temblar.
Era un seguro contratado meses atrás.
La persona asegurada era Renata.
La cifra era enorme.
Pero lo que dejó a Gabriela sin palabras no fue el monto.
Fue el beneficiario.
Mauricio Rivas.
—Yo nunca autoricé esto.
Ramiro pasó a la página siguiente.
Había una firma atribuida a Gabriela.
Ella negó inmediatamente.
—Esa no es mi firma.
Antes de que Ramiro pudiera responder, su teléfono sonó.
Era la comandancia.
—Salgado, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—Revisamos las cámaras exteriores.
Ramiro se alejó unos pasos.
—¿Y?
—Mauricio no llegó solo.
—Explícate.
—Una mujer condujo detrás de su camioneta. Nunca bajó. Cuando llegó la ambulancia, se fue.
—¿La identificaron?
Hubo silencio.
—Sí.
Ramiro esperó.
—Es la doctora que aparece como segunda firma en varios documentos médicos de Renata.
Ramiro miró a Gabriela.
—¿Nombre?
Cuando escuchó la respuesta, sintió que algo no encajaba.
Volvió lentamente hacia ella.
—Gabriela, ¿tienes una hermana?
La mujer se quedó completamente quieta.
—Sí.
—¿Es médica?
Las lágrimas desaparecieron de su rostro.
—Era.
—¿Cómo se llama?
Gabriela respondió en un susurro.
Ramiro comparó el nombre con la información de la llamada.
Coincidía.
Pero Gabriela negó con desesperación.
—No puede ser ella.
—¿Por qué?
Gabriela retrocedió hasta chocar contra la pared.
—Porque mi hermana murió hace tres años.
En ese instante, la puerta de la habitación de Renata se abrió.
Lucía salió corriendo.
Tenía algo apretado dentro del puño.
—Mamá…
Gabriela se arrodilló.
—¿Qué pasa?
Lucía abrió la mano.
Era una pequeña llave plateada que había encontrado cosida dentro del bolsillo de la sudadera de Renata.
—Papá le dijo que jamás dejara que tú encontraras esto.
Ramiro tomó una bolsa de evidencia.
Pero antes de guardar la llave, vio las letras diminutas grabadas en ella.
C-417.
Gabriela las reconoció.
Y su expresión se transformó.
—Sé qué abre.
—¿Qué?
Gabriela miró hacia la puerta del hospital.
—El casillero privado que mi hermana tenía en la clínica de Mauricio antes de morir.