PARTE 2: EL SECRETO BAJO LA TIERRA.

Doña Petra bajó la mirada.

—Su marido era Martín Alarcón Salgado.

Teresa sintió que el nombre le golpeaba el pecho.

—Me dijo toda la vida que se llamaba Martín Salgado.

—Porque necesitaba esconder quién era.

Severiano apareció en los escalones.

—¡No escuche a esa vieja!

Doña Petra se volvió hacia él.

—Ya mentimos demasiado.

Teresa levantó la lámpara.

—Entonces empiece a hablar.

La anciana señaló el canal.

—Hace muchos años, estas tierras pertenecieron a la familia Alarcón. No eran ricos por tener grandes casas. Eran poderosos porque controlaban algo más importante.

Miró el agua.

—El manantial.

Teresa se acercó al canal.

El agua corría limpia y abundante.

—¿Cómo puede haber tanta agua aquí mientras el pueblo se muere de sed?

Doña Petra cerró los ojos.

—Porque alguien cambió su curso.

Todos miraron a Severiano.

Él retrocedió.

—Cuidado con lo que dice.

—Cuando murió el padre de Martín, Severiano administraba estas tierras. Aprovechó que Martín era joven y convenció a todos de que el manantial se había secado.

Petra señaló un muro de piedra.

—Pero nunca se secó.

—Lo desviaron.

Teresa sintió náuseas.

Durante años había visto mujeres caminar kilómetros para conseguir dos cubetas.

Había visto animales morir.

Familias abandonar el pueblo.

Mientras tanto, Severiano vendía agua.

—¿Todo este tiempo…?

—Sí —respondió Petra—. Parte del agua que él vende sale de aquí.

Severiano bajó otro escalón.

—No puede demostrar nada.

Teresa recordó la caja cubierta de lodo.

La sacó del canal.

—Tal vez esto sí pueda.

Severiano palideció.

—Déjela.

Teresa comprendió inmediatamente.

Él sabía qué había dentro.

—Ana, sube.

—Pero mamá…

—Ahora.

Ana obedeció.

Varios vecinos seguían alrededor de la entrada, así que Teresa gritó:

—¡Que nadie se vaya!

Después abrió la caja.

Dentro había papeles protegidos por varias capas de tela encerada.

También encontró un medallón.

Lo abrió.

Había una fotografía antigua.

Un niño aparecía junto a un hombre frente al mismo mezquite.

Teresa reconoció inmediatamente al niño.

Martín.

En la parte posterior estaba escrito:

“Martín Alarcón. Único heredero.”

Teresa tuvo que apoyarse contra la pared.

—¿Por qué nunca me lo dijo?

Petra comenzó a llorar.

—Porque intentaron matarlo.

El silencio se volvió insoportable.

—¿Quién?

Petra miró a Severiano.

Él dio media vuelta.

Teresa gritó:

—¡No lo dejen salir!

Los vecinos bloquearon la entrada.

Severiano quedó atrapado.

—Están cometiendo un delito.

Teresa soltó una risa amarga.

—¿Y robarle agua a todo un pueblo qué es?

Volvió hacia Petra.

—Continúe.

—Martín descubrió documentos que demostraban que Severiano había falsificado escrituras y construido canales clandestinos. Quería denunciarlo.

—¿Entonces por qué desapareció?

—No desapareció.

Petra levantó los ojos.

—Cambió de apellido y se marchó.

Teresa comprendió.

Años después Martín había regresado.

La había conocido.

Se habían casado.

Y poco antes de morir había comprado aquella parcela aparentemente inútil.

—Él sabía.

Petra asintió.

—Sabía que el acceso original al manantial estaba aquí.

Teresa abrió otro documento.

Era un testamento.

Las primeras líneas confirmaban que Martín era heredero legítimo de una extensa franja de tierras.

Pero había una cláusula añadida posteriormente.

En caso de muerte, todos sus derechos pasarían a Teresa Salgado y a sus descendientes.

Las piernas de Teresa temblaron.

Severiano comenzó a empujar a los vecinos.

—¡Ese documento es falso!

Doña Petra levantó la voz.

—Yo fui testigo.

Severiano quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Y hay otro testigo.

Petra señaló la última página.

Aparecía la firma del antiguo notario municipal.

Teresa continuó revisando.

Había mapas.

Registros.

Fechas.

Y un plano completo del sistema subterráneo.

Una línea roja nacía debajo de su parcela y terminaba precisamente en los depósitos privados de Severiano.

La prueba del agua robada estaba frente a todos.

Los vecinos comenzaron a gritar.

—¡Nos estuvo vendiendo nuestra propia agua!

—¡Mi ganado murió por su culpa!

Severiano intentó escapar.

Dos hombres lo sujetaron.

—¡Suéltenme!

Teresa no apartaba la vista de los documentos.

Había algo que todavía no entendía.

—Petra.

La anciana la miró.

—Martín murió hace seis meses.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Su caballo regresó solo. Encontraron su cuerpo al fondo de un barranco.

Petra palideció.

—Teresa…

—Todos dijeron que fue un accidente.

La anciana empezó a llorar.

Y Teresa supo la respuesta antes de escucharla.

—No fue un accidente, ¿verdad?

Severiano dejó de forcejear.

Petra negó lentamente.

—Martín vino a verme tres días antes de morir.

Teresa sintió que el corazón se le detenía.

—¿Qué quería?

—Me dijo que había encontrado la entrada. Que finalmente tenía pruebas suficientes.

—¿Pruebas contra Severiano?

Petra asintió.

—Me pidió que, si algo le ocurría, esperara hasta que usted encontrara la serpiente y la espiga.

Teresa miró el símbolo grabado en la losa.

Todo había sido planeado.

Martín sabía que estaba en peligro.

—¿Por qué no me dijo nada?

—Porque quería protegerla.

Teresa apretó el testamento contra el pecho.

—Pues no lo protegió a él.

Petra rompió a llorar.

—Lo sé.

Entonces Ana gritó desde arriba.

—¡Mamá!

Teresa levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

—¡Encontramos algo junto al mezquite!

Subieron rápidamente.

Ana sostenía una pequeña bolsa de cuero que había aparecido debajo de otra piedra.

Dentro había un reloj roto.

Teresa lo reconoció.

Era de Martín.

Pero eso era imposible.

Martín llevaba ese reloj puesto el día que murió.

—¿Cómo llegó aquí?

Petra se cubrió la boca.

Severiano perdió completamente el color.

Teresa abrió la parte posterior del reloj.

Martín acostumbraba guardar allí pequeños papeles doblados.

Todavía había uno.

Lo desplegó.

Solo contenía una frase escrita apresuradamente:

“SI ME PASA ALGO, SEVERIANO NO ACTÚA SOLO.”

Debajo aparecían tres iniciales.

Teresa las leyó.

Y sintió que todo su cuerpo se congelaba.

Conocía esas iniciales.

Pertenecían a alguien que había estado junto a ella en el funeral de Martín.

Alguien que la había abrazado mientras lloraba.

Alguien que conocía a sus hijas.

Teresa levantó lentamente la mirada.

—No puede ser…

En ese instante, desde la carretera, se escuchó el motor de una camioneta.

Doña Petra miró hacia allí y comenzó a temblar.

—Teresa, tome a sus niñas y corra.

—¿Por qué?

La camioneta se detuvo frente a la parcela.

La puerta se abrió.

Y cuando Teresa vio quién descendía, comprendió que descubrir el agua había sido solamente el principio.

Porque acababa de llegar la persona a la que Martín había señalado antes de morir.

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